Welcome to Carnaval

Pocos tablados, poco trabajo

En el tablado del Velódromo, donde entran 10 mil personas, hay una plaza de comidas con sillones y “food trucks”. Lo que menos se venden son chorizos; la oferta es internacional y gourmet. En uno de los coquetos puestos, un cartel reza “Welcome to Carnaval”. Lejos quedó el pizarrón, y aun más lejos la cercanía.

En el Carnaval de Montevideo hay varios tipos de escenarios diferentes. Los tablados comerciales son aquellos que tienen un dueño privado que invierte para ganar dinero, y en algunos casos administra más de un escenario, casi como en un monopolio. Los barrios donde hay tablados comerciales son Malvín, Buceo, Aguada, Costa de Oro (una zona que nuclea muchos barrios), Parque Batlle, el Prado. Son lugares con población que cuenta, en general, con un poder adquisitivo medio y medio-alto. De hecho, la entrada general al Velódromo sale 240 pesos; llevar una familia con dos adultos y dos niños cuesta, para empezar, alrededor de mil pesos. También existen propuestas aun más caras, como el tablado del Movie, que funciona en una sala de teatro adentro del shopping. Los tablados comerciales son los únicos que abren todos los días, como sucedía en el pasado con casi todos los que existían. El lunes 4 de febrero, por ejemplo, eran sólo cinco los tablados abiertos en la ciudad. Estos escenarios tienen libertad para programar a los conjuntos que “llevan más gente”, que suelen ser los que han salido más arriba en las últimas premiaciones. Así organizan grillas atractivas y convocantes para ese público de clase media que hace rendir el negocio.

Otro tipo de tablados son los municipales, coorganizados por la Intendencia de Montevideo y las comisiones barriales. Tienen mucho menos poder adquisitivo para contratar conjuntos (hay tres o cuatro por noche); abren sólo los fines de semana y cobran entradas mucho más baratas. También existen los Escenarios Móviles de la IM y los Rondamomo, una iniciativa organizada por Daecpu para apoyar la venerada descentralización. La idea es llevar el Carnaval a los barrios periféricos, pero las condiciones de infraestructura –sonido e iluminación, espacio en el escenario, comodidad de las sillas, etcétera– son notoriamente inferiores a las de los tablados comerciales o del Teatro de Verano. Además esos escenarios con ruedas (que cumplen diez años de funcionamiento) matan la costumbre de “ir al tablado del barrio”, porque el espacio está hoy pero mañana no, y eso rompe la posibilidad de que sean lugares de referencia, donde la comunidad se encuentre con cierta continuidad.

En la página oficial de Daecpu1 hay un botón virtual que dice “Seguí a tu conjunto”. Allí es posible ver, por fecha, en qué tablados está y estuvo cada uno. Cruzando los datos, se puede ordenar la información de cuántos tablados ha hecho, en lo que va del Carnaval, cada una de las agrupaciones. Para los tablados comerciales, por ejemplo, hay categorías y nombres que casi no existen. A veces porque se trata de conjuntos nuevos, y otras porque están armados para un tipo de público muy atento a los resultados del concurso oficial, que gusta de ciertas estrellas carnavaleras y de cierto vestuario, maquillaje o arreglos que cuestan, realmente, mucho dinero.

En los tablados municipales, y sobre todo en los Rondamomo, hay espectáculos “fuera de concurso”. Son parte del Carnaval oficial, pero no trabajan en el circuito “comercial”. Son agrupaciones de muchos menos integrantes, que cobran menos dinero por actuar. Entonces, en ciertos barrios se ve y se vive un determinado Carnaval, con su calidad de sonido e iluminación, y ciertos conjuntos considerados “de primer nivel”, y en otros la realidad es bien diferente, porque llegan espectáculos muy alejados de lo que muestra la televisión. El Carnaval es el espejo perfecto de la desigualdad social, y en lugar de combatirla la reproduce. Su lógica de funcionamiento demuestra el abismo insoslayable que existe en el acceso a la cultura.

Las diferencias entre la cantidad de tablados que hace cada conjunto son muy grandes. Sin embargo no hay diferencia en el esfuerzo de los trabajadores para ensayar todo el año y brindar un espectáculo digno. En lo que va de la fiesta, el conjunto participante del concurso que hizo menos tablados es una comparsa que actuó sólo tres veces. En cambio, hay propuestas fuera de concurso que llevan acumuladas más de 20 actuaciones. Entonces, en la mayoría de los casos, resulta casi imposible apechugar con los tremendos costos de funcionamiento que el Carnaval oficial supone, y los trabajadores no logran recuperar ni una ínfima parte del gasto, el tiempo y el esfuerzo que aportan, mientras que los dueños de los tablados, los dueños inversores de conjuntos “grandes” y los dueños de los medios, aumentan sus regalías.

La sola idea de descentralización presenta un problema, porque el Carnaval no es como otras manifestaciones artísticas: nació pobre y popular. ¿Cómo se fue el Carnaval de los barrios? ¿Cómo llegamos a que fuera necesario “descentralizarlo”, si su real procedencia venía de esos lugares que ahora no tienen tablados? Es una buena pregunta, que algunos responden hablando de un concepto algo barroso llamado “apropiación cultural”. Mientras tanto, algunos conjuntos hacen 45 tablados, y otros diez o doce. Los espectadores de ciertos barrios ven siete conjuntos por noche, sentados en cómodas sillas; otros tienen que acomodarse en el piso para ver si logran escuchar algo. Mientras tanto, del Velódromo salen los turistas pensando que asistieron a una experiencia típica, folclórica, saboreando crepes y sushi, leyendo carteles en inglés que les dan la bienvenida.

 

  1. http://www.daecpu.org.uy

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