Activo entre 1990 y 1993 en el Cordón de Montevideo, el Junta marcó a fuego a la cultura uruguaya por su carácter contracultural y su apuesta por la libertad creativa. Tal como grafica la gacetilla: «En un Montevideo todavía atravesado por las secuelas de la represión policial y la falta de lugares para manifestar ideas y cuerpos, Juntacadáveres fue un refugio vital. Allí se mezclaron la irreverencia artística y la experimentación, creando una comunidad que desafió las normas conservadoras de la posdictadura». Para su investigación, Diego Pérez Lema contó con colaboradores que fueron parte fundamental de aquella movida. Adriana Filgueiras –quien trabajaba detrás de la barra en Juntacadáveres, además de haber participado en la obra teatral Jarabe Blues– fue quien gestionó las entrevistas, las llevó adelante y las transcribió. El escritor, director teatral y periodista Gabriel Peveroni, por su parte, facilitó los vínculos con los entrevistados y consiguió fondos personales –todo un archivo fotográfico– de un montón de personas. Juntacadáveres, el caos vital reconstruye la memoria de un espacio clave para la cultura alternativa uruguaya. El libro incluye, además, un excelente epílogo de Peveroni. Se presenta este sábado, 20 de diciembre, a las 17 horas en la Feria Ideas + del parque Rodó.
—Me imagino la complejidad que implicó obtener todos estos testimonios.
—Trabajar con la memoria y con el testimonio oral es difícil. Y más con una generación como esta, que está atravesada por los excesos.
—Sí. Y, a su vez, cada uno proyecta su propia fantasía.
—Y sí, porque hay algunas memorias que pretenden solamente proteger del olvido, y otras que tienen un espíritu más de ceremonia, de homenaje, de monumentalización de todo aquello. En la memoria oral siempre operan diferentes variables. A lo largo de mis investigaciones –he hecho decenas de entrevistas y aún continúo haciéndolas–, sin embargo, la memoria del under lleva muchas veces la marca particular de la confusión y el olvido, y eso es producto, entre otras cosas, de las secuelas con relación al consumo problemático de sustancias.
—Empezaron buscando fotos. La idea era, en principio, hacer un fotolibro.
—Sabíamos que existía un extenso archivo fotográfico creado por Raúl Burguez; demoramos dos años en poder acceder a él y, al final, se trataba de un fondo con algunas decenas de fotos. Lograr llegar a los fondos personales es una tarea bastante compleja; a veces cuesta mucho que la gente te deje acceder a su material. Mientras reuníamos los fondos personales –fotografías amateurs de los habitués del boliche–, nos fuimos dando cuenta de que solo con las imágenes no íbamos a lograr contextualizar lo que se había generado en Juntacadáveres. Fuimos entendiendo que habría dificultades para lograr representar aquella cosa arborescente que tenían las distintas artes que se jugaron ahí. De algunas cosas teníamos cantidad de material y de otras, nada. Y esa insuficiencia determinó que la idea original virara.
—¿Hay algún motivo personal detrás del interés tuyo por aquella generación? ¿En qué año naciste?
—Nací en 1990. Y había observado que había como una suerte de vacío histórico con respecto a aquellos jóvenes que se habían educado en dictadura y que habían salido a la democracia siendo muy adolescentes. Había muy poca investigación en ese campo. Por haberse vinculado a la escena del rock –la segunda ola del rock en Uruguay–, esa generación –tanto los de izquierda como los que no– estuvo muy signada por una influencia que se consideró en su momento extranjerizante, foránea, imperialista. Y vi que todas las formas de organización de ellos –lo cooperativo, las formas de resistir– habían sido invisibilizadas. Entonces, comencé a investigar y entendí que la generación del 85 se había vinculado fuertemente a través de la Coordinadora Anti Razzias, es decir, el movimiento en contra de las razias policiales del gobierno de Sanguinetti en la década del 80. Estos jóvenes habían quedado un poco afuera. Se había hecho mucho énfasis en la generación de la Asceep [Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública], la del 83, la generación de la militancia estudiantil. Un cuento respecto a la generación del 85: algunos jóvenes confeccionaban volantecitos que te advertían sobre lo que tenías que hacer si te paraba la policía. En agosto de 1989, además, muere Guillermo Machado, y lamentablemente nunca se pudo constatar si fue un asesinato.
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—Pero más allá de esto, de ese activismo político concreto, la del 85 no fue una generación que canalizó por ese lado. Era bastante apolítica esa generación.
—Claro, pero ese apoliticismo constataba, a la vez, un fuerte politicismo, porque en realidad se trataba de un apoliticismo que iba, sobre todo, contra las instituciones partidarias. No contar con un carnet del partido comunista no te reduce a apolítico. Se trataba de gente que estaba generando nuevas formas de hacer política, por fuera de las lógicas partidarias. Por ejemplo, la Coordinadora Anti Razzias se organizaba de manera horizontal y llevaba adelante muchas acciones. En la coordinadora había personas del SUNCA [Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos], de las revistas subte, estudiantes, roqueros, punks, de todo. Y eso delataba una fuerte emergencia y urgencia políticas. Si leés las revistas subte de entonces, te encontrás con un montón de artículos que tienen que ver con el asunto de la vivienda, con que los jóvenes no tenían futuro en nuestro país, con que no se conseguía trabajo, con que todo era opresivo y no había espacio para desarrollar formas de sexualidad fuera de la heteronorma. Eran todos emergentes que se manifestaban desde esas producciones autogestionadas.
—En tu libro me enteré de que el Junta, que se caracterizó por ser un lugar bastante punk, tuvo un origen más bien hippie. Fue una iniciativa de gente que vivía en una casa comunitaria, autogestionada, la Comunidad Garibaldi. Algunas de estas personas eran estudiantes, por lo que leí.
