Usos de la laicidad

Terminantemente prohibido.

Foto: Mauricio Zina

Como aspecto central del proceso de separación del Estado de la Iglesia y, por extensión, de cualquier orden dogmático, la laicidad educativa ha sido siempre un concepto maleable, objeto de polémicas y disputas. En determinadas circunstancias estas disputas cobran más fuerza, y según su resolución pueden dar lugar a nuevos arreglos normativos o reforzar ciertas interpretaciones. Algo así sucede en la actualidad.

Durante la pasada campaña electoral, el diputado nacionalista Pablo Abdala denunció ante la Justicia unos carteles contra la reforma Vivir sin Miedo colocados por estudiantes en sus liceos, perfilando una idea de la laicidad como un principio que entra en conflicto con la libertad de expresión de los colectivos gremiales. Unos años antes, la Facultad de Ciencias Sociales recibió esos ataques por exhibir carteles durante la campaña por la despenalización del aborto. En nombre de la laicidad, las derechas cristianas vienen combatiendo desde hace tiempo la educación sexual y la perspectiva de género (la ya famosa ideología de género).1

En este contexto, el capítulo sobre educación del acuerdo multicolor de cara al balotaje contenía un aviso: “Asegurar la efectiva vigencia del principio de laicidad en la educación pública”. La laicidad era, para la derecha, un principio que no se estaba respetando. No es de extrañar entonces que, a poco de asumir, el mensaje haya sido que se acabó el recreo: el 13 de mayo un diputado de Cabildo Abierto denunció en nombre de la laicidad una viñeta de un cuaderno escolar;2 el 20 de mayo una resolución del Codicen prohibió la colocación de carteles contra la Luc, y un mes después el Consejo de Educación Secundaria (Ces) llegó al extremo de prohibir el uso de un tapabocas de Fenapes con la leyenda “#educarNoLUCrar”.

El ministro Pablo da Silveira se puso al hombro la defensa de la resolución del Ces, publicando en su cuenta de Twitter una peculiar definición de la laicidad: “Un docente está en situación de superioridad psicológica, funcional y simbólica respecto de sus alumnos. Por eso debe autolimitarse en lo que dice y en lo que hace. Cuando ese ejercicio de responsabilidad profesional se aplica a las ideas y opiniones, lo llamamos ‘laicidad’”. Es reveladora la definición por la negativa, como ejercicio de “autolimitación”. Es la posición conservadora, para la que el ejercicio de la laicidad requiere la evasión de los temas que le incomodan. Desde una mirada pedagógica, es un camino muy pobre que sólo puede llevar a censurar: hace un mes unos carteles, hoy los tapabocas, mañana el pegotín de un termo.

La preocupación de fondo es que la educación se politice. Es que, al menos discursivamente, la derecha tiene una pésima opinión de la política. La política no tiene nada que ver con las formas de organizar la polis (para eso están la gestión y el mercado), sino con un proselitismo dogmático y oportunista. “No estamos haciendo política; estamos gobernando”, dijo el presidente días después de haber asumido.3 Desde esta perspectiva, la política es un agente contaminante, subjetivo y adoctrinador, que afecta el funcionamiento neutro y objetivo de las cosas, del mismo modo en que la ideología de género altera los roles y relaciones “naturales” entre el hombre y la mujer. En este caso, al desalentar –mediante una prohibición terminante– la discusión de un tema de indudable interés general, se niega uno de los cometidos de la educación pública: la construcción de ciudadanía a partir de involucrar a las personas en la discusión de los temas públicos.

Por lo demás, el tuit de Da Silveira plantea un giro significativo. La laicidad deja de ser un asunto filosófico y político, cuyos contenidos se dirimen en el debate público, y pasa a ser un asunto psicológico e individual celosamente vigilado, en el que lo deseable, para evitar males mayores, es la autocensura. Esta reducción de lo filosófico, lo político y lo social a la órbita de lo psicológico, lo motivacional y lo individual es una de las operaciones estrella del neoliberalismo.

