Un viaje a la poesía – Brecha digital

Un viaje a la poesía

Teresa Amy vino al mundo en Montevideo el 15 de octubre de 1950. Su vida fue un viaje hecho de letras, palabras, versos. Detuvo su viaje, por voluntad propia, el 30 de enero de 2017 en su ciudad natal. Sobran las señales de su pasión por las letras, pero ante todo y sobre todo, y también junto a todo, Teresa fue poeta.

Foto: Fernando González

Teresa Amy vino al mundo en Montevideo el 15 de octubre de 1950. Su vida fue un viaje hecho de letras, palabras, versos. Detuvo su viaje, por voluntad propia, el 30 de enero de 2017 en su ciudad natal. Fue profesora de idiomas (español y francés), pero trabajó también con otras formas del lenguaje, como en su función de correctora de la Cámara de Senadores. En los años noventa utilizó el espacio de un año sabático para estudiar checo en la Universidad Karlova, de Praga. Fue traductora de poesía. A esta altura es célebre su traducción del checo Jan Skácel, aparecida en México en 2002 (La más larga de las noches, en colaboración con Alfredo Infanzón, editorial Ácrono) y enriquecida después por una historia personal de esa misma traducción (Un huésped en casa, memorias de una traducción, Yaugurú, Montevideo, 2013). En 2003 la misma casa mexicana editó su traducción de Lamento por Belgrado, del poeta serbio Milos Černianski, realizada en colaboración con Lazar Manojlović.

Tradujo también poetas de Macedonia, como Vlada Urošević (Salón de la luna), Blaje Koneski (de quien versionó sus poemas sobre Marko Krale) y una selección de una veintena de autores (aún inédita) titulada Sobre el hilo que se llama tiempo. En cuanto a su traducción de la antología 20 del XX: Poetas checos, lista y entregada a las ediciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León desde 2013, me informan ahora desde Monterrey que justamente su libro está entrando a prensa en estos días de febrero de 2017, cuando la autora ya no podrá conocerlo. Desencuentros como ese también constituyeron el viaje existencial de Teresa.

Sobran las señales de su pasión por las letras. Por ejemplo, en el libro que dedicó a su misma traducción de Jan Skácel, Teresa habla de su amor por el lenguaje y sus signos, y cuenta que aprovechó el ocio provocado por cierta enfermedad para aprender la caligrafía árabe. Pero ante todo y sobre todo, y también junto a todo, Teresa fue poeta. No existe prueba más definitiva de que la suya fue una vida interrogada por el verbo y su enigma.

Teresa, siempre discreta, fue realizando sin prisa, en su casa del Prado y después en su departamento de la calle Ciudadela, una obra poética sólida, integrada hasta ahora, mientras todos esperamos poemas póstumos, por los siguientes títulos: Corazón de roble (Vintén editor, 1995), Retratos del merodeador y otros poemas (Vintén editor, 1999), Cuaderno de las islas (Ediciones del Mirador, 2003), Cortejo mínimo (Artefato, 2005), Jade (Yaugurú, 2011, premio anual del Mec), Brilla: 20 poemas para Marco (Yaugurú, 2014). Se trata de una obra publicada en la madurez, pensada y cohesiva, por eso mismo ineludible en la historia de la poesía nacional, y original en el sentido que, enfrentado a casi cualquiera de sus poemas, el lector reconoce inmediatamente la autoría. Hay un tono que es Teresa, hay una elegancia sólo suya, y que, pienso yo, se destina a cubrir por pudor la angustia que merodea en sus versos.

Frecuentemente la poeta recurre a una estética de tradición “soberbia”, que es también un “coro/ entre hilos dorados”, la luz de bordeaux, un posible poema judaico-portugués del siglo XVI, el barco donde las mujeres “rozan sus sedas en la borda” y beben vino chambré. Y esa estética prestigiosa, a veces paralizada, queda siempre acosada por el principio de la destrucción, o su inminencia, objeto de un “merodeo” alrededor del fin (o el fin del siglo, y la muerte) que se edifica sobre el reiterado cristal roto, los balcones vertiginosos, esos abismos, pretiles que atraviesan sus poemarios, como una tentación.

Teresa viajó mucho, desde siempre, muchas veces junto a su esposo, el también poeta Roberto López Belloso, periodista de este semanario, especializado en temas internacionales. Usaba poco el e-mail, pero doy testimonio de que sus amigos recibíamos, siempre de sorpresa, tarjetas postales que venían de sus lugares recurrentes: Europa central, los Balcanes, las islas del Egeo, Turquía.

