Tres empresas de inteligencia artificial (IA) que compiten entre sí admitieron recientemente que no todo lo que una tecnología puede hacer tiene que hacerse a máxima velocidad y que el mercado por sí solo no va a ordenar eso. Pero, cuando la carrera dejó de ser solo entre empresas, y ya involucra a Washington y Pekín, aparece un problema que ninguna de ellas parece saber resolver: ¿cómo se desacelera una tecnología cuando cada potencia cree que detenerse antes que el rival significa perder? Para probar ese argumento no hace falta esperar ninguna superinteligencia: ya hay una industria más vieja que hace 15 años optimiza y monetiza la captura de nuestra atención. No pretende dominar el mundo ni reemplazar a nadie. Quiere algo bastante más sencillo: que no nos vayamos.
El scroll infinito no es una propiedad de internet ni una consecuencia de las pantallas táctiles. Es una decisión de diseño de producto tomada por las corporaciones. Las primeras interfaces web tenían final: uno llegaba abajo y había que apretar «página siguiente». Ese botón era malo para la empresa y bueno para el usuario, porque ahí aparecía la pregunta de si valía la pena seguir. Se decidió eliminarlo. La reproducción automática hizo lo mismo con la música y con los videos: borró el intervalo en el que uno podría decidir.
No es pensamiento conspiranoico, sino la constatación de un superrentable modelo de negocio. La notificación produce una vuelta, la vuelta una interacción, la interacción genera datos y esos datos mejoran la recomendación siguiente. La pantalla es el dispositivo, la atención el recurso y el tiempo la mercancía. La pregunta, entonces, no sería cuánto usamos una aplicación, sino quién decide cuánto nos cuesta irnos. Ya hay pruebas de que es reversible: los propios sistemas operativos móviles ya reponen, con unos segundos de pausa antes de abrir ciertas aplicaciones, el botón que la aplicación borró.
EUROPA MIRA A LA MÁQUINA
El Reglamento de Servicios Digitales europeo no regula contenidos, exige a las plataformas hacerse cargo de los riesgos sistémicos de su servicio. El 6 de febrero, la Comisión Europea concluyó de manera preliminar que TikTok lo incumple por su diseño adictivo de scroll infinito, reproducción automática, notificaciones y recomendación personalizada. No se afirmó que este sistema se asemejara a una droga, pero sí se dijo que sus características empujan al usuario a un uso excesivo y que los controles opcionales de tiempo de pantalla no alcanzan. El remedio que propone es desactivar el desplazamiento infinito e imponer pausas efectivas: no pedirle al usuario que se contenga, sino cambiar la máquina.
En julio se llegó a conclusiones similares respecto de Facebook e Instagram; la defensa de Meta ya se había oído en febrero, cuando Mark Zuckerberg declaró en un juicio en Estados Unidos que Instagram estaba diseñada para ser útil. Antes hubo procedimientos contra Shein por sus sistemas de puntos y recompensas. Tres rubros distintos, el mismo mecanismo. El 1 de setiembre empezó a funcionar en el Consejo de Europa un comité de 15 expertos, con mandato hasta 2027, para redactar una recomendación sobre adicciones digitales. Ya no se discute si el problema es «el celular», sino que se discute la arquitectura del software que utilizamos.
Debo hacer una precisión por temor a provocar pánico (o a que los lectores piensen: «A este no le gusta nada»): no todo uso intensivo es una adicción. Se pueden pasar ocho horas trabajando frente a una computadora sin problema alguno, y una hora y media haciendo scroll, atrapado en un patrón que no se controla. La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno por videojuegos y el de juego de apuestas, pero ninguna categoría clínica llamada adicción a las redes sociales. El psicólogo estadounidense Jonathan Haidt sostiene que el teléfono reconfiguró la infancia y explica que hay un deterioro de la salud mental adolescente; sus colegas investigadores Amy Orben y Andrew Przybylski replican advirtiendo sobre los riesgos de convertir una preocupación cultural en diagnóstico (como ocurrió con la televisión, con la historieta, con el rock). Entiendo que tienen razón en algo: si llamamos adicción a todo, dejamos de saber de qué estamos hablando.
