Una vida en tiempos interesantes

Mario Augusto Bunge (1919-2020).

Ilustración: Federico Murro

Díscolo militante comunista en su juventud, testigo del auge del fascismo, firme opositor al peronismo, científico de formación y filósofo por vocación, contemporáneo de la mayor revolución que haya experimentado la física en los últimos 300 años, testigo del nacimiento de la tecnociencia, crítico feroz de las corrientes que, como el existencialismo, consideró enemigas de la razón, protagonista, en fin, de una época llena de convulsiones, llegó al mundo después de la Gran Guerra y lo abandonó el 24 de febrero, poco antes de que la pandemia se nos viniera encima.

 “Yo fui uno de los tantos subproductos inesperados de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). En efecto, conjeturo que fui concebido durante una de las celebraciones del Armisticio que marcó el fin de esa guerra, la más global, larga, cruenta, insensata e impopular de la historia. Supongo que mis padres, aunque de orígenes y formaciones muy diferentes, se encontraron accidentalmente y simpatizaron en el Hotel Edén, en La Falda, sierras de Córdoba, durante uno de los festejos de ese magno acontecimiento.” Lo que el lector acaba de leer son las primeras líneas de su libro de memorias, publicado en 2014. Si no va a leer otra cosa de Bunge, lea ese libro, que es tan interesante como su propia vida.

Hijo de una enfermera alemana de origen humilde, Marie Müser, emigrada antes de la guerra, y Augusto Bunge, un médico, escritor y político socialista de familia patricia, Mario Augusto Bunge nació en Florida Oeste, Gran Buenos Aires, el 21 de setiembre de 1919. Su infancia transcurrió en un ambiente semirrural, jugando y leyendo al aire libre. Fue una infancia feliz. La casa paterna era frecuentada en forma regular por visitantes ilustres, sobre todo políticos y escritores, tanto argentinos como extranjeros. Uno de esos visitantes regulares era el dirigente socialista uruguayo Emilio Frugoni, amigo de su padre. Visita insólita fue la de Otto Strasser, principal dirigente del ala “izquierda” del partido nazi –aplastada en la purga de 1934–, a quien su padre echó sin miramientos.

EL DESPERTAR DE UNA VOCACIÓN. Mario Bunge fue un adolescente inquieto. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde avanzó dando tumbos, en parte por el tiempo que le insumían otras ocupaciones, ajenas al estudio: el amor, su militancia comunista y la escritura. En aquellos años redactó poemas, cuentos, dos novelas, una obra en verso libre y varios ensayos, entre ellos un libro completo contra Freud y el psicoanálisis escrito desde una perspectiva marxista, que se perdió junto con buena parte de su producción de la época, cosa que el propio Bunge no lamentó.

Durante esos años se despertó paulatinamente su interés en la física, la filosofía y la matemática. Uno de los factores que desencadenaron su interés en esta última disciplina fue el estudio del cálculo infinitesimal, acerca de cuyo fundamento intercambió epistolarmente con el matemático uruguayo José Luis Massera. Tras algunas vacilaciones, decidió estudiar física en la universidad y filosofía de manera autodidacta.

Con apenas 19 años, en 1938, fundó la Universidad Obrera Argentina (Uoa), un emprendimiento inicialmente muy modesto que funcionaba en un escritorio en un edificio de oficinas de la calle Avenida de Mayo. Para cuando el gobierno cerró la Uoa, a fines de 1943, tenía una sede, algo más de mil estudiantes y funcionaba en dos turnos seis días a la semana.

Su militancia comunista, y es de suponer que también la influencia familiar, lo convirtió en un firme opositor al peronismo. No compartía la caracterización de ese movimiento como una mera traslación del fascismo italiano a la realidad latinoamericana que hacía su partido, por considerarla demasiado simplista, pero decididamente no tenía mayores simpatías por el general Perón ni por el movimiento que creó. Esta situación le trajo varios inconvenientes e incluso lo condujo a la cárcel durante un breve período.

