Prohibición de razas caninas

Una postura antiespecista

Mediante un proyecto de ley, la diputada colorada Nibia Reisch propone prohibir la cría, la reproducción, la comercialización, la transferencia, la adopción y la importación de perros de 15 razas, con el argumento de que, por sus características, «se pueden transformar en un arma». Quienes ya posean animales de estas razas deberán proceder a esterilizarlos obligatoriamente y mantenerlos en un «régimen de reclusión permanente», impidiendo su circulación en la vía pública. En la exposición de motivos, argumenta que «existen razas de caninos que presentarían cierta tendencia a ser más agresivas, que incluso genéticamente tendrían un temperamento difícil de controlar». Las razas en cuestión son: akita, amstaff, rottweiler, pitbull, mastín napolitano, tosa japonés, dogo argentino, dogo de burdeos, bullmastiff, american staffordshire terrier, staffordshire bull terrier, perro de presa mallorquín, presa canario, bull terrier y fila. El proyecto exceptúa los planteles de perros de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional (el cimarrón uruguayo y el pastor alemán).

Por su parte, Gastón Cossia, director ejecutivo del Instituto Nacional de Bienestar Animal, rechazó la iniciativa legal y afirmó que «hay que avanzar en ser más estrictos en el cumplimiento de la norma» que ya existe. En consonancia con el jerarca, la Sociedad de Medicina Veterinaria del Uruguay y la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República (Udelar) plantearon que «la raza no es un factor determinante de la agresividad canina» y que, «de acuerdo a los antecedentes nacionales, aproximadamente el 50 por ciento de los eventos agresivos son producidos por perros cruza».

La propuesta legal y la discusión ganaron terreno luego de que un niño de 5 años falleciera tras ser atacado por un perro pitbull. Desde aquí intentaremos descentrar la discusión del plano jurídico, prohibicionista y dicotómico, aportando elementos teóricos del antiespecismo, la etología (ciencia del comportamiento animal) y la sociología.

LA DIMENSIÓN DEL ASUNTO

A falta de registros fidedignos, se estima que en Uruguay hay 1.750.000 perros, de los cuales una mitad serían de «raza pura» (o pedigrí) y la otra, producto de diversos grados de mestizaje. En la última década, el Ministerio de Salud Pública registró un promedio de entre 2.500 y 3 mil personas mordidas al año. Generalmente, estas mordeduras no tienen consecuencias graves o letales, ya que constituyen el 1 por ciento de las consultas pediátricas de urgencia, pero la cobertura mediática y la opinión pública suelen colocar el asunto de un modo magnificado y punitivista, lo que propicia un escenario en el cual las posiciones giran en torno a prohibir las razas de moda o poner en marcha diferentes mecanismos de rifle sanitario.

Los estudios que relevan el índice de agresividad de las razas adolecen de problemas metodológicos y no se puede concluir de ellos que la agresividad se deba a la genética, ya que esta también resulta de la influencia de un conjunto de factores ambientales, individuales, fisiológicos, motivacionales, instrumentales y patológicos. Como consecuencia, se pueden encontrar distintos tipos y grados de agresividad canina, ya sea contra humanos o contra otros perros: por territorialidad, depredación, posesión, miedo, protección, defensa, dominación, frustración, dolor, agresividad, apareamiento o agresividad redirigida (que suele acontecer cuando una persona quiere frenar una pelea de perros y termina siendo agredida). Entre los principales problemas a la hora de relevar la agresividad según las razas está el hecho de que, cuando ocurre un accidente, la información sobre la pureza de la raza no es cien por ciento certera. A su vez, la mayoría de los datos se basan en denuncias en centros hospitalarios o seccionales policiales, lo cual probablemente excluye las mordidas de razas pequeñas, que no dejan secuelas físicas ni psicológicas graves.

Los etólogos estiman que un 30 por ciento de lo que un ser gregario es depende de su genética y el resto lo brinda el ambiente. Dado que el ambiente del perro está determinado por el humano, es en este que debe recaer la mayor responsabilidad de los actos de aquel. Es en el llamado período sensible –el que va de los 2 a los 4 meses– que se produce la socialización que moldea el carácter del can casi de por vida. En este período debe prestarse especial cuidado a la relación con su madre y, especialmente, a que esta, mediante el juego, le inhiba la mordida, para que en futuras ocasiones la controle. Si bien puede ser que –debido a la selección artificial que se ha hecho para tareas de caza, guerra o guardia– ciertas razas estén más dispuestas a ciertas formas de agresividad, es mucho más justo evaluar la agresividad de un perro por su temperamento e historia de interacción con otros congéneres y humanos. En definitiva, todas las razas son potencialmente agresivas si no son estimuladas saludable y tempranamente con su mundo cotidiano, si no se procura una socialización adecuada y si no son satisfechas sus necesidades básicas (incluidas las afectivas).

