Variantes de catalán – Brecha digital

Variantes de catalán

“Sólo catalán, no español”.

Según los datos disponibles en la web del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, casi uno de cada cuatro catalanes se identificaba el pasado mes de junio como “sólo catalán, no español” (“Només català/ana”, 22,8 por ciento de los encuestados, Baròmetre d’Opinió Política, Reo 857). En 1984 el porcentaje era del 8,5 por ciento. En aquellas fechas el redactor de las presentes líneas estaba enfrascado en la elaboración de su tesis doctoral en la Universidad de Edimburgo, la cual versaba sobre una comparación entre Escocia y Cataluña respecto del nacionalismo y la descentralización en Reino Unido y España.

La contribución más referenciada de aquella investigación ha sido la que, tiempo después y en el mundo académico anglosajón, se acuñó como “the Moreno question”. Se trataba de una pregunta estándar que ha sido empleada en distintas encuestas, lo que permite comparar su variación entre diferentes territorios y fechas: “¿Diría usted que se siente sólo (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etcétera); más (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etcétera) que español; tan (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etcétera) como español; más español que (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etcétera); o sólo español?”

En síntesis, la pregunta indagaba sobre el grado de compatibilidad y dualidad en el modo de identificación de los ciudadanos en sus ámbitos estatal y subestatal. Un mayor grado de “identidad dual” reflejaría un solapamiento de las afinidades identitarias entre lo general y lo particular. En consonancia con ello, el ordenamiento jurídico y de gobierno se legitimaría con la convivencia democrática de instituciones de gobierno estatales y subestatales, o de la administración central de Estado y de la administración autonómica, como en el caso español.

Implícito en dicho marco analítico normativo se situaba el caso del secesionismo o la independencia política. Es decir, cuando una mayoría de ciudadanos de comunidades políticas, como Escocia o Cataluña, se identificase exclusivamente como “sólo” escocesa o catalana, las bases sociológicas de tal realidad avalarían la reivindicación política de la autodeterminación y la creación de un Estado propio. El silogismo era propio del “sentido común”, apelativo que dio nombre a una de las escuelas filosóficas de mayor impacto de la modernidad europea originada en la Ilustración escocesa del siglo XVIII.

Pero resulta que en el referéndum promovido por la Generalitat el 1 de octubre, y de acuerdo a los propios resultados facilitados por el gobierno catalán, los catalanes que en junio pasado no se consideraban españoles (un millón y cuarto) fueron insuficientes –de haber votado todos y al unísono– para alcanzar la cifra de 2 millones que dijeron Sí a la separación de Cataluña de España.

Sería reduccionista y pretencioso compendiar en una sola variable explicativa la razón que ha hecho triplicar el número de quienes se identifican como “sólo catalanes y no españoles” entre 1984 y 2017. Buena parte de las opiniones vertidas en los medios y redes sociales de los últimos días hacen hincapié en los fallos de los partidos del ámbito español. Éstos, en suma, no habrían sabido adecuarse a las aspiraciones de mayor autonomía de al menos el 45 por ciento de los ciudadanos que expresan un mayor grado de catalanidad (“sólo” o “más que español”).

Lo que los anteriores porcentajes y dígitos muestran prima facie es que el nacionalismo político catalán (ahora representado institucionalmente por Pdecat, Erc y Cup) ha sido muy eficaz a la hora de sumar nuevos valedores de la independencia y aprovechar la “ventana de oportunidad” que ha supuesto la gran recesión desatada en 2007-2008. No pocos de los frustrados perdedores en la crisis económica han optado por alternativas populistas en otros países europeos, apoyando a sus inefables líderes políticos (Marine Le Pen, Geert Wilders o Nigel Farage, ¿se acuerdan ustedes de este último?). En el principado, algunos de ellos (¿cuántos?) sí han optado por el somni de una Cataluña independiente y, desde luego, más rica (“Espanya ens roba”, ¿vuelven a acordarse?). La acción coordinada de los partidos nacionalistas con entidades movilizadas de la sociedad civil catalana, como la Anc o el Òmnium Cultural, ha resultado en una narrativa ilusionante, la cual ha minado la legitimidad del remedo federalizante del Estado de las autonomías.

Su acción ha percutido una y otra vez en la debilidad de liderazgo político de los partidos del ámbito español, los cuales han mostrado recurrentemente su incapacidad de conformar lo que era incipiente y embrionario en la Constitución de 1978: España como Estado federal. Sin ambages. Valga como ilustración de tal impotencia la existencia de un Senado amorfo que no actúa como la debida cámara territorial de un sistema federal donde todos sus componentes debaten y eventualmente acuerdan las grandes cuestiones del Estado y de la acción del gobierno.

MÁS CATALÁN QUE ESPAÑOL. De los 2 millones de ciudadanos censados en el principado que habrían votado Sí a la secesión el 1 de octubre, según la Generalitat, el número de un millón y cuarto de catalanes “exclusivos” se hubiera quedado corto. ¿De dónde habrían procedido, entonces, los 800 mil votos de diferencia que conformaron el 90 por ciento del Sí el 1 de octubre (36,6 por ciento del último censo electoral en Cataluña)? Pese a mantener una implícita identidad española –pero menor, por comparación–, parece plausible buscar en el 21,5 por ciento de los ciudadanos més catalans que espanyols.

Cabría preguntarse por qué solamente 800 mil de los “más catalanes que españoles” habrían apoyado la independencia el 1 de octubre y no todos los 1,2 millones que en junio pasado se autoidentificaban de esa manera. Parece de “sentido común” que no todos ellos hubieran tenido el mismo grado de compromiso y militancia pro-independentista de los “sólo catalanes”. Pero quizá muchos de ellos podrían haber alcanzado un grado de motivación por la gran recesión desatada en 2007-2008. No pocos de los frustrados perdedores en la crisis económica habrían optado por una alternativa antisistémica que en otros países europeos han promovidos los movimientos y partidos populistas. Tales alternativas han sido de carácter material y han estado generadas, en no pocos casos, por una aprehensión negativa de sus expectativas laborales y ascenso social. Una percepción que los “viejos” partidos no han sabido contrarrestar.

