La liberación de los llamados archivos Epstein de los últimos meses provocó un enorme revuelo en los medios masivos y en internet, no solo porque en ellos haya mucha información relevante sobre la red de corrupción, abuso, pedofilia y trata de personas (de hecho, gran parte de la información está censurada), sino por su impacto cultural. Desde hace algunos años (en particular durante la última campaña electoral estadounidense), fue incrementando la expectativa sobre esos documentos. Muchos esperaban que su liberación revelara de forma clara la inmensa trama de pedofilia y corrupción.
Pero lo que pasó fue algo bien distinto. Los documentos liberados a regañadientes por el gobierno de Donald Trump no dieron lugar a una abrupta revelación de una verdad definitiva, sino que, entre su vastedad (son varios millones de páginas), fragmentariedad (no hay ninguno que contenga toda la información sobre un asunto), aleatoriedad (son sobre temas muy diversos), imprecisión (la mayoría no da muchos detalles) y parcialidad (aún faltan millones y los que se liberaron están censurados en partes sensibles), más que mostrar a todas luces una verdad irrefutable, provocaron un shock de archivo: no la aparición de una verdad, sino la irrupción de un volumen de información tan grande que vuelve imposible cualquier cierre narrativo concreto.
INTELIGENCIA COLECTIVA
En seguida de la publicación de los documentos, miles (tal vez millones) de personas se zambulleron en ellos a rastrear nombres, cruzar fechas, comparar fotos, reconstruir itinerarios de viaje, crear visualizaciones, producir memes, escribir hilos, elaborar teorías plausibles o descabelladas. A diferencia de lo que pasó con las filtraciones de los Panama Papers o WikiLeaks, que fueron difundidas por medios periodísticos que antes habían hecho un procesamiento de la información, los archivos Epstein fueron liberados en lote y fueron los usuarios de internet quienes hicieron el procesamiento, luego levantado por los medios. Un experimento de OSINT (inteligencia de fuente abierta) masivo y espontáneo, que mezcla prácticas periodísticas, cultura forense digital, de foros y comunidades digitales, orientado en algunos casos a encontrar fragmentos de una verdad, a fin de cuentas, inescrutable, o de confirmar certezas previas. La misma infraestructura técnica –buscadores, reconocimiento óptico de caracteres, scraping, bases de datos colaborativas, herramientas de visualización– y conceptual –crowdsourcing (investigación colaborativa), desconfianza de las narrativas oficiales– sirve tanto para investigación rigurosa como para teorías conspirativas. No hay una tecnología de la verdad y otra de la falsedad, hay herramientas que operan en regímenes de verdad distintos.
La liberación de los archivos, así como su contenido (a la vez inmenso, impactante y repugnante), resuenan con una cultura en la que la indignación, el escándalo y la desconfianza conviven con una vara muy baja en materia de criterios de validez de la información, un extendido maniqueísmo social y político (en Estados Unidos el maniqueísmo religioso es un fenómeno muy relevante), y teorías conspirativas que inundan el discurso público. En ese contexto, Epstein funcionó menos como origen que como catalizador, como un punto en el que ansiedades e imaginaciones preexistentes encontraron material empírico con el que articularse.
Si bien hay más incertidumbres que certezas, es innegable que los procesos penales y civiles contra Jeffrey Epstein y su pareja y cómplice Ghislaine Maxwell (que empezaron en 2005 con las primeras investigaciones del FBI) destaparon una gran red que vincula a grandes líderes políticos, empresarios, académicos y celebridades de varios países y que incluye espionaje, corrupción y abuso sexual. La liberación de los documentos viene, además, a sumarse a las repercusiones del caso penal contra el rapero y empresario Sean Combs (conocido como P. Diddy), acusado de liderar una gran red de explotación sexual de menores a la que estaba vinculada gran parte de la farándula estadounidense y condenado en 2025 por tráfico de personas con fines de prostitución. Estos dos acontecimientos no solo ponen bajo la lupa a muchos actores poderosos en la política, la economía y la cultura, sino que fortalecen la retórica conspiracionista, que lleva años circulando, acerca de una supuesta gran red satánica de abuso sexual ritual de menores.