Por lo tanto, una vez descartadas las causas orgánicas de la agresividad canina –como la alteración tiroidea, los tumores, la disfunción suprarrenal, la disfunción cognitiva, los trastornos convulsivos y los déficits sensoriales, que causan irritabilidad y propensión a las reacciones agresivas–, hay varios factores externos que pueden provocar que un perro manifieste un comportamiento agresivo. Entre estos cabe destacar el comportamiento o la personalidad de los «dueños», el cuidado y el manejo que hagan de él, el origen del cachorro y el contexto circunstancial en el que se desencadena la agresión. Una investigación de veterinarios de la Udelar sobre la influencia del origen de los cachorros en su comportamiento agresivo constató que «los perros de las tiendas de mascotas tenían más probabilidades de desarrollar problemas de comportamiento, como la agresión, que los obtenidos de criadores no comerciales».1

ALGUNAS NOTAS SOBRE EL MASCOTISMO

Hace aproximadamente 10 mil años que la humanidad ha domesticado animales. En un principio lo hizo con fines puramente productivos, como la obtención de alimento, el labrado del suelo, el transporte, la guerra, la caza, la protección de la propiedad y la lucha contra los roedores. Algunas de estas funciones perviven y otras no. Para el caso que nos ocupa, el de los perros, los «dueños» de estos alegan que, más allá de las funciones que puedan prestar en materia de seguridad, su función principal es la de compañía –aunque esto aplica principalmente para el medio urbano, pues en el rural los canes aún tienen tareas de trabajo–. Otras funciones residuales pero no menos importantes de estos animales son las terapéuticas y las educativas, como las de los perros lazarillo y las que se les asigna en psicoterapias asistidas con animales.

Quienes sostienen que las mascotas o animales de compañía no cumplen ninguna función se equivocan profundamente. Como señala el antropólogo Marvin Harris, «la idea de que las mascotas son inútiles se deriva de las costumbres de posesión de animales de las clases aristocráticas».2 No obstante ello, la posesión de mascotas aún tiene una importancia crucial en la simbolización del estatus social y en la provisión de compensaciones narcisistas. En cuanto a la mascota como símbolo de estatus y moda, es cierto que cuanto mayores son su inutilidad y su exotismo, mayor capacidad de consumo aparenta. Pero es en la provisión de compensaciones afectivas donde debe buscarse la principal razón del mascotismo.

En efecto, en Occidente, cada vez más, las personas resignan la interacción cara a cara en contextos urbanos y viven en hogares unipersonales, faltas de lazos comunitarios, separadas y aisladas, pero convencidas de su unión por el ardid de las redes virtuales. Con la excepción de unos pocos afortunados, la mayoría no alcanza niveles mínimos para una vida digna y debe soportar las permanentes humillaciones y agresiones de sus superiores. Estas condiciones de vida proveen el marco para una neurosis civilizatoria sin precedentes y condenan a las mayorías al acuciante problema de la soledad y la depresión (la verdadera pandemia de nuestro siglo). En este contexto puede entenderse que los animales de compañía compensen parcialmente la pobreza de las relaciones humanas, aunque más no sea al prestar sus oídos para la escucha –eso que el psicoanálisis conoce como alivio para la angustia–. Así se explica a la mascota como compañía de ancianos solitarios o como regalo para el hijo único. Así se comprende también que una persona busque canalizar su propia agresividad o miedo agresivo por medio de la tenencia de un perro de gran porte con fines de guardia e intimidación.

EL PERVERSO NEGOCIO DEL MASCOTISMO DE PEDIGRÍ Y SU INFLUENCIA EN LA AGRESIVIDAD

Como sucede con todo lo que cae bajo su lógica, el capitalismo ha transformado las relaciones con los animales de compañía en una industria millonaria. Para muestra, en 2018 en Estados Unidos el gasto en el cuidado de mascotas alcanzó la cifra récord de 72.560 millones de dólares. Los productos incluidos abarcan los alimentos, los accesorios para mascotas, los medicamentos de venta libre, la atención veterinaria, la venta de animales vivos y los servicios no veterinarios (que incluyen el aseo, el hospedaje, el entrenamiento, el cuidado de mascotas y los servicios de jardinería).3 A su vez, se estima que el tráfico ilegal de especies silvestres es el tercer negocio más lucrativo del mercado negro.