Desde una visión opuesta, lejos de verse afectada, la laicidad se verifica con la expresión de la diferencia. Como pensaba Reina Reyes: “El hombre puede afirmar su libertad de pensamiento al margen de una relación social, pero es necesario que esté vinculado con otro que discrepe con su pensamiento para evidenciar su actitud laica”.4 Así, la laicidad es una potencia pedagógica para, en un marco de pluralidad, libertad y respeto, abordar cualquier tema contrastando argumentos y datos, visualizando corrientes de pensamiento y factores contextuales, poniéndonos en el lugar de quien piensa diferente, revisando las ideas previas, aprendiendo a escuchar y a argumentar. La prohibición es una respuesta burocrática que clausura esa posibilidad al supeditar la lógica pedagógica a una lógica policial. El golpe de autoridad y el acatamiento son gestos propios de una razón dogmática, contraria a la esencia de la laicidad.

La resolución del Ces refleja una concepción sobre cómo se lidia con los conflictos. En las instituciones educativas el conflicto es inevitable, y es además la materia con la que trabajar. La censura es un mensaje muy elocuente, y va más allá de su objeto ocasional (el tapabocas), porque instaura un clima de vigilancia, miedo y autocensura. Educar para la democracia es indisociable de educar en democracia. Da Silveira apela además a una idea del estudiante como víctima potencial, alguien pasivo e ingenuo bajo amenaza permanente de ser “adoctrinado”. La contracara es un docente bajo sospecha permanente de ser adoctrinador. Conviene revisar los antecedentes de esta idea en nuestra historia reciente.5

Visiones como esta son parte de una estrategia utilizada por varias derechas occidentales en la última década. Parten del supuesto de que la izquierda, tras fracasar en su proyecto de dominación mundial a través de la expansión del socialismo, optó por una estrategia de dominación blanda, infiltrándose en el arte, la educación y los discursos, de modo de construir una hegemonía cultural, que ahora detenta. Cambió a Marx por Gramsci, y conquistó la cultura y el sentido común. Si antes quería imponer el comunismo a través de la revolución, ahora quiere adoctrinar a los niños en la educación, para corromperlos con ideas subversivas y prácticas antinaturales. Esto da lugar a un clima de pánico moral según el que la izquierda, los feminismos y los movimientos de la diversidad sexual son un virus del que hay que protegerse. Esa protección, cuando se trata de educación, se llama laicidad. En la práctica, laicidad significa erradicación de las ideas de izquierda.

Por supuesto que esta hegemonía cultural de la izquierda es una ficción. Basta mirar el mapa político de América Latina en los últimos años, atravesado por una restauración neoliberal y conservadora. De hecho, esta internacional reaccionaria tiene una fuerte presencia de movimientos conservadores abocados a expulsar el virus del marxismo cultural de la educación. En Brasil, el movimiento Escola sem Partido fue uno de los precursores de la candidatura de Bolsonaro. En Argentina, el politólogo y youtuber Agustín Laje se volvió un referente del pensamiento antizquierdista entre los jóvenes. En Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia, el movimiento Con mis Hijos No te Metas es un grupo de presión con incidencia en las políticas educativas, al que está vinculado, por ejemplo, la dictadora Jeanine Áñez. En Uruguay, las ramas conservadoras de la Iglesia evangélica y el discurso de lo políticamente incorrecto comandaron la cruzada contra la ideología de género en la educación, llegando al Parlamento a través del Partido Nacional y encontrando una afinidad inmediata con la ideología militar de Cabildo Abierto. Es claro que la manipulación de la laicidad es un componente central de la reacción conservadora.

La historia de la laicidad es la de la victoria del orden secular sobre el religioso en el dominio de la esfera pública. Pero en modo alguno se trata de una victoria definitiva. Contra los conservadurismos de hoy, es necesario insistir en que expresar posturas políticas en un marco de libertad y respeto no implica violar la laicidad, sino fortalecerla y ampliarla. Sobre todo es necesario insistir en su condición fermental para el pensamiento antidogmático, contra sus usos para la censura, el disciplinamiento y la ilusión de neutralidad.

1.   Véase nota de Aníbal Corti “Con mis hijos no te metas”, Brecha, 9-III-18.

2.   Que el diputado no haya comprendido el significado de la viñeta es anecdótico. Lo que interesa advertir es el foco vigilante puesto en revisar los cuadernos de texto escolares como un asunto prioritario, aun en tiempos de pandemia.

3.   Si se lo piensa detenidamente, es insólito que un presidente crea que gobernar no tiene nada que ver con la política.

4.   Reina Reyes, El derecho a educar y el derecho a la educación. Disponible en: http://anaforas.fic.edu.uy/.

5.  Véase Réplica de un maestro agredido, de Miguel Soler (Trilce, 2005).

Artículos relacionados