En el invierno de 1945, docentes y estudiantes de magisterio decidieron salir al encuentro del Uruguay profundo. En los rancheríos de Caraguatá (Tacuarembó), nació una experiencia única en la historia de la educación uruguaya: las misiones pedagógicas, que rápidamente cambiaron su nombre para convertirse en sociopedagógicas, porque la intervención que realizaron aquellos maestros fue mucho más que una incursión educativa y el alcance de su tarea abarcó otras disciplinas. El proyecto, que había nacido en el marco de la creación de la Federación Uruguaya de Magisterio y fue impulsado por maestros de los Institutos Normales de Montevideo, se convirtió en una verdadera experiencia interdisciplinar cuando en siguientes intervenciones se sumaron profesores y alumnos de distintas facultades: Medicina, Derecho, Odontología, Agronomía. Si en la actualidad la caminería rural de varias zonas del país deja mucho que desear, no resulta difícil imaginar lo que era hace 80 años el acceso a aquellos parajes remotos. Es cierto que las distancias en aquella campaña eran grandes, pero más grande aún era el trayecto entre el derecho de los habitantes del medio rural a acceder a una vivienda digna o condiciones mínimas de asistencia sanitaria y el cumplimiento real de ese derecho. Las misiones se propusieron achicar la brecha, posibilitar que el Estado llegara a los rancheríos perdidos en el campo.
Inspirada en las Misiones Culturales mexicanas y en las Misiones Pedagógicas de la España republicana, esta iniciativa tenía un doble propósito: acercar a las poblaciones rurales prácticas de salud, arte, alfabetización y participación comunitaria, pero también ofrecer a los futuros docentes una experiencia directa con la realidad del medio rural. Como recuerda el maestro e investigador Gabriel Scagliola,1 las misiones fueron una forma de denunciar el abandono en que vivía gran parte del país y, al mismo tiempo, la posibilidad de poner en práctica los ideales de extensión cultural promovidos por los congresos internacionales de estudiantes latinoamericanos celebrados desde principios del siglo XX; el primero de ellos, en 1908, en Montevideo.
Pero el mayor impacto no siempre fue el que se logró en las comunidades, sino en los propios misioneros. Muchos de ellos regresaban a la ciudad con una conciencia nueva sobre la desigualdad, la pobreza y el papel social del maestro: «Aprendieron allí de golpe, brutal pero eficazmente, las contradicciones de nuestro mundo económico. Entre vacas y sin carne ni leche; entre ovejas y muriendo de frío en el campo y sin agua. Con la escuela próxima y no pudiendo ir a ella por falta de ropa. Aprendieron a ver que hay gente que no conoce el himno nacional y hasta encontraron adultos que no conocían la moneda de uso corriente. Aprendieron también que la escuela debe hacer otras cosas, antes que enseñar a leer y escribir»,2 escribió Julio Castro, uno de los maestros que participó en la primera misión. Castro publicó en Marcha tres crónicas de la experiencia (recogidas luego en el número 7 de Cuadernos de Marcha) y aportó, indirectamente, al debate que por aquellos años tenía lugar en el Parlamento, cuando se discutía la ley de colonización.3 Los titulares eran elocuentes: «En el campo hay gente que se muere de hambre».
Pronto el movimiento creció y la experiencia se replicó en varias zonas rurales, a razón de dos misiones por año: Perseverano (Soriano), Arroyo de Oro (Treinta y Tres), Arroyo de la Mina (Cerro Largo), Pueblo Fernández (Salto). La Universidad de la República (Udelar) no fue ajena al proyecto y en 1959 –un año después de la aprobación de su Ley Orgánica– creó el Departamento de Extensión y Acción Social y las misiones pasaron a integrarse institucionalmente en el marco universitario, aunque con el tiempo fueron perdiendo fuerza.
En estos tiempos, en los que se debate el futuro de la formación docente y la creación de la Universidad de la Educación, las misiones resurgen como una experiencia potente de educación transformadora, comprometida con la realidad social y anclada en el territorio. Así lo testimonia Jorge Bralich –docente e investigador que participó en más de una misión– en un libro de 1986, que debería ser de referencia para el debate actual: Las misiones socio-pedagógicas: una experiencia precursora de la extensión universitaria.
UNA MEMORIA CON FUTURO
A 80 años de la primera misión sociopedagógica realizada en Caraguatá, el Consejo de Formación en Educación (CFE), el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y la Udelar organizan un congreso en Tacuarembó del 29 al 31 de julio. Será el primer encuentro regional de varios que tienen por objetivo recuperar la memoria de las misiones y visibilizar su legado y pensar de qué manera dialoga con los desafíos actuales de la educación pública, especialmente en contextos de vulnerabilidad.
La agenda comenzará el martes 29 en el Club Tacuarembó, con la apertura oficial a cargo de autoridades del CFE y del MEC. La jornada estará dedicada a la memoria viva del movimiento misionero: participarán maestros rurales que darán su testimonio, varios docentes presentarán ponencias, habrá una muestra fotográfica y documental. Limber Santos, Gabriel Scagliola, Sheila Tarde y Julio Arredondo serán los encargados de cerrar la jornada de conferencias.
El miércoles 30, la actividad se trasladará a Caraguatá; allí se desarrollará una feria de proyectos educativos interinstitucionales, se colocará una placa conmemorativa en la escuela 61 Maestro Agustín Ferreiro y culminará con un fogón cultural, con presentaciones de grupos de danza y música local a cargo de vecinos y estudiantes.
El jueves 31, la sede del Centro Universitario Regional de la Udelar será el espacio para el cierre: durante la mañana habrá talleres con estudiantes universitarios y de formación docente. En la tarde, en el Teatro Escayola, se exhibirá una muestra audiovisual realizada por Cineduca y tendrá lugar una mesa redonda sobre el vínculo entre las misiones y la creación de la Universidad de la Educación, con la participación de Luis Yarzábal, Walter Fernández Val, Gabriel Quirici y Rosana Cortazzo. ¿Cuál es el contenido crítico y político de una misión educativa en el Uruguay del siglo XXI? ¿Cuáles son «los rancheríos» o los territorios que más necesitan una presencia pedagógica transformadora? ¿Cómo se articulan las «misiones de hoy» con una de las prioridades del gobierno nacional, como es la protección de las infancias y la lucha contra la pobreza infantil? Con estas y otras preguntas, la memoria de las misiones vuelve a situarse en el centro del debate sobre el sentido de la formación docente y el rol de la educación pública en la democratización, no solo del conocimiento, sino del acceso y el cumplimiento de derechos fundamentales como la salud, la vivienda y la participación ciudadana.
- Misiones sociopedagógicas de Uruguay (1945-1971). Documentos para la memoria (Administración Nacional de Educación Pública, 2012). ↩︎
- Castro, Julio. «Balance de la misión pedagógica». Marcha, 3 de agosto de 1945. ↩︎
- Scagliola, Gabriel. «Una experiencia desconocida: las Misiones Socio-Pedagógicas en Uruguay (1945-1959)», en Revista del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación, n.º 44, 2018. ↩︎