En el contexto local, la publicación «Cachorros bulldog inglés puros» en la plataforma de compraventa online más reconocida ofrece estos animales a 150 mil pesos cada uno. Como quien opina sobre un teléfono móvil, en su reseña un «cliente» dice: «Exelente [sic] producto y muy recomendable. Muy bueno exelente [sic]. Coincide con la descripcion [sic] su calidad exelente [sic]». Otra publicación en la misma web oferta una «excelente cachorra samoyeda calidad show» a 3 mil dólares. En las fotos que describen el «producto», el vendedor se ufana de haberle vendido un cachorro al celebrity Flavio Mendoza, quien luce sonriente con un ejemplar a su lado. El negocio de estos criadores es tal que hay que reservar con anticipación.

Por diferentes razones, que pasamos a detallar, creemos que es en esta pérfida industria donde más deben buscarse las causas de la agresión canina. En primer lugar, deben señalarse los perjuicios fisiológicos y psicológicos que causa la eugenesia (selección artificial) con el objetivo de «mejorar la especie» y mantener ciertos rasgos fenotípicos para conservarla. Es sabido, desde la genética, que la reducción de la riqueza en el intercambio de genes de una especie conlleva una peor salud, hecho que se hace evidente en la menor esperanza de vida de los perros de pedigrí en comparación con la de los mestizos. Las malformaciones son otro negativo efecto del experimento de ser dios que el Homo sapiens hace sobre otras especies. Entre ellas está la acondroplasia (enanismo), a la cual se ha condenado genéticamente a varias razas, como la dachshund (más conocida como salchicha), la basset hound y la bulldog. Estos simpáticos animalitos presentan problemas de espina dorsal y dolores de espalda –debido a su columna vertebral extremadamente larga y a sus costillas cortas– y, con los años, hernias discales.

Pasemos a los felinos. También debido a la selección humana, los gatos persas han adquirido una peculiar conformación de su rostro y su cabeza, característica llamada braquicefalia, que les causa muchos más problemas oculares y respiratorios que al resto de las razas felinas. Es característico en ellos un lagrimeo constante, o epífora, que los hace más susceptibles a la conjuntivitis y a problemas de piel en la zona que rodea los ojos, como la dermatitis –el «síndrome de la cara sucia»– y los hongos. Es frecuente también que tengan los ojos más saltones que el resto de los gatos, lo que los expone más a úlceras oculares por roces o traumatismos, queratitis, ojo seco y un problema ocular que se conoce como necrosis corneal. Además de problemas oculares, frecuentemente tienen problemas respiratorios, debido a que la mayoría tiene los orificios nasales mucho más estrechos y el paladar blando muy largo, lo que hace que les cueste mucho más respirar y que un simple catarro con mucosidad muy leve los haga respirar por la boca e, incluso, al perder el olfato temporalmente, dejar de comer.4

Otros problemas de salud en las razas puras son los producidos por las mutilaciones a las que se las somete con meros fines estéticos para que cumplan el estándar de la raza. Los casos típicos son el recorte de cola (caudectomía) y el de orejas (otectomía). El corte de cola supone la amputación con tijera, cuchillo o goma elástica, lo que compromete varios nervios sensitivos que inervan la piel, el cartílago y el hueso. Suele practicarse sin la administración de anestesia y entre los tres y cinco días de edad del cachorro. Este procedimiento lo realizan los veterinarios o, cuando estos se niegan, los propios criadores, lo que somete a los cachorros a un riesgo aún mayor. Lo mismo puede decirse del recorte de orejas. Por supuesto, son procedimientos innecesarios y muy dolorosos, que pueden acarrear complicaciones, como hemorragias, infecciones e, incluso, la muerte. Cuando se hacen con anestesia general, muchas veces no resisten y mueren o tienen reacciones alérgicas posteriores.

La forma actual de los perros es el resultado de una evolución natural de varios miles de años. Si la cola y las orejas no fueran necesarias para ellos, la selección natural se habría encargado de eliminarlas hace ya mucho tiempo. La cola les sirve fundamentalmente para mantener el equilibrio y expresar el lenguaje corporal.5 Los perros manifiestan sus estados anímicos en gran medida a través del lenguaje corporal, y la cola y las orejas son dos partes fundamentales en su capacidad de expresión. Alterarlas implica interferir en las relaciones entre perros, y entre perros y humanos, y, eventualmente, desarrollar comportamientos no deseados, como la agresividad.