EPSTEIN Y LA CONSTRUCCIÓN DEL MOMENTO CONSPIRACIONISTA
El conspiracionismo y sus ideologías relacionadas han tenido preocupación por el abuso infantil por mucho tiempo. Se hizo muy fuerte en los setenta, y más aún en los ochenta y noventa, con algunos best sellers, cobertura amarillista de parte de los medios (en particular talk shows como los de Oprah Winfrey, Sally Jessy Raphael, Phil Donahue y Geraldo Rivera), y el auge del llamado pánico moral sobre el abuso ritual satánico, que se extendió por el mundo, pero fue en especial fuerte en Reino Unido, Australia y Canadá, y sobre todo en Estados Unidos por su larga tradición de milenarismo y maniqueísmo y su movimiento conservador conocido como la mayoría moral. Las narrativas conspirativas acerca de abuso infantil lograron entonces inundar el imaginario colectivo durante un buen tiempo y se combinaron con narrativas anticomunistas, racistas y aislacionistas. Pero, a mediados de los noventa, cuando se revirtieron miles de condenas y se vio que muchos casos de supuesto abuso satánico fueron engaños o mala praxis psiquiátrica, el tópico perdió protagonismo, suplantado por teorías más políticas y un revival del conspiracionismo ovni.
Las narrativas conspiracionistas ganaron fuerza de nuevo cuando en 2006 Jeffrey Epstein fue acusado de varios cargos de abuso sexual. En 2007, su equipo legal logró1 un acuerdo con el fiscal federal del Distrito Sur de Florida, Alexander Acosta (luego secretario de Trabajo del primer gobierno de Trump), en el que, a cambio de declararse culpable de dos cargos de prostitución (finalmente se declaró culpable solo en uno), tanto Epstein como cuatro cómplices identificados y cualquier otro cómplice no identificado recibirían inmunidad para todos los demás cargos. Al final, Epstein fue condenado a 18 meses de prisión (de los que cumplió 13) en una cárcel de lujo, con permisos de salida por trabajo de 12 horas diarias, y luego por un año de prisión domiciliaria en su mansión de Miami, tiempo durante el que se le permitieron numerosos viajes a sus residencias en Nueva York e Islas Vírgenes, así como salidas de compras y largas caminatas por la playa. Este acuerdo consolidó la percepción de que el sistema judicial trata de manera radicalmente distinta a los extremadamente ricos y conectados, y no solo impactó a grupos conspiracionistas, sino a toda la sociedad estadounidense.
Ocho años después, en medio del proceso electoral que llevaría a Donald Trump a la presidencia por primera vez, las narrativas acerca de redes de pedofilia vinculadas a las élites políticas, económicas y culturales volvieron a escena con el surgimiento del fenómeno Pizzagate y más tarde con QAnon. Estos dos movimientos, surgidos en internet, pero con un claro impacto en los medios tradicionales y en la política y sociedad en general, retomaron esas narrativas y conformaron un cóctel explosivo al agregarles de nuevo el componente satánico y vincularlas con teorías conspirativas acerca de una serie de asesinatos políticos supuestamente ejecutados por la familia Clinton (la llamada Clinton body count, la lista de cuerpos de Clinton, una narrativa conspiracionista surgida a principios de los noventa que tuvo un fuerte impulso gracias al apoyo del televangelista Jerry Falwell). En la mezcla también entró el conspiracionismo acerca de un supuesto complot mundial para instaurar el comunismo. Estos fenómenos, en particular QAnon, trajeron una serie de ideas conspiracionistas de lugares remotos de internet a la población general, y no solo las normalizaron, sino, como afirmaron algunos académicos, las normificaron.2
De esta manera, Jeffrey Epstein, sus crímenes, sus amigos y allegados, sus procesos penales, sus vínculos con el poder político y económico y su muerte, funcionan a la vez como nueva iteración, pero también como catalizador de las narrativas conspiracionistas de los últimos años, que se ven revitalizadas y actualizadas.
SOMOS LEGIÓN
La relación entre Pizzagate, QAnon y los archivos Epstein no es solo temática. En gran medida, los tres fenómenos son parte de una cultura de la desconfianza, pero también de la investigación abierta y colaborativa.
