La vida brava

Ha pasado toda su vida en el INAU. Acaba de ser liberado y trabaja como limpiavidrios en una esquina montevideana. Aquí la peripecia de Luis (el protagonista del comercial “Pantalón Cortito”), y la historia de todos: homicidios, fugas, encierros tortuosos, medicalización extrema.

Pantalón cortito. Foto. O. Bonilla

Pantalón Cortito es hijo de la dupla iname-inau. El apodo le queda por haber aparecido en la propaganda del entonces iname, musicalizada con la canción del Sabalero, que avisaba a los niños de los noventa que finalizaba el horario de protección al menor.

Luisito, el niño que al final del espot comía sandía, pasó sus 19 años dentro del inau: “Nací en el inau. Mi madre estaba en una Unidad Materno Infantil (umi) y me tenía en la panza… Así comenzó la historia”. El cordón con la institución lo cortó hace seis meses cuando salió de la Colonia Berro.

Por decir fútbol

A medida que iba creciendo, Pantalón Cortito se mudaba de hogar: “Estuve en Casacuna, Centro 4, Lezica, Sayago, Garibaldi, estuve un par de años en api y después en la clínica psiquiátrica Asencio (por abuso de drogas). De ahí seguí para la colonia”. La Berro también le imprimió esa práctica de permanentes mudanzas: “Fui pasando de hogar en hogar, me fui fugando. Estuve en la Casona, Sarandí, Ser, Hornero, Cerrito… en todos menos en Ariel y Piedras”.

La psiquiatra y psicoanalista especialista en niñez y adolescencia Maren Ulriksen plantea que la estrategia de distribuir a los niños en distintos hogares en función de las edades “implica desconocer lo que es la construcción psíquica de la persona. El niño necesita tener la referencia de alguien conocido, necesita una continuidad de cuidados. Desconocerlo es la mejor forma de crear un loco”.

La psicóloga también sostiene que, en casos de abandono, la droga puede emplearse para generar “una ilusión de completud, de afecto, de satisfacción. Es la necesidad de algo interno” donde la dependencia aparece supliendo la necesidad del niño de depender de un adulto.

A Pantalón Cortito la madre y el “abuelo de crianza” lo visitaron mientras estuvo en hogares sin privación de libertad. Su madre murió antes de que entrara a la Berro.

Luisito cuenta que pasó cinco años en una clínica psiquiátrica por abuso de drogas. “La escuela y el liceo los hice juntos, con una maestra en la clínica. Ingresé con 12 años y salí con 17.” Después de la clínica psiquiátrica fue a dar a la Colonia Berro.

—Entraste a la colonia por una rapiña especialmente agravada.

Por decir fútbol

—Fue acá en esta misma esquina.

—Después te fugaste.

—Y volví a entrar y ahora estoy en libertad. Ahora soy mayorazo, tengo 19. Ya no me importa el robo, no me gusta robar, ya no quiero. Prefiero estar laburando. Ahora recapacité, y mal o bien trabajo con un lampazo.

Desde que salió en libertad trabaja limpiando parabrisas. Y le da para vivir; gana poco más de 200 pesos por día. Eso dice en un primer contacto, pero en el segundo encuentro ya cambió esa sensación de cierto bienestar y de tener ganas de pelearla. Ya no vive con su abuelo y su hermana. “Ya estoy grande, tengo que aprender a vivir solo, a mantenerme solo. Ahora estoy juntando para la pensión, me alquilan la pieza a 100 pesos por día. Y si no, ni me toco, me quedo en la calle, no va a ser la primera vez.”

Las palabras alternan pequeñas cuotas de esperanza y grandes dejos de rencor, que denotan que lo único estable en su vida es la inestabilidad. “Mi abuelo llamó a los botones y me dijeron que no querían verme a menos de tres cuadras de mi casa. Me dejó sin techo, y esa era la casa de mi madre.”

