Hay cadáveres – Brecha digital
La naturalización de la violencia

Hay cadáveres

HÉCTOR PIASTRI

Haz como si los cuerpos que bajan por el río
con gallinazos
no fueran de nadie
hija mía.

Como si el ruido de cráneos en las fosas
se pareciera al silencio
que hay en el silencio
hijo mío.

Como si lo que pasa
día a día
no pasara.

Néstor Raúl Correa

Cuando las cifras de muertes durante la pandemia comenzaron a subir en nuestro país, la sensación de irrealidad era inmensa. ¿Quinientas personas? ¿Cómo? ¿Mil? ¿Dos mil, cuatro mil, siete mil? Sin embargo, la reacción de la opinión pública frente a esa enorme cantidad de muertes estuvo signada por la resignación, y aunque resulta comprensible que mucha gente pierda la vida durante una pandemia mundial, la relativa indiferencia de la mayoría de la población, azuzada por la ausencia de rituales simbólicos comunitarios vinculados con ese duelo (¿un memorial?, ¿un día de recordación?, ¿un documental emotivo?, ¿algo?) pareció demostrar que, ya desde hace mucho tiempo, no existe nada capaz de impactarnos demasiado. Desde amplios sectores del gobierno se empezó a hablar insistentemente de lo buena que había sido la gestión de la pandemia, y una encuesta sociológica zanjó la cuestión al demostrar que el 84 por ciento de la población aprobaba las medidas que se habían tomado. Como dicen las cientos de placas y reels que aparecen en las redes sociales con tips y estrategias para sentirnos bien con nosotros mismos, ya era hora de soltar y seguir adelante. Dejar el pasado atrás. Tener un buen día. Sonreír.

Como bien predijo Walter Benjamin a mediados del siglo XX, en este futuro del futuro estamos inmunizados. El asombro ya no forma parte de nuestra vida cotidiana. Solo el fin de semana pasado fueron siete los homicidios, cuatro en Montevideo y tres en el interior. Igual no superaron lo sucedido en el mes de mayo, cuando entre el sábado 28 y el domingo 29 murieron ocho personas a manos de otras. Frente a la afirmación de que en lo que va de 2022 estos casos aumentaron el 39 por ciento en comparación con el año pasado, el presidente Lacalle Pou salió a decir que interpretar así las cifras era un acto de mala fe, que había que comparar con los números anteriores a la pandemia para ver que, tomando como referencia 2019, el aumento solo se trataba de un 8,7 por ciento. No hay que exagerar. Así, estadísticas, datos y cifras llenan los titulares y los hilos de Twitter. Eso es lo que se discute porque es lo que importa. Lo comprobable, lo considerado político.

No sabemos casi nada sobre las víctimas. La única parte de su historia que se cuenta es la que tiene algo que ver con el modo en el que murieron. Parece que era traficante y estaba loco, por eso las partes de su cuerpo se encontraron flotando en el río. No lo dejaba ver a los hijos, por eso la mató. Es evidente que fue un ajuste de cuentas. Y qué querés, si viven en medio de los tiroteos. Algo habrán hecho. Como las que andan borrachas de noche y llevan polleras cortas.

Ya lo dijo el ministro del Interior, Luis Alberto Heber, para quitarse responsabilidad acerca del asesinato que sufrió, en Colonia Nicolich, una pareja frente a sus hijos: «Estaban vinculados con el narcotráfico. […] No era una familia que progresó por sí sola». El ministro sugirió sin pelos en la lengua que esas muertes (¡una pareja que estaba llevando sus hijos a la escuela!) se habían dado debido a la condición social de las víctimas. La revictimización continua de quienes son asesinados tiene un subtexto, un mensaje subliminal que parece repetirse hasta el infinito: si somos buena gente, si tenemos moral de trabajo, si somos funcionales al Estado y al sistema, no tenemos de qué preocuparnos. Nos merecemos tener un buen día. Comer algo rico. Comprar ropa nueva. Desestresarnos. Soltar.

A pesar de la violencia extrema que se vive en Rivera, con 17 homicidios en lo que va del año en un departamento de 102 mil habitantes, la excepcionalidad uruguaya con respecto a lo que sucede en el resto de América Latina y el mundo es un relato al que nadie está dispuesto a renunciar. Al hablar sobre el tema, Heber, al igual que Lacalle Pou, volvió a instar a la población a abstenerse de exagerar: «No estamos viviendo una situación tipo Sinaloa», expresó. A la vez, el ministro reconoció que resultaba inconveniente poner una base de la Republicana en ese departamento porque podría ser atacada por el crimen organizado, «que busca armas». La construcción simbólica de una actitud resignada supone, también, reconocer como imposible disputar ciertos espacios con las fuerzas paraestatales. Pero, además de negar cualquier relación posible entre delincuencia y necesidad de políticas sociales sostenidas, el llamado a la tranquilidad social continúa basándose en una noción de seguridad que traza una línea divisoria entre quienes son considerados personas y quienes no, y que se apoya en un sistema de derecho penal al que, dando la espalda a cualquier tipo de evaluación o planificación de largo aliento, se le pide mano dura y penas mayores. Seguimos alimentando un sistema punitivo para el que ningún progresismo parece dispuesto a ofrecer alternativas serias. Nadie quiere pagar el costo político de meterse de lleno con estos temas. Parece preferible pagar el costo humano.

Los feminismos, que se han dedicado con desesperación a pensar en los orígenes de la violencia, ofrecen algunas respuestas que siguen siendo desatendidas. Hablan del mandato de masculinidad, de la necesidad que tienen los varones de probar su potencia, de los conflictos íntimos del poder, de la frustración continua que deriva de la expulsión institucional constante y de la extrema precariedad laboral, de la imposibilidad casi total que ofrece el capitalismo neoliberal para encontrar sentidos colectivos que sostengan la vida. Pero si, a pesar de que las teorizaciones y las prácticas no son suficientes, al menos la violencia de género está en proceso continuo de discusión política, hay otras que tienen aún menos prensa. La violencia patronal. La violencia de clase. La violencia de la marginalidad. La violencia de la ignorancia. La violencia de vivir en un barrio cruzado por las balas. La violencia de saber que, como decía el poeta Néstor Perlongher, en nuestras democracias hay cadáveres, literales y metafóricos, por todos lados: «Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres/ En la trilla de un tren que nunca se detiene/ En la estela de un barco que naufraga/ En una olilla, que se desvanece/ En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones/ Hay Cadáveres […] En el campo/ En la casa/ En la Caza/ Ahí/ Hay cadáveres».

Hablar de lo obsceno de la violencia no es nada nuevo, dirán algunos lectores. Pero las familias y las amistades de quienes son asesinados y asesinadas cada día no tienen espacios legitimados en los que hablar o escribir. A veces nos encontramos con sus palabras en las redes sociales, pero seguimos escroleando porque para qué sirve tanta tristeza si en todos los medios, en todos lados, escuchamos, vemos y leemos que no hay nada que hacer más que cruzar porcentajes y estadísticas. Que esos otros no son como nosotros. Que hay personas que no son suficientemente personas como para ser escuchadas, lloradas, reivindicadas, ser sujetos de derecho, obtener justicia. Desde una óptica de superioridad, la parte buena de la sociedad asume que no hay ningún problema en naturalizar acciones en contra de la dignidad y la vida de aquellos a quienes no reconoce como humanos. Pero para qué pensar en eso, si ya está todo dicho y todo hecho, y nada cambia. Es mejor dedicarse a soltar. Tener un buen día. Sonreír.

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