Y si el ruiseñor no quiere cantar

El 19 de febrero murió la autora de Matar un ruiseñor. Así –es fácil predecirlo– será el recuerdo de la posteridad cuando la memoria se perfeccione en el olvido.

Foto: Facebook

Hay autores que quedaron atados a uno solo de sus libros, como memorablemente ocurrió con Hernández y el Martín Fierro o Cervantes y el Quijote. Harper Lee fue la autora “casi” de ese único libro y eso alcanzó para crear una leyenda. La historia de la pequeña Scout y su padre Atticus Finch que desafiaron los prejuicios racistas del sur profundo nació en los tiempos duros de lucha por los derechos civiles de los negros, y fue moldeada por esa circunstancia, y fue un síntoma pero también supo convertirse en el mejor y en el más persuasivo y perdurable argumento en favor de la igualdad entre los hombres, la justicia y la tolerancia. Repasemos la cronología que siempre instruye: Matar un ruiseñor se publicó en 1960, ganó el premio Pulitzer al año siguiente y fue llevado exitosamente al cine en 1962, pero se escribió cuando se promulgó la ley antisegregacionista y eso provocó reacciones de violencia en los grupos más recalcitrantes; se escribió cuando Rosa Parks se negó a darle su asiento en el ómnibus a un blanco y en años en que Martin Luther King se convirtió en un carismático líder del movimiento por los derechos civiles que, cuatro meses después de que Gregory Peck ganase el Oscar por el papel de Atticus Finch, lideró la Marcha sobre Washington y dijo su discurso: “Yo tengo un sueño…”.

Harper Lee murió esta semana en Monroeville, Alabama, el mismo pueblo donde había nacido hace 89 años, donde vivió siempre y donde se sabe que ambientó su famosa nouvelle, aunque le cambiase el nombre al pueblo que en la novela se llama Maycomb. En ese mismo pueblo compartió su sueño de convertirse en escritora con su vecinito Truman Persons, que devino Capote, y a quien retrató en el pequeño Dill de Matar un ruiseñor. La amistad entre Scout y Dill es uno de los aspectos más seductores del libro y tal vez su mejor hallazgo esté en contar desde la perspectiva de los niños el drama racial y la hipocresía del mundo adulto. Capote correspondió a su amiga de infancia incluyéndola en otra preciosa nouvelle de iniciación, Otras voces, otros ámbitos. Todo aparentemente muy idílico, pero la relación de ambos es un tema: es sabido que él la invitó para que lo ayudase en la investigación de los crímenes que contó en A sangre fría y que ella fue muy crítica respecto a la ética con la que el escritor se relacionó con los jóvenes asesinos condenados. Capote, la película magistralmente protagonizada por Philip Seymour Hoffman, dio cuenta de esas tensiones. Pero es otra la inquietud que nos propone este par de vidas paralelas. ¿Por qué uno realizó una ambiciosa carrera literaria y, en cambio, Harper Lee, después de un estreno no ya auspicioso sino espectacular, sencillamente enmudeció?

Hace un año, moría con mucho menos eco, Colleen McCu-llough, otra escritora que conoció también un éxito de librería comparable al de Lee porque era asimismo una aceptación emocional la que el público neozelandés dio a El pájaro canta hasta morir (The Thorn Birds, 1977). Al igual que la de la sureña, la novela de McCullough fue un bestseller y tuvo una versión fílmica para la televisión con actuación de Richard Chamberlain, pero hasta allí llegan las similitudes. El título en español, infiel pero acertado, me pareció sin embargo que describía bien el raro diseño editorial de la carrera de la escritora Harper Lee, que, precisamente hace un año, dio a conocer su segunda ya inesperada nueva novela, Ve y pon un centinela. El anuncio se hizo –debimos sospechar– con la astucia de una operación de mercado, pero todos estaban dispuestos a creer que Harper Lee, una anciana encantadora, ya un mito, entonaría su canción y tenía algo que agregar antes de irse. Cuando se organizó en Inglaterra una encuesta que preguntaba qué libro querría leer antes de morir y Matar a un ruiseñor sobrepasó en votos a la Biblia, fue tentador creer que, en correspondencia a sus lectores, la escritora había querido escribir otro libro, también ella, antes de su muerte. Pero no fue así: aunque el nuevo libro se propuso como continuación de Matar a un ruiseñor, era en realidad su precedente. Descubierto en una caja fuerte en casa de Harper Lee, el original guardado era una obra anterior que compartía los personajes de su otro libro pero no su tono, ni tampoco su mensaje. Lo que sobresaltó a muchos lectores, especialmente en los ámbitos de la academia y la enseñanza, fue que en el nuevo libro Atticus Finch se manifiesta a veces racista. El debate ocupó páginas y páginas en la prensa. Fue reivindicado por algunos, como Ursula K Leguin, quien sostuvo que la moral no es simple. Otras interpretaciones releyeron Matar un ruiseñor como novela que, en tradición anglosajona, fue editada y llevada a decir el mensaje simple y liberal que el norte quiso imponer al sur. Es verdad que también el universo Faulkner (y su autor en relevadas ocasiones) expele visiones raciales contaminadas de prejuicios y de contradicciones. Y es verdad que a pesar del presidente negro, todavía hoy la noción del otro y su derecho a la nación es un conflicto vigente.

Ante la reciente El renacido se ensayaron lecturas sobre supuestos colonialismos y discusión acerca de las posibilidades de una buena convivencia interracial en tiempos de migraciones y atentados (de paso se informaba que el hijo mestizo de Glass/Di Caprio no estaba en la novela original y es un aporte del mexicano Iñárritu). Alcanza oír las declaraciones que en estos días hacen algunos de los más cavernarios candidatos en la pelea electoral estadounidense para comprender la permanencia del ruiseñor de Harper Lee en la memoria de tantos lectores, en tantas distintas fronteras. Pero no sé si algún día llegaremos a entender el sentido de su silencio.

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