Si hay algo difícil en Uruguay es sostener por largo tiempo algo, lo que sea. Desde un proyecto artístico hasta uno político, desde un negocio hasta una amistad, Uruguay siempre se las rebusca para hacer que todo resulte cuesta arriba. Y lo que tiene la suerte de perdurar muchas veces llega oxidado o suplicando misericordia. Hay cosas que tienen sus largas décadas, alguna que otra su centenario, pero, por lo general, eso se da a costa de tener que hacer constantes piruetas de renovación o buscando ponerse a tiro con cada nueva moda. Pero, además, muy rara vez algo logra mantenerse por largo tiempo en espíritu, lo que no implica llegar intacto, incambiado. Si una cosa supo estar viva en su momento, para perdurar debe permanecer estando viva ahora, y eso implica movimiento. ¿Cómo moverse y, a su vez, no dejar de ser?
La otra cara del Uruguay referido es la de aquellos que viven con esa pregunta a flor de piel: en el logro o en el tropiezo, la pregunta se vuelve algo así como un horizonte ético. Y ese es el caso, precisamente, de Asamblea Ordinaria, conjunto uruguayo nacido en 1981 que hoy llega a su cuadragésimo quinto aniversario. Como sucede con toda relación de largo tiempo, las cosas no fueron parejamente iguales durante la travesía. Sus integrantes tuvieron sus idas y vueltas, sus proyectos, sus vidas por separado, fuera del grupo, pero toda pausa siempre significó para ellos un «hasta la próxima», y así sigue siendo.
La formación actual –y también la más longeva– está compuesta por Carlos Giráldez, Francisco Rey y Guillermo Lamolle, pero también participaron durante distintas etapas y momentos Adriana Lamana, Marcelo Aguiar y Rubén Colman. Y con unos y otros, lograron una discografía de seis álbumes de estudio. Musicalmente, Asamblea Ordinaria siempre admitió influencias variadas, de una gran heterogeneidad, pero hay ciertos atributos que permanecen en el corazón del trío hasta el día de hoy: para empezar, un trabajo letrístico de fuerte contenido político, pero siempre apoyado en el humor, la sátira, el sarcasmo, lo grotesco y lo lúdico. Es algo muy característico del conjunto: una forma de experimentar con la escritura que tiene mucho de juego. Se trata de juego en un sentido liso y llano, una forma de explorar las cosas y, sobre todo, de disfrutar al hacerlo. Como ese propósito nace de un lugar muy genuino, todo lo que hacen –incluso aquello que en general caería en la caja de la seriedad– se potencia y a la vez se despoja de cualquier pretensión en busca de legitimidad. Y ello permite que también lo vocal asuma el juego como forma de interpretar colectivamente. En retrospectiva, para Carlos Giráldez, el juego estuvo siempre, aunque de maneras distintas: «En el inicio éramos más serios, el humor estaba, pero en los ensayos, a la hora de tocar no tanto. El interés ahora es cómo subsistir saltando de una isla de humor y sentido a otra, entre medio de escombros. Antes había un sentido de lo colectivo y de lo social mucho mayor; hoy el mundo está más fragmentado y ya casi no hay construcción de utopías colectivas. Además de compartir el gusto musical, lo que hacemos viene de una necesidad vital que se nutre del humor en lo lúdico-musical. No es que las ideologías no estén, pero juegan a esconderse».
Al igual que sucede con varios artistas de su generación, la experimentación musical se da a través de una sólida base de folclore uruguayo y sudamericano, aunque con particularidades: mientras que muchos de sus contemporáneos variaban su instrumentación –o mejor, la instrumentación como tal no cobraba nunca un lugar estelar–, Asamblea Ordinaria es sin duda el conjunto que más ha trabajado el trío de guitarras en tanto tal, y la formación instrumental de la banda resulta muy evidente. Eso no solo les ha permitido un gran desarrollo en lo técnico –fraseo, contrapunto, etcétera– y con el propio instrumento, también ha hecho posible una reinterpretación del folclore –logran estirarlo, darlo vuelta, mirarlo de atrás y por los costados–, que conquista un lugar muy rico y específico entre lo familiar y lo extraño. A veces eso aparece de manera explícita, y otras –y es cuando más interesante se pone– a través de giros sutiles, que, aun cuando puedan pasar desapercibidos, van dejando en el oyente esa sensación de que nada es lo que parece.
Cuenta Francisco Rey: «En 1981 andábamos por los 18 y 20 años. Hemos aprendido cosas de la música y de la vida que entonces no sabíamos. Algunas de esas cosas nos hacen más profesionales, artísticamente hablando, y menos ingenuos en el plano vital. Lo que permanece, y es lo más importante a mi entender, es la búsqueda de caminos estéticos no tan trillados, de experimentación y de juego».
POR MÁS ARTISTAS HURAÑOS Y FEOS
Haber sido capaces de sostener un proyecto artístico colectivo por más de cuatro décadas es una muy buena razón para celebrar. Pero quedarse orbitando en la efeméride y en el pasado no sería propio del trío. En su momento, nació como una necesidad, musical y política, pero ¿qué es lo que la hace necesaria 45 años después? Para Guillermo Lamolle, «la necesidad musical-política no es algo de Asamblea en sí, es algo personal de cada uno. El mundo de hoy hace que uno sienta necesidad de ser más gente y menos IA [inteligencia artificial], más boca a boca y menos red social, más artista huraño y feo y menos carita sonriente bordada con emojis. Y eso se tiene que notar en la música, principalmente. Es muy difícil, en un momento dado, saber si estás haciendo lo que deberías, incluso según tus propios criterios, pero bueno, se intenta». Y respecto del concierto de hoy en El Chamuyo, nos cuenta Francisco Rey: «Para este recital desarrollamos un repertorio que trata de abarcar distintas etapas del trío, y justifican el título del espectáculo, pero habrá muchas composiciones recientes e inéditas, porque nos interesa mucho generar y mostrar material permanentemente». Lo que el público verá y escuchará es todo lo antes reseñado, plasmado a lo largo de una sólida discografía y un arduo y continuo trabajo de música en vivo. Puertas adentro, es también la celebración de una amistad vuelta familia musical. En palabras de Guillermo Lamolle, «Asamblea es una larga batalla contra el mundo y contra nosotros mismos. Lo que recuerdo con más cariño es todo el proceso en sí, los ensayos, las pavadas que hablamos, esas cosas».

