—¿Qué desea, joven? –un mozo de cara seria, tan parecido a Zitarrosa, pregunta, en un bar frente al mar, lo que se pregunta a los parroquianos en Montevideo así tengan 100 años.
Y mientras va en busca de uno de esos cafés renegridos como un crimen –esos cafés que solo ocurren en Montevideo– te deja pensando en tus deseos.
El primero ya está cumplido: estar hoy aquí, en la proa de Benito Blanco y Buxareo, entre ventanales que dan al mar.
Hace medio siglo que vivo en Buenos Aires, ciudad llena de bares si las hay. Pero necesito venir, como quien visita a los parientes, a los bares de Montevideo. Son una alegría, una sorpresa. Siento que entro en un barco, si el bar queda en Pocitos. O en lo intemporal, si queda en La Unión.
El pasado me rodea como en esas fotos familiares en que los bisabuelos no se desvanecen. El tiempo pasado y el tiempo presente se igualan, en las calles arboladas de plátanos.
Solo mencionaré a Buenos Aires –su impaciencia, su vértigo, su verborragia que suprime y que inventa palabras, diariamente– para decir que he aprendido a amarla. Mucho.
Pero en Montevideo alcanza con respirar y el bienestar entra en los pulmones.
—Idealizás –dice mi hermana, que vive en esta banda, cuando enumero los pormenores de mi amor: el aire diáfano, el fainá del borde, los bancos de granito de la Rambla Sur o los de madera de Punta Carretas, la constante caricia de las olas a lo largo de esta ciudad desde el amanecer hasta la puesta de sol… y en las horas oscuras, cuando las olas se sienten, pero no se ven, salvo bajo el reflejo de la luna.
¿Habrá otra ciudad enjoyada por 30 quilómetros de horizonte abierto…?
Recorrí un largo tramo de rambla, una vez, con una tabla de dibujo al hombro. Iba rumbo al IPA… ya cruzaba la plaza Independencia para entrar por Sarandí. Era un 20 de octubre luminoso. Tuve una inspiración genial: decidí una rabona. Doblé a la izquierda con tabla y todo, bajé a la rambla por el costado del Teatro Solís y la recorrí tranco, tranco, hasta el parque Rodó, ¡con una alegría!
Así llegué al taller de Edgardo Ribeiro, que a mis 20 años era para mí el lugar más feliz del mundo. Falté a dibujo técnico, sí. En cambio, pinté unas flores lo más lindas. Me queda desde entonces la certeza de que caminar por la rambla lo acerca a uno a la felicidad.
Otro elogio, otro gracias, le debo a la tierra en que nací: el ritmo.

No solo el ritmo de los tamboriles, que durante 23 veranos escuché bajar por Rondeau o serpentear por Tristán Narvaja…, ese ritmo oriental inconfundible, sino todos los ritmos amados del pago en que nací. El ritmo del paisaje (que no es llanura). El ritmo que enseñó Joaquín Torres García y que, si usamos el compás de relación áurea, encontramos en las ramas de los árboles, en los diseños armoniosos, en la relación entre nuestra boca y nuestra frente… El ritmo de dos por cuatro que soñó Gerardo Matos Rodríguez una noche de fiebre –cuando no tenía, creo, ni 20 años– y que, en cuanto se despertó, le pidió a su hermana, que sabía escribir música, que atrapara en un pentagrama.
«En el principio fue el ritmo», dice un adagio africano.
Es así.
El ritmo del primer corazón que escuchamos sobre el nuestro.
El ritmo de las conversaciones de mis padres, pautado por el clic con que él encendía aquellos cigarrillos Unión. El ritmo de las frases tranquilas, apenas lejanas, con el que nos dormíamos.
Palabras familiares ni siquiera escuchadas del todo, pero protectoras y suaves como el ruidito de olas de la orilla, son parte de lo que vengo a buscar en la Banda Oriental cada verano.
A lo mejor ustedes no se dan cuenta, porque las escuchan como quien oye llover. Sencillas y claras. Pero sepan que las palabras en Uruguay son poéticas. Será por el tono con que las usan… Voces sin apuro, que dicen «mi negra», «chingolita», «¡gurises mandinga!», «mormazo», «apechugar», «encarrilarse», «jazmín del país», «franfrúter», «corasanes».
Y palabras bromistas, como las de los cuentos de Wimpi y de Juceca. O, como chuceaban a Roberto de Espada (recién llegado de Rocha, la bien hablada) sus compañeros de pensión: «Roberto, ¡pásame el Cuélgate!».
Palabras cariñosas me salen al encuentro en cuanto llego a Tres Cruces. Ese lenguaje familiar que nos beneficia en conversaciones y canciones. La poesía oriental va directo al corazón.
Los poetas hablan como la gente.
En Montevideo hay poetas, poetas, poetas.
Eso me maravilla siempre.





