Un sentimiento común de rechazo por el horror - Semanario Brecha

Un sentimiento común de rechazo por el horror

Adelanto del libro “La Universidad querida”.

Pablo Carlevaro durante la ceremonia que le otorgara el título honoris causa por la Universidad de la República en 2014 / Foto: Nairí Aharonian

Discursos, documentos y correspondencia de Pablo Carlevaro forman parte de este libro, que comenzó a gestarse en 2014 –cuando el ex decano de la Facultad de Medicina todavía vivía– y se presentó la semana pasada. Su gestión como decano antes y después de la dictadura, reflexiones sobre la universidad uruguaya y latinoamericana, la extensión universitaria y el programa Apex, el Hospital de Clínicas, el pensamiento científico, y también el anarquismo, la ética, Cuba, la salud mental, la dictadura, son algunos de los temas recogidos en el trabajo. El fragmento seleccionado corresponde al discurso pronunciado al inaugurar, en 1986, un seminario sobre las consecuencias de la represión en el Cono Sur.2

Ante todo, el reconocimiento sincero de esta Facultad de Medicina por haber sido escogida como sede de la inauguración de este seminario. Bien hacen los médicos, los psicólogos y los investigadores sociales en ocuparse –en el nivel científico– de las consecuencias derivadas de la represión en el Cono Sur.

No alcanza con la condena y la denuncia del horror y el daño, de la destrucción y la muerte. En esta trágica materia, nada alcanza por sí solo y todo es necesario. Por eso este esfuerzo por caracterizar científicamente algunos aspectos de las secuelas de la represión, por analizarlos con la especificidad propia que por su naturaleza tienen, constituye una respuesta necesaria, que, además, debe formalizarse en términos técnicos y científicos.

Decimos y repetimos que para nosotros, los médicos y los profesionales del campo de la salud, el concepto mismo de salud y sus connotaciones biológicas, psicológicas y sociales nos confieren –en cierto modo– una referencia ideológica, un compromiso activo por el bienestar, un lugar en la lucha por la vida y una toma de partido ético en cuanto a la salud como valor superior.

Sin embargo, no es menos cierto que quienes técnicamente pertenecen a nuestro campo profesional han utilizado y creado conocimiento para operar en sentido contrario a aquel compromiso de defender la vida y tomar partido por la salud como bien superior.

En efecto, aunque nos pese y nos repugne, antes que nosotros hubo quienes aplicaron procedimientos científicos con el objetivo de generar daño a la persona humana, de destruir y destrozar su personalidad, de participar y colaborar profesionalmente en la instancia práctica de la materialización del daño o su encubrimiento.

Por eso nos parece bien la tarea que hoy se inicia, pero es preciso que se emprenda sabiendo que estamos en una situación de atraso: discutiremos científicamente el daño originado por la represión después de que otros trabajaron científicamente –en laboratorios de investigación de universidades aparentemente prestigiosas del mundo desarrollado– para lograr que este fuera óptimo desde el punto de vista de los objetivos a los cuales dicho daño sirve.

En el plano concreto de los hechos debemos reconocer, aunque ello afrente colectivamente a nuestra medicina y aun a la facultad –como institución responsable de su formación–, que hubo médicos militares que participaron activamente en la práctica de la tortura o que, al servicio de sus mandantes, violaron normas éticas que jamás debieron dejar de respetar.

La tortura implica la expresión más abyecta de degradación de los hombres. Su naturaleza es esencialmente contraria al propósito de la acción del médico, que tiene como objetivo prevalente y obvio aliviar el sufrimiento de los demás.

Tan reñida está la tortura con nuestra sensibilidad y tan natural es la repulsión hacia ella que su existencia sólo pudo darse entre nosotros por la incapacidad de resistir con dignidad la injerencia de los agentes de organismos especializados estadounidenses que la introdujeron con propósito expreso y que han diseminado las mismas técnicas represivas por todo el mundo, agraviando inmerecidamente sentimientos naturales que pertenecen al propio pueblo estadounidense.