A instancias de Ernesto Sabato conoció, en 1943, a quien sería el orientador de su tesis de doctorado, el físico checo de origen judío Guido Beck. Beck había nacido en 1903 en la ciudad de Liberec, Bohemia, imperio austrohúngaro, se había doctorado en física en Viena en 1925 y había trabajado con Werner Heisenberg en Leipzig, con Niels Bohr en Copenhague, con Ernest Rutherford en Cambridge y con Louis de Broglie en París. Bajo su dirección, Bunge se doctoró en 1952 en la Universidad Nacional de La Plata con una tesis en el campo de la física cuántica. Respecto de la física cuántica, se interesó también por su filosofía. Llegó tempranamente a la conclusión de que sus resultados eran verdaderos, aunque la interpretación filosófica estándar de su formalismo matemático (la llamada interpretación de Copenhague) era errónea, por suponer, a su juicio, un compromiso espiritualista y subjetivista. Sobre este tema publicó, en 1956, uno de sus primeros artículos filosóficos importantes, “Strife about complementarity”, en la prestigiosa revista The British Journal for the Philosophy of Science.

Poco después de doctorarse fue expulsado de la Universidad de Buenos Aires (Uba), por no simpatizar con el gobierno peronista. Se fue entonces a San Pablo por seis meses con una beca posdoctoral que le consiguió David Bohm, el físico estadounidense que había debido escapar de Estados Unidos por la caza de brujas desencadenada por el senador Joseph McCarthy. Bohm era comunista; Bunge ya no: lo habían expulsado del partido por indisciplina. Bohm era un decidido opositor a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica y había desarrollado una alternativa realista, que, a decir verdad, no era una mera interpretación filosófica del formalismo de la teoría, sino una reformulación del propio formalismo: de hecho, una teoría distinta. Durante su estancia en San Pablo Bunge se convenció de las virtudes de la nueva teoría; con el pasar de los años, sin embargo, su fe en las ideas de Bohm se fue desvaneciendo.

SU OPCIÓN POR LA FILOSOFÍA. Al regresar de su estancia en San Pablo, empezó a dedicarle más tiempo a la filosofía que a la ciencia, especialmente a los fundamentos de la física cuántica. Aunque tras la caída del peronismo había conseguido sendos puestos de profesor titular de física tanto en la Uba como en La Plata, a partir de 1958 se dedicó exclusivamente a la filosofía. Enseñó filosofía en la Uba hasta 1962, cuando partió rumbo a un exilio del que ya no volvería, salvo de forma esporádica y por cortos períodos. En 1966 se radicó en Canadá, donde enseñó en la Universidad McGill de Montreal, una de las más antiguas del país, a la que siguió vinculado, incluso después de su jubilación, hasta el día de su muerte.

Bunge se ocupó sistemáticamente durante toda o casi toda su vida intelectual de una serie de problemas que orbitan en torno a una cuestión fundamental: qué es la ciencia, qué caracteriza a esa actividad humana, qué la hace particular, esto es, qué la distingue de otras actividades propias de los seres humanos, como contar cuentos. No es el momento ni el lugar para ensayar un balance crítico de sus esfuerzos positivos destinados a echar luz sobre esa cuestión. Ahí está el principal fruto de su trabajo, el monumental Treatise on Basic Philosophy, ocho volúmenes publicados entre 1974 y 1989, una obra enciclopédica abocada al estudio de la semántica, la ontología, la epistemología, la filosofía de la ciencia y la ética. Pero hay otra cara de la obra de Bunge que no tiene que ver con sus esfuerzos constructivos, sino con su actividad crítica. Y es necesario señalar que rara vez –quizás, de hecho, nunca– Bunge se esforzaba realmente por entender el pensamiento de los autores que despreciaba. Esto hace que la parte crítica de su obra sea, desgraciadamente, menos valiosa que la parte propositiva, porque impacta muchas veces sobre malas caricaturas, sobre hombres de paja.

Sus diatribas contra Husserl, Heidegger, Sartre, Wittgenstein, Foucault y Derrida, por nombrar sólo a algunos de sus blancos preferidos, seguramente se olvidarán mucho más rápido que sus esfuerzos constructivos, no porque esos autores no merezcan una crítica, incluso una crítica impiadosa, sino porque la falta de piedad no debe confundirse con la falta de comprensión, ni mucho menos con la falta de voluntad de comprensión, un error en el que muchas veces Bunge incidió.

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