Quizá haya que hacerse otras preguntas. Cuánta gente tiene un trastorno es una pregunta netamente clínica. Qué hace una empresa para maximizar la permanencia es una pregunta de diseño, y esa ya tiene respuesta en la experiencia europea que señalaba más arriba. Y si el asunto es de diseño, parece de orden que los Estados lo evalúen y decidan si lo habilitan, si piden ajustes o si entienden que es incompatible con la salud de sus habitantes. Porque, aunque casi nadie lo diga con claridad, vivimos en una etapa del capitalismo centrada en la maximización de la riqueza vía control de la humanidad, y eso no se enfrenta con el argumento banal de que se trata de algo nuevo o difícil de incorporar para los gobiernos y parlamentos. Lo cierto es que, si no actuamos, seguramente seamos víctimas o cómplices. O, como dice un amigo: ¿Será que hemos caído en un masivo alzhéimer cultural?
URUGUAY NO ARRANCA DESDE CERO
Nuestro país ya dio dos veces peleas similares en política de drogas. Y cuando reguló el tabaco no le pidió al fumador más fuerza de voluntad, intervino sobre el producto, la cajilla, la presentación única, la publicidad. Philip Morris demandó al Estado uruguayo ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones y el laudo de 2016 le dio la razón a Uruguay. Con el cannabis tampoco eligió entre prohibir y dejar hacer, eligió regular el diseño de un producto legal en lugar de responsabilizar a quien lo consume.
La Estrategia Nacional de Drogas 2026-2030 ordena la política de los próximos cinco años en siete ejes, con un plan de acción que por primera vez incorpora metas, responsables e indicadores. Si el país está definiendo ahora sus metas en comportamientos adictivos, corresponde seguramente preguntarse por qué los usos digitales problemáticos no figuran entre ellas.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento (Agesic) desarrollan, además, la Encuesta de Usos de Tecnologías de la Información y la Comunicación (Eutic), que releva acceso, usos, habilidades y comportamientos de la población de 14 años o más residente en el país. Pero mide qué hacemos con internet, no si algunos de esos usos se volvieron problemáticos. La diferencia se resuelve quizá añadiendo un módulo de pregunta sobre si la persona intentó reducir su uso y no pudo, si la tecnología interfiere con el sueño, el trabajo o el estudio, si le produce conflictos en la casa, si ciertas aplicaciones se usan para regular la ansiedad, el aburrimiento o la soledad. No es un test de adicción al celular. Entiendo que es información epidemiológica propia y muy valiosa antes de legislar.
Por otro lado, entre los 341 jóvenes que participaron este año en una consulta de U–Report de Unicef, aparece la demanda de entender cómo funcionan los algoritmos y los diseños destinados a sostener la atención. La Universidad de la República (Udelar) ya investiga lo mismo; tal vez lo que falte no sea investigación, sino que las conclusiones lleguen a la política a tiempo.
Deseo advertir que, si aceptamos la idea de que ciertas tecnologías afectan nuestra capacidad de decidir, la tentación inmediata será resolverlo vigilando: verificación permanente de edad, registro de aplicaciones, perfiles de riesgo, sistemas que determinen quién está «demasiado conectado». Sería la misma arquitectura de control, pero con otros dueños. Antes de prohibir, medir; antes de vigilar, investigar; antes de responsabilizar al usuario, mirar también la máquina.
LA CAPACIDAD DE IRSE
El título de esta nota busca ser deliberadamente incómodo: las redes sociales no son drogas y convertir la metáfora en afirmación clínica sería un atrevimiento. Pero sirve para preguntar qué hace un Estado cuando una conducta puede producir dependencia sin que exista una sustancia ilegal que decomisar, cuando no hay bocas que allanar, cuando el objeto del problema no está en una esquina con championes atados colgando de los cables, sino en el bolsillo de casi toda la población, y cuando quien lo diseñó sabe mucho más que nosotros sobre cómo reaccionamos frente a él.
Los directores ejecutivos de las principales corporaciones que trabajan con inteligencia artificial están pidiendo que la industria vaya más despacio. No tengo dudas de que hay que hacerle el mismo planteo a la industria que hace 15 años afina algoritmos para ganar nuestra atención. Incluso esto parece resolverse con cosas baratas: un módulo de usos digitales problemáticos en la próxima Eutic, una meta explícita en el plan de acción de la Estrategia Nacional de Drogas o una mesa con el INE, Agesic, la Junta Nacional de Drogas, el Ministerio de Salud Pública y la Udelar antes de que alguien desde el simplismo proponga prohibir algo.
Nada de lo propuesto obliga a apagar el celular, sino algo mucho más modesto y seguramente más difícil: devolver una idea sencilla que el diseño digital fue borrando de a poco, la de que uno pueda decidir cuándo terminar. Y garantizar que, cuando uno decida irse, la máquina lo deje.



