Verdades, mentiras y modales – Brecha digital

Verdades, mentiras y modales

Dada a conocer en un muy lejano 1666, la obra “El misántropo” mantiene una asombrosa vigencia nacida de la contundencia que Molière le da a su personaje central.

Teatro Solís, domingo 12.

Tan absoluto en su esencia como el Harpagón de El avaro, el Tartufo del título homónimo o el burgués empeñado en ser apreciado como gentilhombre, el Alceste de El misántropo vive en pie de guerra con casi todo el mundo, incluida la mujer que ama y él cree que lo engaña. Dada a conocer en un muy lejano 1666, la obra mantiene una asombrosa vigencia nacida de la contundencia que Molière le dispensa al diseño de un personaje central al que decidió no suavizar en ningún aspecto. Así, éste lanza las opiniones y juicios más negativos y despiadados en un mundo donde reinan las apariencias y la hipocresía. Alceste es intolerante hasta extremos tales que lo llevan a aceptar el final de un pleito que puede perjudicarlo, si tal conclusión le sirve para continuar sosteniendo cuán errados pueden llegar a ser algunos dictámenes de sus contemporáneos. Empeñado en decir la verdad sin considerar si el momento para hacerlo es el conveniente, este misántropo vive enfurecido y mortificado en medio de la falsedad de quienes lo rodean. Con extrema sabiduría, Molière, profundo conocedor de la naturaleza humana, agudo crítico y moralista a ultranza, se guarda empero muy bien de convertir al protagonista en una figura heroica o en un vocero inmaculado de la sinceridad. Alceste no entiende que a veces es necesario aguardar la ocasión oportuna para decir lo que piensa, de modo de poder construir algo positivo sin tener que llegar a la destrucción total de horizontes que quizás merezcan más reparos que andanadas. La mayor parte de las reacciones del misántropo nacen sin duda de la claridad con que divisa los errores y defectos de los demás, aunque disfracen lo que dicen y hacen con los modales más pulidos, modales que, por cierto, él no tiene ni quiere tener, determinación que de alguna manera lo convierte en eterno solitario o, por lo menos, en todo un renegado de la sociedad. Al espectador, pensaría Molière, le corresponde estudiar a unos y otros y hallar de pronto el término que ayude a que triunfe la verdad en un mundo de auténtica convivencia.

Mérito del autor es el saber apostar al poder de lo que se dice a lo largo de un texto en que, como señalan los maestros, la palabra misma, si hace pensar a la platea, se torna acción, una acción más avasallante que la que traen las escenas de gran espectáculo y efectos especiales. Tal lo que parece asimismo entender la dirección de Daniel Spinno Lara, confiada a la nitidez de las entradas y salidas de una decena de personajes en un despojado escenario sobre el que únicamente se disponen, como diría Molière, seis “comodidades de la conversación”, o sea seis sillas. Y allí tienen lugar los combates, desparejos ellos, ya que todos se caracterizan por contar con Alceste contra uno, contra varios o contra todos. Las tintas del absolutismo del misántropo se cargan en la voz, las miradas, los desplantes y los movimientos de un Gabriel Hermano que consigue corajuda identificación con esta silueta tan crítica como criticable. Convencido de la duplicidad de visión que provoca Alceste en la platea, Spinno Lara la hace extensiva a la figura de Celimena, su enamorada, que Jimena Pérez lleva adelante con una adecuada combinación de discreción y un espíritu femenino capaz de albergar dudas que echan por tierra las mejores intenciones. Como logrados paladines de un horizonte de afectación y de insinceridad se erigen las distintas intervenciones de Juan Antonio Saraví y Luis Martínez, pretendientes ambos de Celimena, a quienes se agrega el más compuesto pero no menos vergonzante Oronte encomendado a Mario Ferreira, y la sinuosa Andrea Davidovics, una Arsinoe lista para salirse con la suya cueste lo que cueste. Intervenciones mejor intencionadas se reservan para Fernado Dianesi como el amigo Filinto, y Alejandra Wolff en el papel de la prima de Celimena, todos ellos en la justa medida que la intención y la dicción imponen a las diferentes caracterizaciones de esta concentrada puesta de la Comedia Nacional. El único lujo radica en el vestuario de Cristina T Cruzado, que transporta al espectador a un pasado cuyas malas costumbres –ésta, claro, es una comedia de costumbres– todavía andan en ronda.

Teatro Solís, domingo 12.

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