“Necesito mostrar”

Jihad Dhiab, ex preso en Guantánamo, reclamó su cierre recreando la tortura.

Jihad Dhiab / Foto: María Inés Hiriart

Es lunes y en la esquina de Gaboto y Cebollatí reina la calma vespertina. A esta hora estaría desolada si no fuera por una decena de personas que convergieron frente a un almacén sobre una acera que servirá de plaza informal.

“Hoy, pulpa de bondiola 165 pesos”, avisa un cartel que en breve se transformará, junto a la embajada de Estados Unidos, en un insólito telón de fondo de un acto escalofriante.

Es 11 de enero y a Obama le queda tan sólo un año a la cabeza de la superpotencia mundial que desde hace exactamente 14 años ocupa suelo cubano con su base naval y su temida cárcel en Guantánamo, justificada en la llamada “guerra contra el terrorismo” instaurada por su predecesor, George W Bush. En varias ciudades de Estados Unidos, y en Londres frente a la embajada de este país, se organizan similares actos de protesta para exigirle al presidente estadounidense que cumpla con su promesa de cerrar el centro donde permanecen en pésimas condiciones 93 de los 779 presos que, sin juicio, fueron trasladados allí. Mientras que en Londres al menos cinco ex presos se reúnen en una discreta protesta, en Montevideo el pequeño grupo de organizadores prevé la participación de Jihad (Abu Wael) Dhiab, detenido durante 12 años antes de ser liberado y trasladado a Uruguay en diciembre de 2014.

“Hoy se va a hacer una representación denunciando y repudiando los métodos que utiliza el imperialismo”, anuncia una de las organizadoras. El método en cuestión, criticado por la Onu y múltiples organizaciones de los derechos humanos, es la alimentación forzada, a la que los carceleros someten a los presos de Guantánamo que recurren a la huelga de hambre como método de protesta.

Desde sus inicios ha sido una lucha documentar las prácticas de abuso y represión dentro de la cárcel, para denunciarlas, ya que el acceso es sumamente restringido, y la mayoría de la información sobre la prisión y sus métodos se mantiene secreta, además de que los presos están aislados del mundo.

Para mostrar la crueldad de la alimentación forzada (que el Pentágono alega se practica por el bien de los detenidos), activistas y abogados de los presos, que denuncian la práctica como un tratamiento cruel e inhumano, han organizado demostraciones reales del método. La más famosa es la alimentación forzada a la que se prestó el actor y rapero estadounidense Yasiin Bey, conocido como “Mos Def”, en 2013, que fue filmada y difundida por medios internacionales.

Andrés Conteris, otro de los organizadores locales, explica por su parte que estamos por presenciar un acto “muy histórico”. Hace dos años este activista y periodista estadounidense se hizo alimentar en Montevideo mediante una sonda nasogástrica, según el método practicado en Guantánamo, para denunciarlo (Véase Brecha 11-X-13).
Pero esta vez será Jihad Dhiab quien protagonizará su propio abuso.

Es la primera vez que un ex preso de Guantánamo acepta voluntariamente volver a ser alimentado por la nariz para mostrar al mundo este tipo de castigo y sometimiento físico y psicológico que sufrió. El caso de Dhiab se hizo conocer en el mundo cuando sus abogados iniciaron el primer juicio contra el gobierno estadounidense, denunciando esta práctica. En este juicio, al que se han sumado 16 medios de comunicación, una jueza ordenó que se publicaran videos de su alimentación forzada.

REPRESENTACIONES. “Obviamente hoy no lo estamos forzando como lo hicieron en Guantánamo cientos de veces”, señala Conteris. “Vamos a tratar de dramatizar esto para mostrar al mundo la manera en que tratan a los presos”, añade, y pide que “algunos voluntarios muestren cómo se llevan al preso a la fuerza y lo agarran violentamente”, para ilustrar el método brutal a consecuencias del cual Jihad Dhiab reiteradas veces terminó desmayado en su celda (véase Brecha, 21-V-15). Luego de unos segundos de confuso silencio y manifiesto malestar entre el pequeño público, Alejandra de Bittencourt, la organizadora que abrió el acto, explica: “No nos complace para nada hacer de milicos y de represores, por lo tanto Jihad va a tener que pasar voluntariamente en este caso a la silla”. Los voluntarios sientan a Dhiab en una silla de ruedas, pues no puede caminar solo sin muletas, y le atan el pecho, los pies y los brazos flojamente con unas telas para ilustrar las correas de la “silla de tortura”, así la llaman los reos, en donde los sientan para practicarles la alimentación forzada.

