Balance de la zafra

“Lo que se exige de un politólogo en tiempos de campaña son dos cosas: (1) que especule sobre quién va a ganar, (2) sin pensar mucho en qué puede significar eso para los asuntos sustantivos del país. Predicción y neutralidad.”

Si bien escribo en prensa desde hace unos años y egresé de la licenciatura en 2012, nunca como este año se me requirió tanto para notas, entrevistas y conversaciones. Doy fe de que mi escritura no mejoró tanto en estos años, ni lo hizo mi conocimiento sobre la realidad política nacional, como para ameritar semejante despegue. Ocurrió que este es año electoral, mi primero como politólogo, mi primera zafra.

Esto no tiene nada de raro, tal como en el primer año de todas las legislaturas se vota el presupuesto y hay muchas noticias sobre temas sindicales y en el penúltimo se votan muchas leyes de apuro y hay muchas noticias parlamentarias, en año electoral la prensa y el público demandan análisis político, y aquí estamos los politólogos para ofrecerlo.

Esta atención es muy buena para colmar el narcisismo, pero no viene gratis. Varias veces a lo largo de este año, lectores, editores, colegas y amigos me exigieron que “hablara como politólogo”. Esto siempre me hizo recordar el lapidario análisis de Aldo Mazzucchelli sobre el discurso público de mi profesión: “el sutil (aunque en el fondo previsible) discurso del politólogo pasa al centro de la escena, analizando sin analizar, pues eliminan del análisis la conclusión, es decir, el tomar partido, que es lo único que interesa en política. Y lo único que los “científicos” no están legitimados para hacer. Paradoja: tienen que dejar de ser ciudadanos justo cuando tienen que usar públicamente su voz”.1

Lo que se exige de un politólogo en tiempos de campaña son dos cosas: (1) que especule sobre quién va a ganar, (2) sin pensar mucho en qué puede significar eso para los asuntos sustantivos del país. Supongo que sobre esto último le preguntan a los economistas. De más está decir que la ciencia política como disciplina no se reduce a esto. Los politólogos hacen en su trabajo académico y profesional mucho más, desde el estudio de la circulación de ideas en las instituciones internacionales hasta la reflexión sobre la historia de la democracia desde las sociedades de cazadores-recolectores hasta hoy. Pero no parece ser eso lo que le importa a los periodistas y al público.

Predicción y neutralidad. Esos son los mandatos al politólogo en campaña electoral. Por eso, las críticas a Luis Eduardo González luego del 26 se repartieron en partes iguales entre quienes se sentían estafados por la inexactitud de los resultados como por quienes lo acusaban de “operar”.

Las predicciones fallaron, es cierto, aunque es necesario hacer algunas precisiones. La primera es que algunas fallaron más que otras. Sin entrar en detalles metodológicos ampliamente discutidos en otros lugares (y por gente mejor calificada que yo), se puede decir que a Radar y Opción les fue mejor que a las demás empresas encuestadoras. La segunda es que las encuestas no son la ciencia política. Si bien en esas empresas trabajan politólogos, otras disciplinas también están involucradas, especialmente la sociología.

Sin embargo, el fracaso de las predicciones de las encuestadoras golpeó especialmente a los politólogos, que fueron (fuimos) el principal blanco de las críticas y las burlas. Esto tiene que ver con que por más que no son los politólogos quienes mayoritariamente hacen y divulgan las encuestas, sí son (somos) quienes las interpretan y quienes son (somos) llamados por los medios de comunicación a explicar qué significan.

Las encuestas son el símbolo y el sustento del prestigio del politólogo y de la capacidad predictiva de las versiones cuantitativas de esta ciencia. Tal como las empresas dedicadas a calificar el riesgo no son la ciencia económica neoclásica, pero aun así el fracaso de éstas y sus consecuencias cuando la crisis financiera global de 2008 forzaron un fuerte debate sobre la historia, los supuestos, la confiabilidad y el prestigio de los economistas, es lógico que el fracaso de las empresas encuestadoras fuerce un debate similar sobre la ciencia política local.

Cuando González, que además de director de una empresa encuestadora es politólogo egresado de Yale y autor de uno de los clásicos del estudio politológico de los partidos políticos en Uruguay, pidió disculpas por los errores de su encuesta en televisión, en vivo y en horario central, algo pasó con la credibilidad de las predicciones de la ciencia política.