(…)

Corresponde, entonces, hacernos la siguiente pregunta: ¿cuáles son los objetivos de la represión?

Pertenecemos a patrias latinoamericanas que a más de un siglo y medio de su independencia siguen siendo objeto de dominación colonial. Pertenecemos a una comarca subdesarrollada que percibe cada vez menos por lo que produce y paga cada vez más por lo que debe comprar. En particular, nuestro país –Uruguay– vive una crisis de estancamiento y retroceso en sus niveles de desarrollo que repercute en todos los aspectos de la vida social y la convivencia entre sus habitantes.

Las distancias que nos separan del mundo desarrollado no se acortaron ni se acortarán con las alianzas para el progreso, sino que se vuelven abismales con la acentuación de los mecanismos de dominación, cuyas expresiones financieras –en términos de endeudamiento– son, en la actualidad, un índice insoportable de la enfermedad de nuestras economías. Si antes nos esquilmaban las formas de explotación tradicionales del imperio, con sus transnacionales y sus mecanismos de apropiación de la riqueza, ahora el capital financiero, que acudió solícito a otorgarnos préstamos de salvación, es el dueño de una fracción cada vez mayor del total de lo que producen y exportan nuestros países.

Una situación así no puede constituir un estado natural de equilibrio. La estabilidad de un mundo profundamente injusto sólo puede mantenerse recurriendo a una tremenda actividad represiva que está dirigida, precisamente, a consolidar y perpetuar la injusticia.

(…)

Es preciso tomar conciencia clara de que la represión, con todas las modalidades adoptadas para ejercerla y todas sus consecuencias terroríficas, ha sido puesta en práctica como un recurso fríamente destinado a servir a un objetivo político y económico: la supervivencia del imperio.

Con la instauración de las prácticas represivas no sólo se destruye tenebrosamente al enemigo, no sólo se recurre a la tortura y se generaliza el eufemismo sádico de la “desaparición”, sino que se crea una incerteza que corroe al familiar de la víctima, por la angustia y la ansiedad de no poder ni siquiera asumir la muerte del ser querido, a quien debe sustituir por un ente fantasmal que no termina nunca de sufrir, pues no termina nunca de morir.

Mediante la tortura y la “desaparición” se impone la presencia del terror, que apunta hacia la destrucción de valores sociales, que es capaz de generar alteraciones de la conducta que impiden las expresiones más naturales y primarias de la solidaridad humana, que aparece como el generador más eficiente y poderoso de la enajenación del individuo en relación con su participación en la transformación social; se apunta al objetivo de lograr la extinción de su conciencia política respecto de la sociedad; se promueve la generación de un automatismo de aprendizaje impuesto a través de un condicionamiento monstruoso: sólo la prescindencia y la complicidad silenciosa garantizan su supervivencia en medio del horror.

Pero los silencios cómplices no afectan sólo al individuo. Es también el nivel institucional el que enmudece y, sin querer, otorga. Son los poderes judiciales, los partidos políticos, las entidades religiosas las que sobreviven gracias al silencio.

(…)

Ni nuestras sociedades ni todos sus órganos institucionales –tanto gubernamentales como ciudadanos– pueden aceptar que las prácticas represivas cuyas consecuencias hoy se denuncian vuelvan a ocurrir. No podemos admitir que haya médicos que, enajenados de su condición de tales, actúen como autómatas inconscientes del poder militar.

El horror debe quedar atrás, pero debe quedar condenado, no olvidado. Es cuestión de salud en nuestra convivencia. Es cuestión de garantía en defensa de un futuro que nos trasciende, pero que nos compromete por eso mismo.