Lo simbólico, y no sólo lo material, ha contado también en el comportamiento de los votantes catalanes. Como bien me ha hecho observar mi colega Ángel Belzunegui, la movilización nacionalista en el terreno de lo simbólico, lo épico y lo estético ha sido eficaz. Sobre todo desde que Mariano Rajoy le dio un portazo al president Artur Mas en setiembre de 2012, ante el intento de este último de alcanzar un pacto fiscal que permitiese una mejor financiación autonómica en Cataluña, y que aproximase el nivel de los dineros públicos al que disponen las comunidades forales vasca y navarra.

¿Qué tesis populista de las que se ofrecen en el Viejo Continente podría batir la narrativa ilusionante de construir algo inédito y proactivo, como sería un nuevo Estado? Y además más rico que la España atrasada y parásita. Tal aspiración nacional-populista se ha enlazado, asimismo, con viejas reivindicaciones de sectores que pudieran no ser “cien por cien” nacionalistas, pero andaban de la mano de la reivindicación secesionista. Ello explicaría la constante referencia a la construcción de la nueva república catalana.

En el terreno simbólico, el Estado español opone a los símbolos independentistas algunos como una monarquía secuela del franquismo (aunque sea plenamente constitucional, parlamentaria y democrática) y la bandera española (de aquellos que ganaron la guerra civil).

TAN CATALÁN COMO ESPAÑOL. La autoidentificación “tan catalán como español” es la mayoritaria en el principado. En los últimos 40 años ha variado entre el 40 y el 50 por ciento. Según el Centre d’Estudis d’Opinió, eran 39,2 por ciento los encuestados que declararon una identidad compartida entre lo catalán y lo español (Reo 857, junio 2017). Ante la expectativa de una declaración unilateral de independencia (Dui) por parte del govern de la Generalitat, es precisamente este grupo el que confrontaría un mayor desgarro social y político.

La evidencia que muestran estudios e investigaciones apunta a que un buen número de quienes se consideran tan catalanes como españoles son gentes procedentes de otros lugares de España. Son andaluces, murcianos, aragoneses o extremeños, pongamos por caso, o sus hijos, nietos y parientes, que se establecieron en Cataluña durante el pasado siglo buscando un horizonte de prosperidad económica ausente en sus regiones de procedencia. Ellos han mantenido lazos afectivos e identitarios con el conjunto de España. Algunos, en menor número, pasaron a engrosar las filas de quienes se han declarado “más catalanes que españoles”, e incluso sólo catalanes. Basta ver algunos de los apellidos de los voceros nacionalistas más entregados a la causa secesionista para comprobarlo.

Es ahora cuando se hacen patentes las visiones supremacistas de aquellos “auténticos” catalanes que consideran a los inmigrantes españoles en Cataluña casi como Gastarbeiter, apelativo con el que los alemanes denominaban a los trabajadores europeos “invitados” que acudieron al llamado de las autoridades germanas como mano de obra disponible para contribuir al desarrollo del “milagro alemán” durante los años 1950 y 1960.

Los catalanes con niveles más altos de instrucción formal han mostrado una mayor querencia hacia la identidad catalana (“sólo catalán” o “más catalán que español”). Por contraste, los ciudadanos con un menor nivel de educación, los trabajadores de baja calificación y los asalariados precarios se han mostrado más proclives a autoidentificarse en las escalas de la identidad española de la Moreno question.

Los catalanes que comparten por igual sus identidades catalana y española forman un conjunto dentro de la sociedad catalana que es mayor en número (2,2 millones) a la de aquellos que votaron Sí a la separación el pasado 1 de octubre, según los datos de la Generalitat (2 millones). Más allá de su significación numérica, su relevancia es la de ser un grupo social heterogéneo y representativo de una reivindicación por el diálogo y la coexistencia pacífica en Cataluña.

Permítame el lector unas postreras reflexiones de carácter más general para concluir. La mala integración interna ha sido el problema más persistente en la historia contemporánea de España. Los intentos por superar tal conflicto se han hecho repetidamente mediante la imposición de “trágalas” centralizadores asociados a golpes de Estado, fórmulas caudillistas y ausencias de libertades democráticas. El centralismo español ha sido secularmente débil por su incapacidad de aunar voluntades, y violento por la fuerza bruta empleada para imponer su voluntad. El cantonalismo y la disgregación territorial han sido alternativas radicales a los programas de homogeneización centralizadora.

El afán durante los dos últimos siglos por modelar una España unitaria, construida de acuerdo a un modelo vertical y jerarquizado del “ordeno-y-mando”, conllevaba siempre el germen de la rotura y el desencuentro. En realidad, tal visión idealizada del espíritu nacional español ha provocado en diversas ocasiones la reacción del particularismo regional, la desunión y el conflicto entre los pueblos de España. Ambas posiciones se han alimentado mutuamente en una espiral de incomprensión, frustración y sufrimiento.

Del empeño por adecuar la España autonómica a un auténtico Estado federal depende la resolución de órdago entre separadores y separatistas. El reto sigue siendo el de articular unidad y diversidad mediante un pacto político legítimo que a todos obligue.

 

*              Profesor de investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos, en Madrid. Este texto fue publicado originalmente como tres columnas separadas: “Catalán, no español”, “Más catalán que español 2” y “Tan catalán como español 3”. Brecha reproduce fragmentos con la autorización del autor

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