Y no sólo con eso. Cuando explicando los mecanismos de ponderación que se aplican a los datos crudos de las encuestas, dijo que en sus investigaciones había un trabajo artesanal, dejó de manifiesto que aun el trabajo más cuantitativo llevado adelante por el politólogo más prestigioso tiene (además de frialdad, objetividad y desapego) cariño, artesanía y cuidado.

En los debates internos de la ciencia política una de las cosas que más se discute es qué formas de producción de conocimiento son científicas, y por lo tanto legítimas, y cuáles no. Quienes trabajan temas y técnicas similares a los de González suelen acusar a los demás de hacer “literatura”. Más allá de que hacer literatura no tiene nada de malo y de que la literatura tiene mucho para decir sobre la política, la acusación pierde mucho de su sentido cuando quienes la hacen admiten hacer artesanía (lo que tampoco tiene nada de malo).

Esta no es una crisis de la ciencia política. Es una crisis del lugar del politólogo en la sociedad, y en menor medida de las aspiraciones predictivas de la rama altamente matematizada y formalizada de la ciencia política que se dedica a estudiar la política partidaria. Por eso, el tema no es solamente los errores metodológicos y cómo se puede mejorar la calidad de las encuestas, sino cómo estos datos son difundidos, la infalibilidad que se les asigna y su centralidad en las narrativas que se despliegan en el espacio público uruguayo.

Lo que nos lleva al segundo mandato: la neutralidad. Incluso si los análisis fueran completamente neutrales y rigurosos, la “neutralidad” está siempre en cuestión, ya que en el momento que una investigación se publica, como dice la palabra, se hace pública. Impacta en decisiones importantes y por eso las conclusiones deben ser explicadas con responsabilidad, especialmente cuando se sabe que pueden fallar (y que como pasó el 26, todas las encuestas pueden estar sesgadas en la misma dirección).

Pero más allá de esto, la neutralidad es muy difícil de mantener. Cuando el politólogo se pasa de la raya, se lo acusa de operar. ¿Pero qué es operar? ¿Que los análisis beneficien indirectamente a algún candidato? ¿Que se note la postura política del analista? ¿Que los supuestos teóricos del analista estén emparentados con alguna postura política?

Estas tres cosas son ine­vitables. Todo lo que se diga beneficia a alguien, todos los analistas tienen posturas políticas (incluso no tener una es una postura política) y todos los análisis tienen supuestos teóricos con consecuencias y orígenes políticos (¿no son el estadocentrismo, el partidocentrismo, el individualismo metodológico y el nacionalismo metodológico posturas políticas?, ¿ya olvidamos que tanto el pluralismo como el positivismo –y ni que hablar el marxismo– fueron en algún momento explícitamente posturas políticas?).

Por lo tanto, siempre se está “operando”. En todo caso, más que intentar ocultar esto, lo mejor es transparentarlo y reflexionar públicamente sobre ello. La autoconciencia siempre es preferible a la autocensura.

La relación entre la opinión, la ciencia y los posicionamientos públicos no es algo obvio, y también es claro que no son cosas tan fáciles de abstraer como querrían algunos. Muchos reclaman que en las facultades de ciencias sociales se enseñe más metodología, y seguramente tienen razón. Pero lo que está claro es que para poder enfrentar estos problemas también se debería enseñar más ética, epistemología y teoría. No para negar el carácter científico de la disciplina, sino para poder pensarlo de manera menos abstracta.

Dos de los padres de la ciencia política, Alexis de Tocqueville y Antonio Gramsci, pensaron mucho sobre cuál debía ser la función de la ciencia política en sus sociedades. Para el primero, la ciencia política debía templar los excesos de la democracia y sus impulsos igualadores. Para el segundo, al contrario, debía servir para la educación política de las clases potencialmente revolucionarias a través de mostrar la realidad de la dominación.

La discusión pública sobre la ciencia política desatada por los errores de las encuestas puede ser una oportunidad para, aparte de pedir disculpas y moderar la certeza de las especulaciones, pensar sobre estos asuntos, y discutir sobre cuáles son y cuáles podrían ser los roles de la ciencia política en la sociedad.

*     Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy/Columna%20H/MazzucchelliPolitologos.htm

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