Abordar una tragedia en pleno siglo XXI no es una tarea sencilla. No se trata simplemente de adaptar un texto antiguo, sino de reconstruir –o tensionar– un sistema teatral, ético y simbólico muy distinto al nuestro. En autores como Sófocles, Eurípides y Esquilo, el conflicto trágico se organiza en torno al destino, la intervención de los dioses y un orden que puede quebrarse incluso sin intención.
A estas tensiones se suman dificultades escénicas: el lenguaje «sazonado» al que refiere Aristóteles puede hoy volverse distante, el coro carece de un equivalente claro y la dimensión ritual –ligada a lo dionisíaco– aparece erosionada. El riesgo es doble: o la tragedia se museifica o se actualiza al punto de perder su potencia. En ese equilibrio reside el desafío contemporáneo: no reproducirla, sino tensionarla para que vuelva a interpelar a los espectadores.
La Comedia Nacional vuelve sobre este territorio con Antígona, dirigida por Miguel del Arco. La pregunta es si logra habitar ese equilibrio o si se inclina hacia alguno de sus riesgos.
Uno de los principales aciertos radica en su dispositivo escénico: una estructura circular giratoria que funciona como un núcleo simbólico. Remite tanto a las ruinas de un templo tras la guerra fratricida de Eteocles y Polinices como a la cripta en la que Antígona es confinada, y también al espacio desde donde Creonte se dirige a la polis. Esta polisemia no solo evita la literalidad, sino que inscribe la acción en un territorio escénico activo, en el que mito y contemporaneidad conviven sin anularse.
En el plano actoral, la puesta encuentra uno de sus puntos más sólidos: el trabajo de todo el elenco es muy bueno y, en particular, el de quienes encarnan a Antígona (Mané Pérez) y Tiresias (Joel Fazzi), que asumen la tarea de representar a los personajes nodales de la tragedia y de sostener el código interpretativo que la propuesta demanda con notable hidalguía.
Mané Pérez, en el rol de Antígona, construye una protagonista de gran densidad, capaz de transitar con precisión entre el dolor y la determinación. Su trabajo alcanza momentos de alta intensidad dramática, en los que palabra y cuerpo articulan con eficacia el conflicto trágico. Por su parte, Joel Fazzi, en el papel de Tiresias, introduce un matiz particularmente interesante: el personaje es tratado en escena en femenino, lo que habilita una lectura que pone en juego las tensiones andróginas propias de esta figura mitológica. Esta decisión no solo actualiza el personaje, sino que amplía su dimensión simbólica dentro de la obra.
No obstante, no todos los elementos de la puesta alcanzan el mismo nivel de resolución. La propuesta parece orientarse hacia una actualización que dialoga con los conflictos bélicos contemporáneos –a través del uso de armas, uniformes y referencias visuales reconocibles–, pero esa operación no termina de consolidarse en una verdadera dimensión atemporal del conflicto trágico. La mera incorporación de estos signos no garantiza, por sí misma, una lectura que los proyecte hacia los conflictos globales actuales. Antes que habilitar esa dimensión, su uso tiende a operar como un código reconocible pero insuficiente, que no termina de inscribirse en la lógica profunda de la puesta. Algo similar ocurre con la incorporación de música electrónica como soporte para la construcción de lo coral: su presencia no alcanza a integrarse de manera orgánica al desarrollo escénico ni a justificar del todo su función dentro de la lógica de la puesta. En lugar de operar como una reformulación contemporánea del coro, aparece más bien como un recurso externo, cuya eficacia queda parcialmente diluida.
En ese marco, la puesta de Antígona oscila entre momentos de gran potencia y zonas donde las decisiones estéticas no alcanzan a consolidarse plenamente. Con todo, la obra confirma la vigencia del conflicto que la atraviesa desde su origen: cómo hacer hablar hoy a la tragedia sin neutralizar su extrañeza. En ese intento –siempre riesgoso, siempre inacabado– reside tanto su mayor acierto como sus zonas de tensión.