Es posible que muchos de nosotros, muchos de los que aquí nos congregamos –médicos, psicólogos, científicos sociales– tengamos una visión ingenua del mundo y su futuro. Es probable que muchos de nosotros nos enfrentemos a las peripecias de esta experiencia compartida y dramática que es la vida humana pensando que no hay tarea más importante que ayudarnos los unos a los otros. Y ayudarnos no sólo en circunstancias del padecimiento y su prevención –que parece cosa de médicos y profesionales–, sino también en el sentido de crear una solidaridad que le permita a la mayoría de la gente que nace, sufre y muere no morir tantísimas veces en medio de la miseria, cuando no del horror. La solidaridad de los hombres tiene que lograr, por fin, que quienes nacen, en cualquier parte del mundo, puedan acceder a los bienes más sencillos de la vida, que estarían naturalmente dados si no existiera la injusticia social, que inhibe su vigencia, si no se interpusiera, entre bienes elementales y hombres sencillos, la tremenda injusticia de un mundo mal repartido, de un subdesarrollo que condena, por sí mismo, a todo el resto de la humanidad.

Es imposible al percibir los prodigios del intelecto humano, los avances más notables de la genialidad del hombre, no sentir –a la par– la vergüenza de que, en su enorme mayoría, no beneficien a la humanidad. Es trágico advertir que el talento ha sido enajenado del propio hombre que lo posee, del propio albedrío de los creadores, y que, involuntariamente, sirve al poder y la injusticia.

A qué otra cosa atribuir, si no a una estructura de poder que existe y controla la mayor parte del mundo, que el hambre y la desnutrición sean, junto con la explotación y la miseria, el analfabetismo y la falta de trabajo, las características sociales dominantes en un mundo postergado cuyas aspiraciones de redención se reprimen sin ninguna clase de escrúpulos.

Y si no fuera sino un fondo común de ingenuidad esencial lo que aquí nos congrega, si tras las heterogeneidades de nuestros quehaceres, de nuestras peripecias personales, de nuestras lenguas, de nuestros credos y de nuestras ideologías, sólo quedara un sentimiento común de rechazo por el horror, una convicción fortalecida sobre la necesidad de la justicia, sirvamos a los fines de este encuentro internacional comprometiéndonos a que el análisis del horror contribuya a impedir su reaparición, a que la denuncia de base científica de las consecuencias de la represión genere, a través de la unanimidad de la condena, un mecanismo inhibitorio que antagonice para siempre su reiteración.

Decíamos recién que muchos de nosotros somos simplemente ingenuos.

(…)

Nuestra ingenuidad sustenta nuestro credo en la independencia y la soberanía de los pueblos. Con los recursos de esta tierra hay espacio para una vida social digna y decorosa de todos los pueblos del mundo. Hacen falta, tan sólo, mínimos acuerdos que sustituyan la preparación de la guerra por la organización de la paz.

Desde el fondo de la historia existen guerras para dominar, someter y explotar. El curso de la historia ha modificado, apenas modernizándolas, las formas de dominación, hegemonía, sometimiento y explotación.

Somos ingenuos porque pensamos sinceramente, sin dobleces, carentes de prejuicios, pero también con terquedad y ternura, que el mundo debe cambiar, para que alguna vez por fin existan la paz, la justicia y la solidaridad.

1.   La Universidad querida, Pablo Carlevaro Bottero. Oficina del Libro-Fefmur, con el apoyo de la Unidad de Extensión de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Equipo organizador: Agustín Cano, Laura Carlevaro, Rosario Cavagnaro, Edén Echenique, Teresita Francia, Teresa Menoni y Gregory Randall.

2.            “Consecuencias de la represión en el Cono Sur. Sus efectos médicos, psicológicos y sociales”, seminario organizado por la Facultad de Medicina, el Smu, el Femi, la Comisión Nacional de Ética Médica, el Serpaj y Aesculapius Medicine International. Publicación de la Facultad de Medicina en su colección Perfiles/3, junio de 1986, Dirección General de Extensión Universitaria, Montevideo, Uruguay.

Artículos relacionados