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Vampiros en el kindergarten

El vampiro llegó al kindergarten. Corrió la suerte que le cupo a aquel pobre fantasma de Canterville de Oscar Wilde, al que le birlaron toda su capacidad de asustar y lo convirtieron en una patética e inútil sombra de sí mismo.

¿La culpa la tuvo Coppola, Francis Ford? Al fin y al cabo le acordó al Drácula interpretado por Gary Oldman en 1992, un Drácula razonablemente perverso y lujurioso, un trasfondo de amor perdido que, pese a todas las maldades del vampiro, le daba cierta aura trágica. El creado por Bran Stoker en 1897, el verdadero, el construido con palabras, el del libro, era un ser compactamente maligno al que había que destruir por el bien de la humanidad. Punto.

Quién sabe. El asunto es que cuando se abre una puerta, aun tímidamente, se escapan por ahí los aires que se quería hacer fluir, y los otros, los que no se tenían en cuenta. (Así aseguran que proceden las almas del más allá los adeptos a sesiones espiritistas.) Pero la puerta entornada que sibilinamente empezó la humanización de los vampiros ...

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