Una vida en clave literaria - Semanario Brecha
La novela más ambiciosa de Damián González Bertolino

Una vida en clave literaria

¿Cómo llega un niño criado en un barrio pobre de Punta del Este a decidir que quiere ser escritor?, ¿de cuántos modos pueden cruzarse la vida y la literatura?, ¿de qué manera funciona la memoria cuando lo que se busca es entender una forma de ser y de sentir?

Agustín García

Bien pudo haber ocurrido que, durante el tiempo en que escribió El origen de las palabras, Damián González Bertolino (1980) tuviera presente aquella máxima de León Felipe que anuncia: «Les contaré mi vida a los hombres para que ellos me digan quién soy». Por qué no imaginar que el uruguayo consideró esa eventualidad, ya que al inclinarse por la opción biográfica se inventa a sí mismo como personaje y pone en práctica un modo de leer la vida como escritor. Sabe que todo lo que aún retiene su memoria –y la de las personas de su entorno a quienes reclama mirar hacia atrás– desaparecerá con el paso del tiempo. Evanescente y veleidosa como un fantasma, la memoria coquetea con la invención. Por eso, al brindar su testimonio, el autor deja huella deformada de lo que narra como si fuese cierto. La veracidad de la autobiografía y la dimensión ética de la literatura son asuntos que atraviesan el pensamiento contemporáneo.

Para contarse, González Bertolino distingue etapas de su existencia que van desde la primera infancia hasta más o menos los 25 años, antes de publicar su primer libro. Dentro de ese arco que puede afiliarse a lo que Pascal define como «la vida entre dos puntos», su relato se hunde en la mitología personal y circula por momentos decisivos: juegos y miedos de la infancia, rebeldías y azoramientos de la adolescencia, descubrimientos y responsabilidades de la juventud. Crea un relato y busca razones. «Con toda intención he querido apuntalar la alicaída fe de contar las cosas tal como creo que ocurrieron», dice, para luego afirmar que se propone escribir su autobiografía. La meta es codiciosa y problemática. Establece sus propias reglas, pero el lector decide el sentido. Ficcionalizarse es un derecho que el escritor puede ejercer y en los últimos años está legitimado por el afianzamiento de la autoficción.

Leemos entonces El origen de las palabras con la atención puesta en lo biográfico y en lo autoficcional, porque en el fondo el autor no parece demasiado preocupado por obedecer la ley del género literario que defiende la pureza e impugna la mixtura. El origen de las palabras es un texto ambicioso que existe a medio camino entre la autobiografía, el testimonio, la novela de formación y la crónica; a veces interviene cierta voluntad ensayística. Ninguna de las categorías con que se clasifican los textos literarios le cabe sin reservas. Todo es relato. La combinación resulta eficaz para pensar de qué manera y con qué fines se observan a sí mismos aquellos que quieren hacer pública su vida.

El origen de las palabras, de Damián González Bertolino. Estuario, Montevideo, 2021. 324 págs.

LAS PALABRAS Y LAS COSAS

Los fundamentos y los hallazgos que ligan esa argamasa son las palabras o, más precisamente, la aparición de una palabra en una circunstancia dada, que tanto puede explicar como oscurecer una situación, pero por distintos motivos alcanza resonancias inesperadas en el imaginario del futuro escritor. Así comienza esta historia, cuando tiene poco más de un año y está a punto de morir asfixiado por tragarse un tapón. En el centro del relato sobre cómo ocurrieron los hechos está siempre su madre, una muchacha de 19 años embarazada de ocho meses, que con una de sus manos aferra por los tobillos a su primogénito, golpeándolo fuertemente con la otra para que expulse el tapón. Detrás del concepto básico que transmite esa palabra, sostén de una historia con ribetes trágicos, las emociones que evoca en los involucrados espesan la subjetividad y despliegan un entramado de relatos y símbolos: «Durante toda mi vida, la memoria de este hecho se ha reajustado», dice el narrador.

«Esta es la historia de lo que ocurrió a partir de un determinado grupo de palabras; o más bien se trata de un conjunto de historias apenas relacionadas por la voluntad de hablar de dichas palabras y su influjo.» En el transcurso narrativo aparecen –entre otras que se tornan vigorosas y sugerentes–: relámpago, cottolengo, equinococo, rancio, tremolar, ambicioso, poema, torniquete, cuña, oficina, olímpico, patilla, palabras que impactan al narrador en distintas edades y escenarios, por el infinito que prometen, las sensaciones que despiertan o la mera sonoridad. Acontece asimismo con el lenguaje campero de la abuela materna y con el vocabulario demencial de la paterna. La historia de cada persona también se ve afectada por «las palabras que no están». Pronto sabrá el futuro escritor que aprehender la realidad a través del conocimiento mediado por el lenguaje es un problema. Al explorar la historia de las palabras y rescatar las aventuras que desencadenan, evoca su propia percepción del mundo exterior y las preguntas de la intimidad.

APARIENCIA Y OCULTAMIENTO

A la hora de convertir la introspección en materia narrativa, González Bertolino busca plasmar la vida del modo más directo y ameno posible, con el fin de acompañar a quien lee «por un trillo más o menos novelesco». Es el testigo sensible que resuelve su protagonismo por la intensidad de su testimonio, aunque también incluye referencias de menor atractivo. Su mirada se prolonga en los grupos humanos, los espacios sociales y la cotidianidad. Es el hijo que construye a sus padres escribiéndolos como homenaje a sus vidas silenciosas atravesadas por sacrificios y postergaciones. (Hay teorías que afirman que la autobiografía es siempre una justificación ante el padre.) La mirada alcanza a sus vecinos, los habitantes del barrio Kennedy de Punta del Este, «que se pobló de modo irrefrenable a principios de los noventa». Y en la vereda de enfrente, a los representantes de la clase alta argentina que juegan al golf en el Cantegril Country Club, y ya habían aparecido en la literatura del autor. Afloran las tensiones de las diferencias sociales, pero también el vínculo de confianza que surge de vez en cuando entre socios y empleados. A través del friso social que pinta con todos los colores, hay un intento por entender el comportamiento humano. Consigna momentos muy crudos y cierta melancolía, pero también hay humor.

Casi todos los parroquianos del bar que atendía su padre «eran seres solitarios que habían dejado atrás una o más penas y que parecían haberse sacudido la parte más pesada de esa carga a fuerza de una continua reflexión ensimismada, a veces acompañados por un vaso de vino, otras por un perro o por otro hombre en condiciones más o menos similares». Antes de que se mencione por primera vez a Juan José Morosoli –entre otros escritores– es ineludible vincular a estos hombres, cuyas historias breves e intensas se cuentan entre lo mejor de El origen de las palabras, con los personajes lacónicos y desolados del escritor minuano.

Las distintas violencias que se ejercen sobre los más débiles se hacen carne en los aprendizajes del narrador y se acompasan en el transcurso del tiempo con su peculiar historia de las palabras. «Después de todo, quizás un escritor no sea más que un producto de las circunstancias, un mecanismo de defensa con nombre y apellido», dice el narrador del cuento «La vocación literaria», en Historia argentina, de Rodrigo Fresán.

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