Viene la primavera

Paro general parcial, junio 2020 Héctor Piastri

La vacunación avanza, en Uruguay, rápidamente. Más de un 45 por ciento de la población ya tiene las dos dosis, un 17 por ciento ya tiene hora para darse la segunda y casi un 7 por ciento está en espera para la primera. El ritmo de vacunación es superior a un 1 por ciento de la población por día. Es decir, en unas semanas vamos a tener inmunizado a un 70 por ciento de la población. Ya se está empezando a ver un desacople entre las curvas de muertes y de contagios.

La situación no es excelente: la efectividad de la vacuna no es óptima, la inmunidad no es permanente y la cobertura de la vacunación va a estar lejos de ser universal. Pero la realidad es que, aunque no vayamos a estar ante una situación ideal, la mala situación que acabo de describir es lo mejor que vamos a estar. No parece haber en el horizonte nada que se pueda hacer para mejorar sensiblemente la situación epidémica una vez vacunada una cantidad razonable de la población, salvo que aceptemos restricciones permanentes a la vida colectiva. Por eso, no podemos esperar el espejismo de un fin definitivo de la circulación del coronavirus y tendremos que volver a la vida normal conviviendo con él.

Esto no es una cuestión de optimismo, más bien, es una aceptación de una realidad bastante indeseable. Tampoco es un acercamiento a la postura negacionista. Si estamos en una situación no ideal es, en buena medida, porque en muchos lugares una alianza neoliberal-ultraderechista-negacionista dio al virus lugar para moverse y mutar. Su difusión de la paranoia con las vacunas, además, va a asegurar que tengamos que aceptar más muertes de las necesarias. Su juego a favor del virus ya creó una situación irreversible en el mediano plazo y hay que vivir con ella. Sin embargo, si bien no podemos descartar que las nuevas cepas nos hagan volver atrás, es razonable esperar que el avance de la vacunación haga que los próximos picos sean menos mortíferos que los anteriores.

Quiero decir, salvo que la famosa variable delta llene los CTI, en algún momento del próximo mes y pico va a ser fundamental volver a la ocupación plena del espacio público, a las actividades culturales y a las multitudes. Reclamar el retorno del derecho de reunión y ejercerlo. Que la multitud afirme su existencia y no se deje estigmatizar como infecta y pestilente.

La vacunación va a llevarnos a una situación que va a ser la mejor a la que podemos aspirar y, por lo tanto, en ese punto las restricciones tienen que levantarse. Porque de otro modo habría que aceptar que las restricciones sean permanentes y que se institucionalice definitivamente el uso de criterios sanitarios para regular desde el gobierno el derecho de reunión. Esto afectaría gravemente la democracia, la política popular y la vida social misma.

No sabemos cómo va a manejar el gobierno este tema. Claramente su actitud hasta ahora fue la de abrir lo más posible, lo más rápido posible, aun asumiendo el riesgo de la propagación de la epidemia. Pero tuvo siempre una predilección por las actividades económicas y comerciales, relegando las culturales y evitando levantar las restricciones al derecho de reunión. Las pocas multitudes que se encontraron en estos meses fueron atacadas por el oficialismo. Habrá que ver cómo va a encarar la apertura este gobierno, que se dice liberal, una vez que le agarró el gusto al control, especialmente teniendo en cuenta que su querida Ley de Urgente Consideración está, en buena medida, diseñada para reprimir la protesta. En Chile, otro gobierno liberal sigue manteniendo medidas restrictivas a pesar de que la curva de muertes está prácticamente chata hace meses gracias a las vacunas, pese a las violentas oscilaciones de la curva de casos. La explicación a estas restricciones probablemente sea más política que sanitaria, en el marco de un proceso constituyente forzado por las movilizaciones populares.

No se puede permitir que las restricciones sean permanentes. Estas son necesarias y razonables cuando los niveles de vacunación son bajos, pero al haber una cobertura razonable de la inmunización, las restricciones al encuentro de los cuerpos pierden sentido. Los estados de excepción deben ser excepcionales y durar un tiempo limitado. El retorno a la vida colectiva no puede ser una concesión del gobierno, sino un ejercicio de autodeterminación popular.

Todo indica que el virus va a seguir estando. Va a ser necesario aprender a ignorar la sobreinformación y entender que esto va a ser, a partir de ahora, parte de la vida de forma indefinida. Aunque quisiéramos que las muertes por covid fueran cero, eso no va a suceder. La discusión sobre el número aceptable de muertes es una obscenidad que solo puede ser respondida con arbitrariedades. Es una discusión que necesariamente va a parecerse, cada vez más, a la discusión sobre la cantidad de muertes aceptables por accidentes de tránsito o por diabetes. La respuesta es cero, pero la realidad marca que las acciones que se lleven adelante para evitarlas tendrán como objetivo estabilizar la variable en torno a un umbral considerado «normal», intentando bajarla con medidas que no desestabilicen demasiado la vida social. Las nuevas variantes del virus serán seguidas por nuevas vacunas, que probablemente nos tendremos que dar periódicamente, como la antitetánica o la de la gripe. Y seguramente sea razonable que incorporemos, en algunas ocasiones, el tapabocas como medida de cuidado y cortesía.

Quizás el objetivo covid cero fue posible en algún momento, pero ya no lo es. Por lo menos mientras las desigualdades globales y la propiedad intelectual impidan la vacunación masiva del mundo pobre. El intento de arrancar la pandemia de raíz fue profundamente ético y permitió experimentos de coordinación masiva de la conducta y de intervención política en la economía que aterraron al liberalismo y sobre cuyas consecuencias políticas tendremos que reflexionar en profundidad. La pandemia también puso, de una forma urgente e irreversible, el cuidado colectivo, la fragilidad del cuerpo, la conexión universal de la humanidad y la interacción entre los seres humanos y no humanos del planeta en el centro de la política. Y eso no termina: pasa apenas a una nueva etapa, que traerá nuevas emergencias y para la que habrá que inventar nuevas instituciones y formas de actuar.

Va a ser un ejercicio político complejo reclamar el retorno del derecho de reunión al mismo tiempo que se impugnan las políticas llevadas adelante hasta ahora y se denuncian las muertes que produjo la imprudencia neoliberal. El reclamo de medidas restrictivas para salvar vidas no estaba equivocado, pero puede pasar a estarlo cuando cambie la situación. Van a ser necesarias, entonces, mucha atención e inteligencia para calibrar el discurso y las acciones en las próximas semanas, que van a estar llenas de trampas y contradicciones.

Las protestas masivas en Estados Unidos, Bolivia y Colombia, en plena epidemia, nos muestran que las multitudes no renuncian a su derecho a existir y a salir cuando es necesario, aun a riesgo de contagio. Ahora, que el riesgo de enfermarse gravemente está siendo drásticamente reducido por las vacunas, hay que cambiar la forma como pensamos y actuamos. Van a volver los estadios llenos, las aulas, los tablados, los tambores, las fiestas, los coros, los antros, las asambleas masivas, las reuniones largas, la promiscuidad y las multitudes inmensas reclamando cambiar todo lo que deba ser cambiado.

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