La cuestión del género también se hace presente en el mascotismo, ya que las hembras reproductoras son las que más sufren en el frenesí racista del pedigrí. Al ser la fuente de reproducción de la ganancia de los criadores, son forzadas al embarazo una vez tras otra. Para estimar las ganancias que producen, puede hacerse un simple cálculo tomando como ejemplo la raza en cuestión: la pitbull. Teniendo en cuenta que los perros alcanzan la madurez sexual a partir del año o antes, que las hembras entran en celo dos veces por año, que permanecen reproductivamente activas durante toda su vida (aproximadamente nueve años), que una camada promedio se compone de alrededor de seis cachorros y, finalmente, que el precio promedio de uno de estos cachorros es de 7 mil pesos, podemos estimar que a lo largo de su vida una hembra pitbull generará una ganancia de 756 mil pesos (2 × 9 × 6 × 7 mil).

Sin lugar a dudas, la búsqueda de la pureza de la raza basada en la perfección de los fenotipos realizada por el pedigrí es una empresa que rechazaríamos encendidamente en el plano moral para los humanos, pero que con agrado permitimos para otras especies. Por su obsesión con la taxonomía y la búsqueda de los rasgos característicos de la especie, la eugenesia que practica el mascotismo tiene un fuerte componente frenológico y nazifascista. La frenología es una antigua teoría pseudocientífica que afirmaba la posible determinación del carácter y los rasgos de la personalidad –incluidas las tendencias criminales– basándose en la forma del cráneo, la cabeza y las facciones.6 Por estas mismas razones, quienes creen en la agresividad innata de ciertas razas también caen en la trampa frenológica.

A su vez, el nazifascismo supone la superioridad de un ser humano bien definido, el ario, sobre los no arios. Los nazis estaban obsesionados con el origen de la etnia aria y ensayaban arduas genealogías con tal de demostrar su pertenencia a ella. En el Tercer Reich, el «certificado ario» (en alemán, Ariernachweis) era un documento que probaba que una persona era miembro de la presunta raza aria. A partir de abril de 1933, se requería en todos los empleos del sector público, así como en la educación, y era un requisito indispensable para convertirse en ciudadano del Reich.7 El pedigrí es también un documento que demuestra genealógicamente la pertenencia de un individuo a determinada especie. La etimología de la palabra lo revela, pues procede de la expresión pied de grue, ‘pata de grulla’, con la que los franceses se referían a las marcas rectas con forma de pata de grulla que los primeros criadores ingleses de caballos utilizaban como árbol genealógico para seleccionarlos. La pronunciación inglesa de pied de grue acabó convirtiéndola en pedigree, que luego se castellanizó como pedigrí.8 Un Josef Mengele duerme activamente en los deseos de los cultores de razas caninas (y de otras especies).

Como los criadores están ansiosos por entregar los cachorros a cambio de dinero, suelen separarlos de sus madres antes del tiempo indicado, interrumpiendo el proceso de socialización y represión de la mordida, de vital importancia en la conducta futura. Según los expertos, lo recomendado para separar a los cachorros de su madre (si bien, en realidad, nunca sería deseable) es hacerlo a los tres o cuatro meses de edad. Normalmente, en el mercado de mascotas esto se hace entre el mes y los dos meses. Como consecuencia, muchos de estos animales desarrollan trastornos depresivos o de ansiedad (miedo a personas desconocidas, agresividad con otros perros, ansiedad durante los paseos, problemas de posesión de la comida, ladrido excesivo y comportamientos destructivos en la casa), que acaban deteriorando la relación con sus «propietarios», quienes, incapaces de sostenerlos, acaban abandonándolos.

Paralelamente, el mascotismo produce otro gran daño, sobre el cual no entraremos en detalle: la comida para mascotas. Es un hecho que, para que la superpoblación de animales de compañía sobreviva, otros animales deben ser sacrificados para servirles de alimento. Contrariamente a lo que sostienen algunos defensores del mascotismo sobre este punto, la industria de la comida para mascotas no es un subproducto de la industria alimentaria humana, sino que goza de sus propios mecanismos e intereses y abultados capitales.

