Una candidatura frustrada

El directorio del Partido Nacional estaba infiltrado por un agente de la inteligencia militar a mediados de 1987, cuando la confirmación de la enfermedad de Wilson Ferreira disparó la lucha interna.

Wilson Ferreira Aldunate, 1984 / Foto: Marcelo Isarrualde, Archivo Brecha

Wilson Ferreira Aldunate falleció el 15 de marzo de 1988, pero nueve meses antes, hace exactamente 30 años, la noticia de su enfermedad consternaba a los miembros del directorio del Partido Nacional (PN). La opinión médica, que aventuraba un pronóstico cuyo extremo más pesimista reducía a dos meses la expectativa de vida, puso inesperadamente sobre la mesa la cuestión de la fórmula presidencial de los blancos. El tire y afloje, nunca abiertamente planteado, se desarrolló en presencia del propio Wilson.

A mediados de 1987 el directorio nacionalista estaba enfrascado en el cálculo electoral para las elecciones de 1989. Cualquier tema político derivaba al plano electoral, ya fuera la rendición de cuentas, las venias militares, la junta de firmas para el referéndum sobre la ley de caducidad, la citación a José Gavazzo en la comisión investigadora de los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, o el reclamo de Carlos Julio Pereyra de que dos desertores del Movimiento de Rocha, Gonzalo Aguirre y Carlos Rodríguez Labruna, renunciaran al directorio.

Por decir fútbol

Finalmente el PN presentó cuatro fórmulas presidenciales y en el reparto de la ley de lemas ganó Luis Alberto Lacalle, que en junio de 1987 estaba agazapado en las gateras. De las intimidades de las discusiones en el seno del honorable directorio –y de la crispación de Wilson Ferreira– ha quedado una prolija y detallada crónica de una especie de caudillo juvenil, que se separó de la lista 150, y enancado en la 303 y la 800 se unió al nuevo grupo que formaba Juan Raúl Ferreira. Con pretensiones de aparecer en los primeros 10 puestos de la lista a Diputados, cuando todavía no se sabía si iba a haber lista única de Por la Patria para la Cámara o elecciones anticipadas, o reforma constitucional –todo estaba en la coctelera– este dirigente no se perdía una sola sesión del directorio, y con afán detallista, cuidando de no mechar sus opiniones personales o sus ambiciones, informaba a los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas de todo lo que se hablaba en el directorio, en el salón y en los pasillos. El agente 04 era una de las más exitosas infiltraciones de la Dirección General de Información de Defensa (Dgid) en los partidos políticos.

ANTAGONISMOS. A comienzos de abril de 1987, el directorio discutió qué resolución tomar ante la propuesta de citar a José Gavazzo y a Manuel Cordero a la comisión investigadora. ¿Qué sugería Wilson? “Libertad de acción. Hagan lo que quieran.” Explicó que aunque el caso de Michelini y Gutiérrez Ruiz estaba excluido de la ley de caducidad, “no van a ir”. Y el infiltrado destacó en su informe una frase atribuida a Wilson: “No quiero aparecer como defensor de militares una vez más”. En la sesión del día 22, Alem García volvió a plantear el tema porque “hay pruebas suficientes para llamarlos (a Gavazzo y Cordero) a declarar”. Wilson lo interrumpió: “Acá el único que sabe cómo son las cosas soy yo, porque fui testigo presencial y les aseguro que en el operativo de secuestro no intervino ningún militar uruguayo”. Matilde Rodríguez, viuda de Gutiérrez Ruiz, identificaba como uruguayo al hombre que había destripado la puerta de su apartamento en Buenos Aires, la noche del secuestro, el 18 de mayo de 1976. Lacalle propuso, entonces, pasar el expediente a la justicia, de modo que, si se produce un desacato, “sea en esa órbita”. Juan Martín Posadas intentó intervenir, pero Wilson lo cortó: “A mí no me van a arrancar ni una palabra más”.

Ofuscado por el tema militar, Wilson acusó en esa sesión al “Duende de la Trastienda”, el periodista Daniel Herrera, de El País, de sabotear la venia para nombrar a un capitán de navío blanco como comandante de la Armada, que había negociado trabajosamente con el presidente Sanguinetti. “Si antes era difícil, ahora es imposible”, comentó ante el trascendido publicado. Entonces Posadas propuso como criterio para votar las venias de coroneles que los candidatos fueran de probada adhesión democrática y que no estuvieran denunciados por crímenes de la dictadura. No hubo oposición, pero una semana después Juan Raúl Ferreira y Elías Porras Larralde recibieron las críticas de la totalidad de los generales en actividad durante un almuerzo-reunión por las declaraciones del herrerista Walter Santoro sobre los sueldos militares, y por los criterios para votar las venias. Según el infiltrado de la inteligencia militar, el general Washington Varela le dijo a Juan Raúl que “el PN estaba demostrando que no quería ser gobierno”. Varela se identificó como colorado, pero dijo no querer “un ejército de golilla colorada”. Wilson Ferreira había declarado en el exterior que en Uruguay no existían militares demócratas. “Así no van a conseguir votos en las Fuerzas Armadas”, comentó el general Varela, según el infiltrado.