—Sí, algunas personas estudiaban Letras, otras estudiaban en la Facultad de Ingeniería, había gente que hacía arte. Se presentan a un fondo del Foro Juvenil y lo ganan. La idea era crear un centro cultural de día, donde las distintas artes convergieran. En realidad, el boliche va a ser bastante fiel a su idea original, solo que pasó a trabajar de noche, y a veces se cobraba entrada los fines de semana, cuando tocaban las bandas.
—¿Cuáles son las etapas que vos discriminaste?
—Llegó a tener tres etapas. La primera fue una etapa más neo-beat, que va entre 1990 y 1991, y que tiene, sí, un estilo más hippie, gestionado por Rubén Omar. En ese período va a circular gente como Eduardo Darnauchans, gente del teatro independiente, como [Roberto] Suárez y [César] Troncoso, que ya hacían cosas por entonces. Luego del verano de 1992 el boliche, llevado adelante por Beto Quintans, adquiere una atmósfera más bukowskiana. Es una etapa más derock garage. La tercera es la de 1993, cuando llega Rubén Omar de Brasil con su compañera y con Beto Quintans arman toda esta escena de rock vinculada a Andy Adler, Los Buenos Muchachos, La Hermana Menor, Los Chicos Eléctricos, Los Supersónicos, las bandas alrededor de Las criaturas del pantano, el disco del sello Perro Andaluz. Pero no eran solamente esas bandas: la cosa era mucho más polifónica. Por ejemplo, alguna noche podía tocar Cross y a la madrugada, el Príncipe; una cosa muy interesante. Tocaron ahí, además, 4F Ciudad Junk –la banda de Natalia Galbiati–, Rrrrr, Exilio Psíquico, Mandrake Wolf, Antolín, la Trotsky, La Trampa. Nosotros hemos podido recuperar de una grilla más de 40 eventos, entre instalación, teatro y música. Había dibujo al natural con Osorio. Estaba El Acertijo, una puesta teatral de Bernardo Safones, Vicente Alfonso y China Silvana, todos vinculados al grupo La Fiambrería. En febrero de 1992 actuó Carlos Belloso, que era de los Mellis, otro dúo que se presentaba en el Parakultural de Buenos Aires. En 1992 se estrena Cervezas y navajas, pieza de Gabriel Peveroni basada en el cuento de Charles Bukowski La chica más guapa de la ciudad, con Camilo Goñi como Chinaski y Ana Blankleider como la chica. Y después estaba A la cama con Ana, que era una bomba.
—Sí, los entrevistaba en una cama que estaba ahí, ¿no?
—Sí, entrevistó a Maxi de la Cruz, a Jorge Esmoris, bueno, a un montón de gente. Y la más recordada es la de Eduardo Darnauchans.1 Eduardo había participado en la escritura del prólogo de En nombre del sexo masculino, de Omar Freire, el líder del Movimiento de Liberación Masculina. Y Ana lo cuestiona duramente. Darnauchans se defiende como puede, diciendo que todos los hombres que estaban ahí eran por fuerza machistas, ya que esa era la tónica de la época. Entonces, ella refuta con un duro cuestionamiento, en un contexto, Juntacadáveres, en el que –y esto es muy importante de resaltar– las disidencias sexuales se manifestaban con cierta comodidad. Lesbianas, gays y personas trans frecuentaban el lugar, participaban de los eventos, iban a las fiestas. Se sentían libres, podían performar su sexualidad a su antojo. Si bien se registraban conductas machistas –estamos hablando de principios de los años noventa–, lo que sucedió ahí fue un caldo probiótico para lo que vendría después. El Junta era un poco como el Parakultural en Buenos Aires.
—Hay fotos en el libro que acusan eso: el boliche era un lugar de provocación y transgresión.
—Es así. Petru Valensky lo vinculaba con toda la movida del destape madrileño, con el goce del cuerpo.
—Me gustaría que hablaras un poco más sobre la última etapa de Juntacadáveres.
—El boliche estaba creciendo cada vez más, con bandas tocando los viernes y los sábados. La Intendencia de Montevideo presiona y hay una reunión muy importante entre María Julia Muñoz –que era secretaria de Cultura de la intendencia de Tabaré Vázquez– y Gabriel Peveroni, en la que ella le estampa algo así como: «A este boliche, acá, en el centro de la ciudad, no lo quiero. Vayan a drogarse y a matarse fuera de la ciudad». Y la Policía va y lo cierra, también porque no contaban con algunos permisos para todo ese ruido. Los vecinos se estaban quejando. Pasaba la feria por ahí los sábados y los feriantes se encontraban con personas tiradas por todos lados. El boliche cierra por eso.
—¿Te acordás de cuál fue la fecha de cierre?
—Setiembre del 93, un toque de Cadáveres Ilustres. Ese es el último toque. La policía ingresa. Ya había venido la semana anterior.
Diego Pérez Lema ha publicado ¿Quién escupió el asado? Subcultura y anarquismos en la posdictadura (Uruguay, 1985-1989) (Alter Ediciones, 2020), Bajo tierra. Cartografía incompleta de revistas subte y fanzines en el Uruguay de la posdictadura (1986-1990) (Alter Ediciones, 2021) y Atrapado en Libertad. Cárcel y criminalización de la pobreza y la juventud (Uruguay, 1985-2002) (Alter Ediciones, 2024).
- Fragmento de entrevista de Ana Blankleider con Eduardo Darnauchans en el pub Juntacadáveres, año 1993. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=fW0omb071qk. ↩︎