LA COMPLICIDAD DE LA MEDICINA VETERINARIA

No se puede negar que gran parte de la medicina veterinaria, aunque no sea la única causante del mascotismo, se ve sumamente beneficiada por este. No solo se beneficia de las mascotas en general, sino mucho más de las de raza pura, por ser estas las que presentan mayores problemas de salud y cuidados. Sucede que esta ciencia, contrariamente al imaginario social que la sostiene, no suele estar orientada a los intereses de los animales y su salud, sino a la productividad que los humanos pretenden de ellos.

La médica veterinaria antiespecista Michela Pettorali sostiene que «la profesión veterinaria se dirige, básicamente, a controlar el modo en el que los animales no humanos son usados y tratados, de manera que la salud y otros intereses de los seres humanos se vean protegidos». Este actuar se ve respaldado por el estatus jurídico otorgado a los animales, ya que «la legislación vigente, a la que se obliga a atenerse a todo veterinario, indica que los animales deben ser considerados como cosas». Esta normativa justifica plenamente el uso de los animales como recursos y apenas los resguarda de las formas secundarias en las que son dañados. En realidad, el fundamento de la ciencia veterinaria es la «salud pública», conceptualizada de un modo enteramente antropocéntrico. Su énfasis en el control de las zoonosis es la prueba de ello. La autora también señala que la casi inexistencia de una terapia del dolor para los demás animales es una muestra más del carácter especista en la disciplina. La bandera del bienestar animal, que tanto la ciencia veterinaria como la industria de la alimentación sostienen con orgullo, se enarbola «con el fin de que un buen cuidado del bienestar de los animales contribuya a la salubridad y calidad de los productos alimentarios».9 En resumen, el bienestar animal es al especismo lo que el desarrollo sustentable es al capitalismo.

FORTALECER LAS REDES ZOOLIDARIAS DE CUIDADO Y RESCATE

Como sucede con los humanos, y como ya fue señalado, miles de otros animales son excluidos por no satisfacer las expectativas de sus «dueños» y son abandonados a su suerte en la calle, en una cuneta o en una volqueta de residuos. Por fortuna, hay redes de solidaridad que los rescatan y los acogen hasta encontrarles un hogar responsable.

Con la hospitalidad como medio y fin, en Uruguay existen diversos colectivos e individuos que rescatan y proporcionan hogares transitorios desde una perspectiva antiespecista. Entre ellos, cabe mencionar la Asociación Protectora de Animales-El Refugio, la Unión de Protectores Independientes, La Casa de Alicia, la ONG Pegaso Chuy, La Liga Bichera, Animal Help, Animales sin Hogar, el Refugio Vida Animal y la Organización para los Animales. También cabe mencionar a Montevideo Horse Save, que se dedica a rescatar caballos y hace campañas contra los mataderos de caballos, la sangría de yeguas preñadas, las jineteadas y la tracción a sangre. También está el Proyecto Alas, que se creó con el propósito de brindar información sobre el rescate de gallinas, pollos y gallos, y visibilizar a estos maravillosos seres. Fortaleciendo estas redes y haciendo campañas de castración gratuita y de calidad también se contribuirá a poner fin al problema que nos convoca.

LADRIDOS FINALES

No hay perros asesinos, y la prohibición de ciertas razas no solucionará el problema. De hecho, en algunos países, luego de poner en rigor una lista de razas potencialmente peligrosas, el número de personas mordidas no se vio afectado. Pero, más allá de este punto, una prohibición jamás ha solucionado un problema ético (la prohibición es, más bien, un problema en sí mismo). En lo que atañe a lo jurídico, la propuesta de ley en cuestión es cortoplacista, no exhaustiva y anticientífica. Quizás con mejoras en la fiscalización de la normativa ya existente sobre la tenencia responsable se pueda paliar el problema.

Es mucho más probable que gran parte de la agresividad de los perros –de raza o mestizos– se deba a la industria que los produce y a los modos de vida humanos. Para una solución radical del problema es urgente no considerar a los animales como cosas u objetos para la egoísta satisfacción humana. Abolir el mascotismo es una tarea necesaria y parte de la lucha antiespecista. La conexión con nuestra propia animalidad, tan degradada, también se juega en ello.

1. ¿Cuáles son las razas de perro más agresivas con los humanos?

2. Marvin Harris, Bueno para comer, Alianza Editorial, 2012.

3. El sector de los animales de compañía alcanza cifras récord.

4. El gato persa, principales patologías.

5. Sobre el corte de colas en perros.

6. Frenología (Wikipedia).

7. Ariernachweis (Wikipedia).

8. Pedigrí (Wikipedia).

9. Michela Pettorali, «Una crítica a la profesión veterinaria desde una perspectiva antiespecista».

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