Pizzagate surgió de la filtración de los correos del jefe de la segunda campaña presidencial de Hillary Clinton, John Podesta. Cuando se produjo la filtración, los usuarios del tablón /pol/ de 4chan3 enseguida empezaron a revisar los documentos, convencidos de que encontrarían la evidencia incontrovertible de una trama de pedofilia en el seno del Partido Demócrata. Pero, como no encontraron nada, les pareció evidente que debía haber un código secreto, porque su hipótesis inicial no podía ser errónea. Vieron que en los correos se hablaba mucho de comprar comida rápida, en particular pizza, y, en vez de pensar que en medio de una estresante y demandante campaña el equipo simplemente compraba mucha comida (como pensaría cualquier normie), especularon que pizza de queso significaba porno infantil, pizza era una niña, hot dog un niño y salsa una orgía, y, evidentemente, el sótano de la pizzería preferida del equipo de Clinton debía de ser en realidad el lugar donde estaban los niños secuestrados. La pizzería no tenía sótano, pero fue necesario que un participante de /pol/ entrara con una metralleta al local y amenazara a clientes y personal para comprobarlo.
QAnon no surgió de la liberación de miles de documentos, sino de publicaciones quirúrgicas en 4chan y luego en 8chan (otro sitio parecido), pero su crecimiento también se basó en la investigación independiente y colaborativa. A partir de los cortos mensajes crípticos del usuario Q y de sus propias imaginaciones, los QAnoners (los más activos seguidores del fenómeno) realizaban sus especulaciones para entender las verdades que Q les comunicaba.
Tras una década marcada por filtraciones (Snowden, WikiLeaks, Panama Papers), espionaje estatal (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Pegasus) y corporativo (Cambridge Analytica, Google y Facebook), en la que las teorías conspirativas emergieron de los rincones oscuros de internet a la política institucional,4 la liberación de millones de documentos del caso Epstein genera una inmensa expectativa.
Pero el archivo infinito, sin indexación, con censura, todavía parcial, manchado de sospechas desde el principio y cargado de presunciones, provoca demasiado ruido. Cuando hay millones de documentos, siempre hay patrones posibles, coincidencias que pueden narrarse como causalidades, nombres que pueden conectarse. La sobreabundancia de información no elimina la especulación, la multiplica. Cada usuario puede construir su propia narrativa.
UN ESPÍRITU DE ÉPOCA
La liberación masiva no produjo una revelación, sino un régimen de lectura. Frente a millones de páginas fragmentarias y parciales, el archivo opera como una máquina de sospecha: cada vacío invita a la conjetura, cada coincidencia puede narrarse como prueba. El efecto de transparencia absoluta, lejos de pacificar, intensifica la ambigüedad interpretativa.
Este movimiento expresa algo más amplio que el caso en sí. Vivimos en una cultura que sospecha por defecto, que organiza comunidades en torno a la búsqueda de tramas ocultas y que convierte la investigación abierta en práctica cotidiana. Allí conviven el escrutinio legítimo del poder y la deriva conspirativa, la colaboración rigurosa y la fabulación. Así, el resultado no será una verdad definitiva, sino una escena pública donde todo documento es punto de partida.
- El equipo legal de Epstein en su primer procesamiento estuvo compuesto, entre otros, por Alan Dershowitz (profesor de derecho en Harvard y parte de los equipos de defensa como los de Harvey Weinstein, O. J. Simpson, Donald Trump y Julian Assange) y Kenneth Starr (procurador general durante la presidencia de George H. W. Bush). También colaboró el profesor de Harvard, y amigo de Epstein, Steven Pinker. ↩︎
- El término normie se usa en foros marginales de internet para referirse a las personas que no son usuarias habituales de estos espacios. ↩︎
- Un espacio central del movimiento alt-Right y del conspiracionismo de la década pasada, que (oh, sorpresa) también aparece en los archivos Epstein (Garbage Day, 2-II-26). ↩︎
- Si bien no se veía, al menos desde la guerra fría, un fenómeno de tal dimensión como el actual (con, por ejemplo, congresistas QAnoners en Estados Unidos y presidentes conspiracionistas en Argentina o Hungría), el conspiracionismo siempre se ha metido en las instituciones. ↩︎