De la Berro no tiene buenos recuerdos, pero relativiza el daño que compañeros, policías y la institución misma puedan haberle causado: “En la colonia no la pasé muy bien; me llevé mal con mis compañeros un tiempo. Los milicos me trataban mal cuando iban a hacer requisas porque yo los judeaba y se quemaban conmigo. La colonia fue un lugar feo, pasaba todo el día trancado. Es una cárcel de menores y no me gusta. Pero a mí me hizo recapacitar. Lo peor era que nadie iba a visitarme. Y eso fue lo que más me dolió; quería cortarme. En el Ser me quise cortar el cuello”.

VISITANTES. En la Colonia Berro los visitantes abren el encierro. Por eso, para los internos que no reciben visitas no hay respiro.

Un domingo, en el hogar Piedras de la colonia, internos y externos se encuentran al aire libre. Hay varios grupitos desparramados; sobresale una pareja que aprovecha intensamente los pocos minutos que quedan. Entre los visitantes hay madres y padres, novias, hijos e hijas.

En el Ituzaingó –el hogar que es un “ejemplo” no seguido por el resto– quienes no reciben visitas se entretienen con los animales. Una niña se acerca una y otra vez al portón de entrada. Una familia conversa.

El ómnibus del inau trae y lleva a las visitas sábados y domingos. Hay dos turnos –de mañana y de tarde–, y quienes se quedan a los dos deben volverse por sus propios medios. El 758 cem a Pando o Suárez, de copsa, que pasa por la colonia, facilita esos traslados.

En el Ser ya terminó la visita y todos esperan el ómnibus.

“Hay tantos que no tienen contención, hay muchos que no reciben visitas. O se aburren de venir, o no hay familia”, dice una madre. “Acá si venís con diez valores te vas con nueve, pero si venís con cinco, te quedás sin ninguno. Salen peor de lo que entraron. Es una escuela”, comentan varios en alusión al término “la escuelita del crimen”, acuñado desde fines de los cincuenta.

A las denuncias sobre tratos inhumanos (la negativa a dejarlos ir al baño luego de 23 horas de encierro, los golpes y torturas del geo que cuando hace requisas rompe las pertenencias de los adolescentes y los desnudan y mojan con agua fría) se suman los castigos: no hay patio –lo que se traduce ahora en 24 horas de encierro– y no hay llamadas a la familia.

El hogar Ser es un castigo en sí mismo. Es sabido que a los adolescentes que se fugan de otros hogares y a los que se amotinan los mandan para ese lugar. Una madre cuenta: “A mi hijo le dieron un tiro mientras jugaba al fútbol. Dos se habían escapado y él, que estaba jugando al fútbol, se comió el tiro. Respondió con piedras, es lógico que reaccionara. Como castigo lo cambiaron para el Ser”.

Por su lado, la Policía de la colonia, mareada en una rosca de abuso de poder, se pasa de la raya también con las visitas: “Principalmente les faltan el respeto a las mujeres. El otro día me fui caminando para tomar el copsa y la Policía me tiraba piedras. Y después quieren que no los odien”, comenta el hermano de un interno.

Pero algunos códigos se mantienen, el momento mismo de la visita no puede ser suspendido a manera de penitencia. Se dice que la visita es sagrada, que durante ese rato los chiquilines se tapan los cortes que se hacen en el cuerpo, que no hay gritos ni insultos y que está prohibido, como pacto entre los propios internos, hacer motines.

SIN SALIDA. La visita es el afuera; trae aires de la tan ansiada y poco duradera libertad. Sea por medio de la fuga o sea porque se cumplió la pena, la libertad llega. Y en muchos casos la reincidencia en el delito es la nueva puerta de entrada. “La mayoría pasan toda la vida encerrados. Nunca tuvieron otra opción, no se les ofrece una alternativa real. Hay gurises que no terminaron la escuela, y si no saben leer ni escribir el mundo se les hace así de chiquito. No se puede convencer a un chiquilín de que deje de robar, si dejando de robar se muere de hambre. No los podemos convencer de que pueden tener una vida que no van a tener”, plantea una educadora de la colonia. Muchas veces, comenta, el proyecto de vida de los adolescentes prevé las entradas y salidas como un destino fatal: primero a la colonia y después al Comcar o cualquier otra cárcel de adultos. La privación de libertad forma parte de las expectativas de futuro, aunque, y según dice una madre: “Están adentro y lloran porque quieren estar afuera, porque extrañan; y están afuera y parece que quisieran estar adentro, porque vuelven a hacer lo mismo”.

