Venezuela delenda est - Semanario Brecha
La libertad del mundo antiguo y la dialéctica del amo y el esclavo

Venezuela delenda est

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Antes de que la categoría «libertad moderna» se afincara en el mundo académico y luego se transformara en el gran concepto de la derecha liberal contemporánea, existía otra poderosa idea de libertad. Era la libertad de la autodeterminación y del autogobierno de un pueblo, no de meros individuos. Era la libertad del mundo antiguo. La de la participación en el mundo de la polis y la de una vida digna de humanos, a salvo de la esclavitud y el despotismo.

La reconversión de los términos «libertad» y «democracia» es una operación especialmente sofisticada que se ha llevado adelante por parte de países del capitalismo central, con poca o débil resistencia académica, pero sobre todo política. La libertad que los antiguos habían aprendido de la institución de la esclavitud la reformularon los modernos y la desaprendieron los contemporáneos. Hoy, la libertad en boca de Javier Milei es la ley del más fuerte. O más bien la de un mundo sin ley. La política es el invento social más maravilloso de la historia. Y aparece y desaparece en ella para recordarnos que un mundo con reglas y a salvo de la fuerza es necesario y posible.

Lo que repugna de la operación de Estados Unidos en Venezuela (y el odio contra «el régimen» apenas logra sofocar ese sentimiento) es advertir la sencillez con que se instala nuevamente en el orden internacional la dialéctica del amo y el esclavo, la impunidad de la violencia, la glorificación del grande que es más valorado cuanto más duro sea con el pequeño y, especialmente, con los que lo resisten. La lección es ejemplarizante para el resto de América Latina. Y lo que pasó no es sino el corolario de una extensa cronología de aislamiento político y bloqueo económico que empezó hace ya un par de décadas, cuando el gobierno de Hugo Chávez se fortaleció con la instalación de una Constituyente que le permitió afianzar poder.

Nos lamentamos del fin del consenso de la posguerra, pero el lamento olvida que en ese consenso pesaba el bloque de los países socialistas porque es el equilibrio de poder lo que habilita algún consenso. El derrumbe de las izquierdas –ideológico, económico, político– fue parte de un proceso de largo aliento, aunque en América Latina se redefinieron después del colapso del socialismo real y se consolidaron en pleno siglo XXI. Hoy ni Rusia ni China representan aquel pasado, pero siguen siendo un contrapeso a la hegemonía. Y es por eso por lo que Make America Great Again implica «volver a ser un país respetado, tal vez, como nunca antes», como se ocupó de señalar Donald Trump en su conferencia de prensa.

Aunque las relaciones internacionales están militarizadas hace mucho tiempo (la hegemonía tiene el ejército, no la economía, más grande del mundo), hay algo del orden de la convicción, de los derechos, de los compromisos que se hace añicos. La lógica de la convicción de la hegemonía sobre sus colonias, que tanto trabajo le ha dado, parecería que ha sido dejada de lado. Y la gente se indigna. Se indigna con el «niño mimado» de Israel por lo de Gaza. Y se indigna con Estados Unidos por lo de Venezuela. Ambas intervenciones causan temor, pero no aceptación. Y si bien –diría Maquiavelo– el príncipe lo es porque le temen y no porque lo amen, ser odiado no es bueno. Vaya si lo sabe Rusia. Vaya si lo sabe Venezuela.

Aquí la denuncia del carácter antidemocrático de Venezuela debe ser entendida como un dispositivo del hegemón que funcionó antes y no ahora. No se la intervino por ser antidemocrática, sino por ser acusada de narcoestado, algo que valdrá más tarde para Colombia y para otros. El discurso de la democracia sirvió para desacreditar regímenes, pero ya no es la excusa principal. Toda intervención requiere un significante vacío que se puede llenar con muchas cosas, quizá porque los seres humanos aún necesitamos palabras, justificaciones, algo que tranquilice la conciencia del animal político que nunca podremos dejar de ser. Así, en nombre de la democracia o del narcotráfico o de las armas de destrucción masiva, lo primero que se hace es aislar a un país, después asfixiarlo económicamente y, por último, desprestigiarlo. Cuando cae, nadie lamentará su suerte. Es una buena noticia, dijo Julio María Sanguinetti sin pensárselo dos veces.

Es aquí y solo aquí, finalmente, cuando entra el tema del petróleo. «Durante mucho tiempo el negocio petrolero en Venezuela ha sido un fiasco, un fracaso total», dijo Trump, y le faltó añadir «manejado por estos salvajes». Pero ¿cómo manejar la economía del petróleo con el brutal bloqueo interno y la desinversión que atenaza desde fuera cualquier capacidad de desarrollo? Así, también, se justificaba la intervención en África: era un continente demasiado rico y hermoso para que lo poblaran… los africanos.

La humillación no puede ser más grande, y de eso se trata. Estados Unidos no es grande apenas por sus armas o su lengua o su moneda. Lo es porque ha creado el aparato comunicacional más maravilloso, sofisticado y extensivo del mundo. Trump comienza diciendo que «lo vio todo como en televisión» porque secuestrar a un presidente es una humillación perfecta y total; obligar al gobierno de Venezuela a entregarle una cuota de petróleo permanente no es apenas un impuesto mafioso: es el impuesto que Roma le exigía a sus colonias. Si no le hacen frente, quizá, quién sabe, las dejará vivir con sus propias leyes. Pero si se le oponen, como Cartago, deberán ser destruidas. «Cartago delenda est», profería Catón para reclamar la destrucción de Cartago. No su sometimiento, sino su destrucción total y absoluta.

Hoy estamos defendiendo la política, su débil estatuto para intervenir en el mundo de las relaciones internacionales. Pero nosotros, acá en América del Sur, en el «patio trasero», debemos estar especialmente advertidos. Nuestras generaciones han crecido viendo las intervenciones de Estados Unidos en la región, pero las nuevas generaciones reaccionan con toda la indignación esperable ante Gaza, ante Venezuela, porque van aprendiendo algo elemental desde el punto de vista de la izquierda, en este campo de disputa, y es el grado de autonomía que se debe reclamar con relación a la dependencia de las potencias centrales. Se llama colonialismo, y no otra cosa. Y por eso la consigna aquí fue libertad o muerte. Una libertad antigua, una libertad que solo las colonias pueden reivindicar.

Aquí, para nosotros, hay alguna lección más que aprender que no es la pretensión de caminar en puntillas y no llamar la atención de nadie. A cualquier gobierno que le importe tener algún grado de autonomía en el manejo de su destino –y esta era la razón por la que los viejos nacionalismos populares en América Latina fueron combatidos a sangre y fuego– se le aconseja mirar cada decisión con lupa. Cada decisión que recorte nuestro grado de libertad como país nos acerca más a la esclavitud. Nos vuelve cada vez más rehenes del hegemón. Y ese es un precio demasiado caro para tener una clase alta contenta y satisfecha. En estos tiempos se requiere sabiduría y visión de largo plazo. No comprar espejitos de colores, nunca. Pero tomar partido, siempre. De ser posible, estar del lado de tus iguales. No es tan difícil.

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