En vísperas de la Convención del partido, Wilson Ferreira parecía dispuesto a enfrentar con dureza los antagonismos que claramente disputaban parcelas de poder. “Voy a ir a la convención con el cuchillo bajo el poncho. No quiero lío, pero si lo hay, voy a armar uno más grande”, dice el informante que dijo Wilson, en un intercambio con Lacalle y Héctor Sturla. “Si se quieren ir del partido, que se vayan, si quieren volver al viejo nacionalismo independiente, que lo hagan”, dijo, aludiendo al Movimiento de Rocha. A Lacalle le dijo: “Ustedes están cada vez menos herreristas, se parecen más al viejo sector patriciado que al herrerismo que iba para adelante”. Y se despidió con un grueso insulto a Carlos Julio Pereyra. Adentro, durante la sesión, mirándolo a los ojos, Wilson había dicho, en referencia a la Convención del Movimiento de Rocha: “Los que plantean que el PN tiene actitudes indignas son unos mentirosos, unos atrevidos y unos malos blancos”.

WILSON, SEREGNI, SANGUINETTI. Por esos días, el talante crispado de Wilson Ferreira se exhibió también en las entrevistas que mantuvo con Líber Seregni y Julio María Sanguinetti. La primera fue a pedido del presidente del Frente Amplio. Un viernes por la tarde, en el edificio Lapido, Seregni le informó que el ministro Ricardo Zerbino consideraba que el Banco La Caja Obrera estaba fundido y que requería una solución similar a la del Banco Comercial. Seregni estaba dispuesto a apoyar al gobierno. Wilson dijo que él no había sido enterado y, en la sesión de directorio, al informar de la reunión, razonó: “Esto lo que hace es confirmar el planteo de nacionalización de la banca que tenía en el 71 el Partido Nacional, que no era un planteo ideológico, sino pragmático y que al final el Estado lo que ha venido haciendo es nacionalizar las pérdidas de los bancos”.

La entrevista con Sanguinetti fue críptica: Wilson informó al directorio que estuvo conversando durante 20 minutos de bueyes perdidos y haciendo chistes; cuando preguntó para qué lo había citado, Sanguinetti habló de las relaciones gobierno-Partido Nacional. Sanguinetti le preguntó cuál sería la actitud de los blancos ante posibles vetos del Ejecutivo. Wilson contestó que llevarían “las cosas hasta sus últimas consecuencias” aludiendo a la posibilidad de accionar el mecanismo que desemboca en elecciones anticipadas. Sanguinetti habría dicho que no le disgustaba, porque veía al Partido Colorado muy bien. Wilson contestó que él veía lo mismo de su partido, “así que nos encontraremos en las elecciones”.

Por decir fútbol

Una tercera reunión de Wilson y Seregni fue convocada por Sanguinetti para analizar el problema de La Caja Obrera. Ferreira anunció que no iba a apoyar ninguna solución, pero que iba a “facilitar las cosas, el Partido había ayudado a sacar las castañas del fuego en muchos temas como la refinanciación, ley de caducidad, etcétera, y siempre surgía un sector político que se encargaba de cascotear, ensuciar y enchastrar”. Seregni dijo que había que empezar con medidas de largo plazo, “ya que cada vez que surgen este tipo de cosas somos llamados a colaborar”. Wilson lo interrumpió: “en todo caso usted es debutante en esto de apoyar”.

SIN VUELTA. El 20 de julio, el infiltrado en el directorio informaba a la inteligencia militar que Wilson había sido internado debido a una complicación pulmonar. El día 21 confirmaba vía telefónica que Ferreira tenía cáncer; incidentalmente solicitaba adelanto de sueldo. En una reu-nión de la cúpula de Por la Patria (Zumarán, García Costa, Cecilio, Ituño, Carlos da Rosa, Diego Achard), Juan Raúl Ferreira confirmaba que su padre tenía una muy corta expectativa de vida. Según el informante, las dificultades de Wilson eran notorias: en una entrevista con Canal 12, después de un día agotador, Wilson confundía cifras (130.000 millones en lugar de 1.300, 6 mil en lugar de 60 mil). “Terminó con un agotamiento muy grande y tuvo que ir de inmediato a acostarse, siendo que esta actividad, si se mira desde el punto de vista de la presidencia, es cosa de todos los días. En el hipotético caso de que ganara las elecciones, este tipo de hechos hace que la vicepresidencia tome un relieve muy importante”. El agente militar anotaba tres alternativas.

Descartado Wilson como candidato, el agente aventuraba un pronóstico: “el acuerdo electoral hasta ahora es entre Lacalle y Dardo Ortíz, este último encabezando la lista al Senado. La vicepresidencia está abierta”.

Por decir fútbol

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