Hablar de Willie Colón, nacido en Nueva York en 1950, es hablar de la propia infraestructura sonora de la diáspora, de una forma de transmodernidad latina que se inventó en los márgenes del imperio. Ya con 15 años tocaba el trombón en La Dinámica, una orquesta formada por jóvenes vecinos del Bronx que empezaban a experimentar con los ritmos latinos que sonaban en el barrio. Con 17 grabó su primer disco, El malo, ingresando en el universo Fania, y al año siguiente ya empezaban a hacer historia con Héctor Lavoe.
Más allá de gustos y preferencias, de diversidad de opiniones y polémicas, nadie se opondría a la idea de que Colón es uno de los verdaderos constructores del sonido salsero, columna vertebral del género. Se ha mencionado la importancia de sus trabajos con Lavoe primero y con Rubén Blades después, pero su trascendencia va mucho más allá de esas colaboraciones legendarias.
Colón le dio a la salsa el componente que le faltaba para diferenciarse y consolidarse como algo propio en relación con otros ritmos tropicales afrocaribeños. Y ese ingrediente no fue sacado de la raíz, de la tradición; o sí, pero en forma de reescritura. Le aportó lo urbano, la ciudad, el Bronx, el peligro, lo oscuro. Se podría pensar que el gesto de Colón contaminó el género, le sacó su alma, pero en realidad fue una acción profundamente latina y una verdadera revolución a la hora de entender la propia latinidad. Ya no desde una esencialidad ancestral, o desde una territorialidad vacía, sino desde los tránsitos, desde lo híbrido, desde los cruces.
Colón entendió que eso también era ser latinoamericano y que un género musical que se dignara de serlo debía incluir esos otros rasgos contemporáneos de identidad. Es un relato poslatinoamericanista, en el que el universo ya no solo es la utopía anticolonial, las luchas campesinas por la tierra, las dictaduras, la desigualdad, la explotación y el antimperialismo, sino también las migraciones, la vida en un mundo capitalista, la industria, la tecnología y la globalización.
Este gesto estuvo principalmente en el sonido –menos tropical, más urbano–, con vientos rabiosos, ásperos y pesados que más que a cantos de pájaros se asemejaban a cláxones y sonidos de la ciudad. O por la integración del rock, el pop, el jazz, la balada de la época, el boogaloo, el calipso o la música brasileña, que estuvo siempre muy presente en su obra.
Pero también fue vehiculizado por las temáticas y las letras, y por lo visual. Ya desde su primer disco, El malo (1967), es posible apreciar estas tres dimensiones. Desde el sonido agresivo, disonante y deliberadamente tosco, pero también por la lenta aparición de letras con historias de calle, de bajos fondos, supervivencia, exclusión social, noche, conflictos contemporáneos, resistencia y redes comunitarias.
Esa línea se consolida luego en sus trabajos con Lavoe, iniciados apenas un año después de El malo, aunque también desde una faceta de la picardía, del malandragem. Pero es con Blades y a partir de un trabajo fundamental como Siembra (1978), posiblemente el álbum más influyente de la salsa, que esta ya no solo narra el barrio, ahora reflexiona sobre el sistema, el poder, la migración, la identidad, casi en clave de dramaturgia musical, cuando este relato adquiere una dimensión fuertemente política.
En cuanto a lo visual, a través de las portadas de sus discos se podía ver cómo los paisajes caribeños, las palmeras, las playas de las tapas tradicionales estaban absolutamente ausentes y daban paso a calles suburbanas de Nueva York, a pandilleros, gánsters, ladrones, asesinos, fábricas, callejones, antros. Nunca se podrá determinar a ciencia cierta cuánto de causa y cuánto de consecuencia tuvo ese gesto de Colón en la imagen del latino que, por lo pronto, en esos años se instaló en el cine estadounidense y que, junto con su expansión, también se consolidó en el mundo. Lo que sí puede afirmarse es que esa imagen, entre el estereotipo y la pose, daba cuenta de algo real y nuevo: la emergencia de una segunda generación de latinos, hijos de migrantes pero nacidos en Nueva York, que no eran ni completamente latinoamericanos ni completamente norteamericanos, sino una síntesis inédita de ambas identidades, y que encontraban en esa imagen un espejo, imperfecto pero reconocible, de su propia experiencia.
El chico malo
La influencia de Colón se extiende también en múltiples y diversas colaboraciones. Es imposible imaginar el sonido reconocible de las canciones de Lavoe y Blades sin su influencia (lo que ya es mucho decir), pero también su huella está presente en el trabajo de numerosos artistas, ya sea como colaborador o como productor. Durante mucho tiempo, además, fue el productor de los trabajos más importantes de Fania Records, donde aportó su marca, sus arreglos densos, la tensión armónica y la dramatización estructural. Respecto de la producción, del sonido, de la orquestación y los arreglos, no sería descabellado decir que, junto con Johnny Pacheco (fundador de Fania), Bobby Valentín, Louie Ramírez o Sergio George en los noventa, el nombre de Colón está entre los productores más influyentes de la historia de la salsa, y también junto con nombres como los de Ray Barretto, Eddie Palmieri o Larry Harlow, como líderes de orquestas imprescindibles.
Su discografía incluye ineludibles del género: los ya nombrados El malo y Siembra, ¡Metiendo mano! (1977) con Rubén Blades y Cosa nuestra (1969), Asalto navideño (1970), Comedia (1978) con Héctor Lavoe. Luego, discos solistas valiosos, como Fantasmas (1981) o Top Secrets (1989). Colón deja una estela interminable de éxitos. Para solo citar algunos: «El gran varón», «Ausencia», «Che Che Colé», «El día de mi suerte», «La murga», «Talento de televisión», «Sin poderte hablar», «Demasiado corazón», «Idilio», «Amor verdadero», «Juana Peña», «Pasé la noche fumando», «Gitana» y «Asia», entre muchos otros.
Más allá de su viraje conservador y trumpista hacia el final de su vida y de que musicalmente, al menos en lo que va del siglo, no haya podido alcanzar el nivel de épocas anteriores, es imposible desconocer que Colón no es simplemente parte de la historia de la salsa, sino una de sus figuras estructurales. Y, en tanto tal, su legado es tan musical como ideológico.
El rechazo posterior de muchos salseros ante su giro ultraconservador solo se explica en el marco de la decepción. Dolió mucho más que otros porque justamente venía de uno de los más rebeldes y punk de la salsa, el chico malo, el que le cantaba al barrio, a las injusticias, al bajo, a los que no tenían voz, a los invisibles, el que hablaba de la violencia cotidiana que vivían los migrantes.
Pero como alguien decía por ahí en las redes a propósito de su muerte, de la desaparición física de uno de los pilares fundamentales de la salsa, género que también muere un poco con él, nada nos va a hacer odiar a Willie Colón, ni siquiera él mismo.



