A fines de los ochenta leíamos a Carlo con una avidez sospechosa; sin comprenderlo del todo (creo que eso pasa con los sabios), nos apresurábamos a recomendarlo en la década siguiente a nuestros alumnos de posgrado con la expectativa de contagiarles el entusiasmo, de incitar a la imaginación historiográfica, de combinar rigor y desprejuicio. Años más tarde, a mediados de los noventa, conocí en persona a Giovanni Levi, exponente refinado de la microhistoria y visitante asiduo de las dos orillas del Plata. Ambos judíos seculares, de tradición familiar antifascista, jugaron juntos al fútbol en la adolescencia (esto último se lo cuenta a Mariano Schuster en su estupendo libro de entrevistas). Confieso que, entre el molinero de Friuli, Menocchio, y el párroco del Piamonte, Giovani Battista, se ...
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