Su poesía da cuenta de un ser que amó el mundo y sus objetos, pero no los acumuló (como en las residencias nerudianas, esas que sobreviven entre el museo y la metonimia inútil), sino que –hablamos de la poeta Teresa– convertía a esos objetos amados en palabras y, más exactamente, en poesía. Es admirable, en esta poeta, quien no era artista plástica, la capacidad de describir como en un flash la playa de una isla griega o el palacio sumergido de aquella cisterna estambulita de Justiniano, con su Medusa invertida para que al mirarla no nos paralice. Teresa contempla e imagina. Teresa y su mirada activa. Un prosaico traslado en ómnibus hacia su amada Estambul puede llevarnos a ver “como un animal plateado el ómnibus/ sobre la cinta gris (…) de la carretera e imaginar el vértigo de la muerte por atropellamiento.

Es que Teresa trabajaba la poesía obsesivamente, hasta llegar a la sonoridad y la forma que la satisficieran. Ella misma lo dice en la entrevista que le realizara el poeta Eduardo Nogareda en su programa El Truco de la Serpiente, de Emisora del Sur, el 18 de febrero de 2014. Habla de sus traducciones, pero todo lo que dice se aplica a su trabajo poético: “Yo trabajo las traducciones muchísimo, muchísimo…, las veo, las reveo, las peleo, las interrogo, me interpelan, estoy en un ir y venir con ellas, permanente, me acompañan, las hostigo”. Leyendo su poesía, ocurre lo que ella no dice en la entrevista: a saber, que los lectores no reconocemos, no “vemos” ese trabajo, como si el poema hubiera nacido exactamente como se nos presenta. Talento, se llama, y es un don.

Resulta imposible, efectivamente, no admirar su destreza con el idioma, las sabias interrupciones del flujo sintáctico, o la capacidad de crear una narración con una sucesión de grupos nominales, como en su poema “Inventario mediterráneo”, una economía de lenguaje sólo comparable al célebre “Le message” de Jacques Prévert. En Teresa el “día de jazmines” mediterráneos acaba en el “paso en falso que desata la ruina”.

Marosa di Giorgio, en el prefacio de Retratos del merodeador releva esas joyas en las que se detiene la mirada de Teresa, para agregar, hilando muy fino: “Mas tras ella, está el Insomnio; hay que mirarlo ahí, las alas tiesas, abiertas. Echando tenue sal, esa sal nacarada y fúnebre”. Estos días, desde que recibimos la noticia de su muerte, releo los poemas de Teresa y me doy cuenta de que nunca había reparado en la casi omnipresencia de la muerte en sus versos. O la había reparado distraídamente, como si la muerte fuera sólo una sombra fugaz recorriendo sus poemas. Ahora, cuando Teresa llegó a destino y se adueñó también de su muerte, cómo no sentir el peso del fin en poemas como este que casi cierra su libro de 1999 y que me permito compartir, entero, con el lector:

Tarde en la ciudad invernal

hoy no me consuela el zorro

detrás de la vidriera No me consuelan

sus rastros rojos en la nieve Hoy

no me consuela su pelambre Ayer vi

los zorros de ónix claro y pensé abrirme

con ellos la garganta para dejar correr

hasta mis pies hasta la nieve tibia

y consolarme Pensé abrigarme entre

la nieve roja con su pelo pero estaba

detrás de la vidriera con sus

ojos brillantes No me consuela atrapado con

sus ojos su pelambre

el zorro Así que

le di un golpe a la vidriera con los zorros

de ónix para abrirme con ellos la garganta

                                          / y dejar correr con

la pelambre entre la nieve tibia y roja tocar

los rastros rojos antes de que los borre

la tormenta y

rescatar al zorro de los ojos brillantes

para consolarme

Después de un reciente viaje al sudeste asiático, Teresa estaba escribiendo justamente un Cuaderno del Sudeste. Por otro lado, sus ediciones fueron todas como suelen ser las ediciones de poesía en Uruguay, artesanales, de tiradas pequeñas. Muy cuidadas, en su caso, pero a esta altura difíciles de ser encontradas en librerías. De manera que ahora, cuando del viaje de Teresa nos resta su literatura, la poesía que la explicó siempre, sería el momento oportuno para homenajearla con una reunión de sus poemas completos. Y que nos llegara de sorpresa a sus lectores, como las tarjetas postales que enviaba. Será su última, definitiva postal al corazón de roble de la poesía uruguaya.

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Más allá de las letras

Teresa Amy ingresó como funcionaria de la Cámara de Senadores en 1971, al regreso de su experiencia como brigadista voluntaria en el Chile de Allende. Su primera función fue en el despacho del senador socialista Vivian Trías. Destituida a raíz del golpe de Estado de 1973, Amy se afilió al Partido Comunista en la clandestinidad. En ese período hizo una pasantía en los Archivos Nacionales de Francia, fue traductora de francés para organismos internacionales y trabajó en el equipo de monseñor Luis del Castillo. Recuperada la democracia, fue repuesta en su cargo y, entre otras tareas, se desempeñó en la bancada de la lista 1001 y como responsable de la comisión que recopiló la obra del senador Enrique Rodríguez.

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