Y los trumpistas, contentos - Semanario Brecha
El primero de sus cuatro

Y los trumpistas, contentos

Cuando Estados Unidos inicia la celebración de su 250 aniversario, el presidente Donald Trump completa el primer año de su segundo mandato con arremetidas a los bretes de la democracia representativa.

Donald Trump llegando a la Casa Blanca, Washington, en octubre de 2025. Xinhua, Hu Yousong.

Una encuesta de SSRS Survey para CNN encontró que el 58 por ciento de los adultos opina que su primer año en la presidencia es un fracaso en asuntos como la economía, la política exterior y la inmigración. Esto deja la realidad de que más del 40 por ciento lo sigue apoyando. No es una minoría desdeñable.

En noviembre de 2024, Trump ganó la presidencial con el respaldo del 49,8 por ciento del electorado, contra 48,3 de la demócrata Kamala Harris. Si se tiene en cuenta que la participación fue del 66,1 por ciento, el retorno de Trump estuvo marcado por la oposición de quienes votaron por Harris y la indiferencia de los que se quedaron en casa.

No obstante, Trump ha marchado pugnaz en la aplicación de un programa revolucionario tal y como si hubiese obtenido un mandato mayoritario. Y sus seguidores más fieles siguen encantados porque creen que responde a la necesidad de un «hombre fuerte» en la actual circunstancia de Estados Unidos. Fanfarronerías y amenazas, insultos y exageraciones son tácticas del genio negociador que es Trump, opinan. Claro que, de vez en cuando, para contentar a la hinchada hay que respaldar con hechos, y de ahí, por ejemplo, el coscorrón a larga distancia para Irán y la violación de Venezuela.

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En los 12 meses desde que retornó a la Casa Blanca, Trump ha firmado 225 decretos, en una inflamación del Poder Ejecutivo que supera los 162 firmados por su predecesor, Joe Biden, en cuatro años; Barack Obama firmó 267 en ocho. En los primeros meses de su mandato usó con sagacidad al errático milmillonario Elon Musk para despedir expeditamente a decenas de empleados públicos y para atemorizar a los otros cientos de miles con la incertidumbre de sus propios empleos. Tras prometer «retribución» contra políticos, funcionarios, empresarios y académicos a quienes considera sus enemigos, inició juicios, apremió a universidades, amenazó con represalias a grandes medios de comunicación y empleó la fuerza policial y militar para reprimir protestas.

Uno de los aspectos paradójicos en la firmeza del apoyo con el que cuenta es la contradicción entre las opiniones y las opciones acerca del poder gubernamental.

Una buena porción de lo que en Estados Unidos se considera(ba) conservadurismo es el repudio a la intervención del gobierno en la economía, la educación, las relaciones laborales o el bienestar social. Los conservadores de otrora maldecían los programas –en general, promovidos por los demócratas–
y denunciaban funestos avances «comunistas» en cualquier propuesta gubernamental.

Trump ha intervenido militarmente en estados con gobiernos demócratas y usado la retención de financiación a instituciones educativas y empresas para eliminar programas que enfaticen la inclusión e igualdad de derechos de minorías y mujeres. Aplicó, desaplicó, aumentó y redujo tarifas sobre las importaciones como parte de su política económica y su trato con aliados y socios comerciales. Hizo y deshizo y volvió a tejer tarifazos sin la menor consulta con el Congreso, institución que tiene las atribuciones para crear impuestos.

Por orden presidencial, Estados Unidos bombardeó en junio –con éxito todavía dudoso– instalaciones nucleares de Irán supuestamente vinculadas a un programa de armas atómicas. En días recientes, acentuó su campaña contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, porque este se niega a cumplir con la rebaja de las tasas de interés que él considera necesaria para mejorar la economía.

A lo largo del año y con la excusa de combatir el crimen o arrear inmigrantes indocumentados, despachó la Guardia Nacional a ciudades con gobierno demócrata, sin mucha consideración por las barreras legales al uso de la fuerza militar en funciones de la Policía.

Luego de meses de misilazos en el Caribe y el Pacífico contra botes supuestamente involucrados en el contrabando de drogas, ordenó un ataque contra Venezuela y el secuestro de su presidente, sin demasiada consideración por el papel que la Constitución asigna al Congreso en las decisiones sobre guerra. Durante una entrevista con The New York Times dijo que la única restricción que reconoce a su capacidad como comandante en jefe para lanzar ataques militares contra otros países es la que imponen su mente y su moralidad. En otra, y en relación con las legislativas de noviembre –en las que el trumpismo podría perder su escasa mayoría parlamentaria–, sugirió que, tal vez, no debería haber elecciones.

Con la libertad que a todo presidente otorga el que ya no competirá por la reelección, Trump aceleró el empuje de su transformación del sistema político antes de entrar en el segundo año, cuando su capital político empezará a mermar. Los medios y políticos que se le oponen hacen cada vez más énfasis en su edad (79 años) y en los gestos, tropiezos, distracciones, somnolencia y discurso divagante que, en la esperanza de los contra, son evidencias de senilidad. Pero él continúa con sus largas disquisiciones erráticas distribuidas en la madrugada por su red Truth Social, y convoca a conferencias de prensa de forma constante, para desconcierto de quienes le siguen las huellas.

Ningún otro presidente de Estados Unidos intentó, y de manera tan descubierta y declarada, la concentración de poderes. El sistema político del país ha tenido, ya, un desafío que continuará más allá de su gestión.

La más reciente de sus rabietas revela rasgos infantiles y mezquinos: el Premio Nobel de la Paz. Trump lo codicia y, aparentemente, no toma en cuenta que cuanto más lo reclame, menos lo obtendrá. Contento como niño en Día de Reyes, recibió la hasta entonces inexistente presea de la Paz otorgada por la FIFA, y más alegre se quedó cuando la venezolana María Corina Machado le obsequió la medalla que es parte de su propio Nobel. Pero ni modo. Trump quiere la distinción suya y, enojado porque no se la han dado, espetó tarifas comerciales contra Noruega y las extendió a los aliados europeos que se oponen a la anexión de Groenlandia. Días después de la intervención militar en Venezuela, dijo que, si no logra adquirir Groenlandia «por la vía fácil», tendrá que hacerlo «por la vía difícil». «Vamos a hacer algo en Groenlandia, les guste o no», añadió el aspirante al Premio Nobel de la Paz.

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