Otra madre, ansiosa por la proximidad de la salida de su hijo, comenta: “Yo le digo que se vaya (a España) y no vuelva más, porque acá es lo mismo, son todas las mismas amistades. Sale el 12 de octubre y se va el 19. Mientras tanto se queda en una estancia, porque en Montevideo no quiero que se quede. En España tiene a los hermanos que están allá hace años. Va a trabajar en la naranja. ‘Vas a cobrar euros’, yo lo consuelo así”.

Un poco retrasado, pasa el ómnibus. Para en cada hogar y se detiene en la administración para que las visitas recuperen sus pertenencias. Y, hasta el siguiente fin de semana, desaparecen los visitantes. Un funcionario, al pasar, grita: “Es como dijo Cristo, es mejor volver a nacer. Con estos gurises es más fácil que vuelvan a nacer que rehabilitarlos”.

Empastillados

“Mi hijo está por homicidio y supongo que saldrá ahora cuando cumpla 18. Él estaba a cargo de un custodio (un vecino que se ofreció a hacerse cargo de él), y por defenderse de no ser violado, en una de ésas pudo zafar y lo primero que agarró fue un cuchillo. El tipo en casa pintaba de una manera y en la casa de él era otra cosa muy distinta. Aparte el chiquilín estaba medicado y el custodio le estaba dando la medicación mal. Tomaba una medicación porque tenía problemas con las drogas. Acá en el Ser le están dando muchas pastillas también”, relata una madre.

En el tratamiento psiquiátrico dentro de la colonia las pastillas son utilizadas para controlar las adicciones, pero también las generan. Una educadora afirma: “Hay gurises que toman 14 pastillas. Que entran y a los tres años toman las mismas pastillas y la misma cantidad. Y se hacen adictos; entonces cuando salen quedan fisurados y algo tienen que consumir: consumen porro, basoko (mezcla de marihuana con pasta base), pasta”.

La educadora cree que hay adolescentes en la colonia que necesitan un tratamiento psicológico o psiquiátrico, pero critica el remedio simplista de las pastillas.

Tres años atrás, el Comité del Niño y el Adolescente, a partir de su visita a la Colonia Berro el 26 de octubre de 2007, manifestaba respecto al uso de psicofármacos una preocupación por “el alto número de adolescentes medicados”. El comité comprobó que “muchos (adolescentes) se mostraban como idos y su aspecto denotaba niveles de medicación altos”. La falta de diagnóstico y seguimiento por un psiquiatra y la lista de fármacos utilizados en la colonia

–Clenoten, Niziman, Parnox, Rispa, Haloperidol, Aquinetan, Durminox, Somit, Clenolen, Sertralina, Sormidocal, Fenergan– ponían en evidencia una “práctica masiva de ‘planchar’ a los adolescentes” que, en base a los relatos actuales, no ha variado.

“Mi hijo –sigue la madre– se crió en la calle, y para que saliera de las drogas lo mandamos con este hombre, a ver si se acomodaba. Fue peor el remedio que la enfermedad. Después nos enteramos que este tipo lo mandaba a robar. Una vez cayó por 18 meses y el custodio venía a visitarlo y le daba manija para que se fugara. Y se fueron juntando las fugas, más esto. Él dice que cuando cumpla 18 va a salir. Yo no sé cómo es el asunto.”

El asunto es que si, por ejemplo, la pena es de tres años y el menor ingresa con 17, igual deberá cumplir la totalidad de la condena aunque ya sea mayor de edad. Las penas para los menores son de un máximo de cinco años. Actualmente, un proyecto de ley impulsa la extensión máxima a diez años. En este caso, el menor entraría con 15 años –edad mínima de entrada a la Colonia Berro, aunque desde los 13 años ya ingresan a otros centros de privación de libertad del inau– y saldría a los 25.

 

Por decir fútbol

Artículos relacionados