El viajero que no se cansa

Aunque representa un viraje en la obra de Ricardo Pascale (Montevideo, 1942), no debería sorprender esta apuesta por la inmaterialidad o por la levedad escultórica que plantea en esta instalación.1

Viento.

 El artista la venía anunciando desde hacía exactamente una década, cuando en la Alianza Francesa presentara, bajo el título de Ruido blanco, una instalación que además de sus nudosas y potentes esculturas en madera proponía un camino realizado con recortes de cortezas a ras del suelo, sinuoso lecho que vinculaba a las primeras e insinuaba una idea de movimiento. Al año siguiente, en el Museo Nacional de Artes Visuales, con Irreversibilidad, despojaba a las esculturas de todo aditamento y dejaba al descubierto sus estructuras internas –las obras de Pascale siempre son ensamblajes y no tallas directas–, ese trabajo ingenieril que las sostiene como un esqueleto de maderas perfectamente acopladas. Traslúcidas, ahítas de aire, las esculturas se iban desprendiendo de sustancia para dejar ver, para dejarse ver, más livianas e ideales. Con Ruido rojo, en la sala de la Fundación Unión, hace cinco años, se iba delicuescente por las ramas torneadas y limpias, ya apenas un remoto gesto o un recuerdo de sus primeras incursiones escultóricas, frontales y muy matéricas, en el taller del maestro Nelson Ramos. Así, puesta en la perspectiva de los años, esta “representación” del viento es por partes iguales metáfora, depuración formal y corolario. Impacta su recrudecimiento en lo frugal de la idea. Ahora es la estructura lo invisible, si se nos permite llamarle estructura a esas energías impalpables que mueven el aire. Pascale aprovecha el peculiar espacio del Museo Gurvich haciendo desfilar al espectador por un puente elevado desde donde puede contemplar esta imagen escultórica –site specific– constituida por un millar de pequeñas piezas o prismas de madera clara, suspendidos apenas unos milímetros sobre el suelo mediante un sencillo soporte que, desde la mirada cenital del puente, queda oculto. Así las maderitas parecen ir andando, sutiles, en legión serpenteante y capciosa. “¿Cómo dibujar un pampero? ¿Cómo pedirle a semejante modelo que se quede quieto para retratarlo?”, se pregunta con poética ironía Marco Maggi en el folleto de la exposición. Sumamos otra pregunta más prosaica: este viraje hacia la inmaterialidad –tan propia del arte contemporáneo– ¿supone un abandono radical de la escultura tradicional o del arte moderno en Pascale? En la maqueta vertical que también se exhibe en sala se aprecia un dejo cinético en el diseño de la instalación, como si se tratase de una extensión de las experimentaciones formales de un Hélio Oiticia o un Julio Le Parc. Todo está allí, simplificado, en un cuadro. Parece evidente, por tanto, que la instalación no desdeña la tradición del arte moderno, ni se aleja de las preo-cupaciones constantes del artista, siempre enfocado en registrar las dinámicas de la naturaleza: antes eran las formas vegetales, ahora se trata de ese “viajero que no se cansa, que se introduce en el espacio sin tregua y sin miedo”.

 1. Viento, en el Museo Gurvich.

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