Antes de comenzar el procedimiento, Jihad Dhiab pide la palabra para hacer una declaración en su propio idioma: “Las fotos de Guantánamo han mostrado lo que sufrimos durante más de diez años. Nos mantenían sentados con la cabeza, los pies y las manos atadas para que no nos pudiéramos mover. Estados Unidos, que pretende ser un país que respeta los derechos humanos, refleja una imagen del islam que no es correcta. Al conocerse la situación en la cárcel de Guantánamo el mundo comprendió que su ‘verdad’ no corresponde a la realidad. Los presos sufrieron tremendamente en esta cárcel que debe ser cerrada. Estados Unidos no tiene ninguna prueba de la culpa de estos presos. El mundo entero debe movilizarse en apoyo a ellos.”

La enfermera Rosario Piedra, quien ha aceptado ejecutar el procedimiento, señala que aunque pueda parecer sencilla la introducción de la sonda nasogástrica conlleva riesgos: “Corren riesgo de rotura de las fosas nasales, rotura de esófago y de una neumonía. Y si no están en verdadero ayuno el alimento puede entrar por la tráquea al pulmón” y producir una “gravísima” aspiración.

Hace 42 años que ejerce su trabajo y dice haber aceptado participar en este inhabitual acto porque “me crié desde muy niña sabiendo lo que representa la enorme injusticia del imperialismo yanqui con su soberbia”. Le preocuparon las condiciones inusuales en que debe practicar el procedimiento (en plena calle) y admite que a Jihad Dhiab le debe provocar muchas emociones, pero “justamente qué consecuencias psicológicas puede tener, eso no sé decir”. “Creo que él está tan convencido de que esta demostración podrá ayudar a los que quedan en Guantánamo que eso cambia mucho”, evalúa.

Ha llegado el momento de iniciar el procedimiento. Jihad Dhiab hace un patente esfuerzo por concentrarse y respirar tranquilamente, y su mirada permanece fijada al piso.

En vez de aceite de oliva, como usaban en Guantánamo, Rosario Piedra le coloca lidocaína en las narinas para lubricar la sonda y aminorar la molestia, pero al introducirle la punta del largo tubo de plástico por la nariz Jihad Dhiab no logra mantener la cabeza quieta. La molestia es evidente y la intrusión le provoca arcadas.

Con mucho cuidado la enfermera sigue empujando la sonda que desaparece dentro del cuerpo de Dhiab. Hasta que luego de un rato un asa de plástico aparece en su boca y empieza a crecer; la sonda ha provocado un vómito reflejo y está siendo expulsada. Jihad Dhiab se muestra muy molesto y logra pronunciar “Stop”.

Al instante Rosario Piedra comienza a retirar la sonda. Un decímetro, dos decímetros, tres decímetros, cuatro, cinco… La escena parece una pesadilla, y el tubo de plástico una serpiente interminable que sale, ensangrentada, de la nariz de Jihad Dhiab y no para de enrollarse en la mano de la enfermera. Ella quiere parar el procedimiento pero Jihad Dhiab insiste: “Necesito mostrar”, y vuelve a concentrarse para el segundo intento. Al confirmar que la sonda ha llegado al estómago le inyectan el líquido nutriente Ensure con una jeringa. Y luego se repite la espeluznante extracción de la sonda que parece no querer acabar nunca.

“Con lo que acaban de observar tal vez puedan empezar a comprender un poco de lo que yo he vivido, ni hablar de lo que viven los presos que siguen en Guantánamo y a los que siguen torturando de esta manera. Todo esto significa un gran dolor, y este dolor se vive física, espiritual y psíquicamente con el tratamiento que reciben todavía en Guantánamo”, dice Dhiab ante un público afectado.

Cuando desaparecen los fotógrafos y camarógrafos una extraña calma vuelve a la esquina que sirvió de escenario. Jihad Dhiab se saca su mameluco naranja y se prepara para irse. Es difícil saber lo que esta reconstrucción de una práctica que a diario vivió como un trauma le puede haber provocado en el fondo. “Fue difícil”, reconoce lacónicamente, y admite, un poco desilusionado, que pensaba que acudiría más gente al acto. Pero para él este sacrificio fue necesario: “Necesito apoyar a mis compañeros”, asevera.

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