Yo tenía un amigo que trabajaba unas horas por día y después se iba al bar. Este amigo, que además era artista, tenía un público amplio cuando conversaba y lo hacía de manera a menudo brillante, sobre una variedad de asuntos que mejorarían el mundo. Sin embargo, tenía una característica que, cada vez que emergía, nos sorprendía a todos. Cuando se sentaba en aquel bar por las tardes no había nada que lo enfureciera tanto como que lo importunaran pidiéndole una moneda, porque él creía que merecía disfrutar de esos momentos tranquilo: nada ni nadie en este mundo tenía derecho a quitarle lo que se había ganado con aquellas horas de trabajo.
Si hay algo que caracteriza a la discusión pública en estos momentos es la dificultad en mantenerla relevante. El comienzo del segundo cuarto del siglo XXI se empeña en demostrar hasta qué punto el ser humano no está a la altura del gravísimo momento histórico.
La reciente, infausta intervención de Wim Wenders en la conversación pública desde la palestra que le proporcionó el Festival Internacional de Cine de Berlín es una muestra cabal de ese no estar a la altura. Sin embargo, el relato de lo sucedido que se replicó en los medios no me parece exacto. Lo más fácil en esta cultura del escándalo, la indignación y la microganancia política sería afirmar que Wenders quiso decir justo lo que, en efecto, dijo, sin molestarnos en tratar de interpretar qué sucedió en una conversación en la que participaron activamente al menos tres periodistas y varios miembros del panel de jurados. ¿Por qué alguien como Wenders, que antes ha afirmado que todo cine es político,1 diría ahora tan tranquilo que el cine es lo contrario de la política?
Hasta acá vamos bien
La conferencia de prensa había empezado con los miembros del jurado hablando de lo que significaba el cine para ellos y, en ese marco, se mencionó repetidas veces el poder de una película para dar un punto de vista nuevo, que pueda cambiar la perspectiva del espectador sobre un asunto y, por qué no, ayudar a que el mundo sea un poco mejor. Esta afirmación llevó a que, desde la ronda de periodistas de la platea, le preguntaran a Wenders si realmente creía que el cine podía cambiar el mundo. Fue entonces que dijo que, en efecto, creía que las películas podían cambiar al mundo, pero no de una manera política, porque «ningún político cambió de idea gracias a una película, pero podemos cambiar la idea que tiene una persona de cómo debería vivir. Hay una gran discrepancia en este mundo entre la gente que quiere vivir sus vidas y los gobiernos, que tienen otras ideas. Ojalá las películas hagan entrar esa discrepancia. […] Uno no sabe nada si mira las noticias. Pero si uno ve una película y ve a una persona en determinada situación y uno ve su sufrimiento y si ve cómo en realidad le gustaría vivir, el cine tiene un enorme poder de ser compasivo y empático. Las noticias no son empáticas. La política no es empática, pero las películas lo son. Y ese es nuestro trabajo».
Hasta ahí nadie diría que Wenders esté diciendo que el cine no es político en el sentido de que no deba tomar una posición sobre las ideas o los acontecimientos que conciernen a la polis, sino todo lo contrario: al parecer, Wenders usa la palabra político más bien como sinónimo de «los que gobiernan o aspiran a gobernar» o, más ampliamente, «el poder». Lo que dice es que la agenda de los gobiernos no es la agenda de la gente. Y que es obligación del cine mostrarle al espectador la perspectiva de las personas en distintas situaciones para modificar los puntos de vista de los espectadores, porque, de lo contrario, las opiniones se forman a través de los discursos del poder, sean los de los gobiernos o los de los medios de comunicación masivos –cuya agenda, uno puede inferir, es también la del poder.
A tierra
La siguiente pregunta fue hecha explícitamente como «otra pregunta política a la luz del apoyo del gobierno alemán al genocidio en Gaza y considerando que la mayor parte de los fondos del festival son públicos»: ¿qué opina el jurado sobre la solidaridad selectiva de la Berlinale, que ha apoyado en el pasado a los pueblos de Ucrania o Irán, pero calla respecto a Palestina? ¿El jurado apoya este tratamiento selectivo de los derechos humanos?
Fue durante la respuesta de la productora polaca a esta pregunta que me acordé de mi amigo y su pretensión de disfrutar su cerveza en paz. Porque Ewa Puszczyńska dijo que no era justo preguntar eso. Aunque parezca insólito, la productora nada menos que de La zona de interés2 –la película sobre la idílica vida familiar de un comandante de Auschwitz y su esposa, quienes construyen su soñado hogar junto al campo de concentración– pidió justicia, pero no para el pueblo palestino, sino para ellos mismos, que no merecían ser puestos en esa situación (porque, a lo mejor, corrían el riesgo de quedar como unos idiotas morales).
Y eso fue exactamente lo que pasó. En su apuro por salir del brete, Wenders apoyó lo dicho por su compañera de jurado e intentó explicar que quienes hacen cine no deben hacer películas «puestas dedicadamente al servicio de la política» –y acá Wenders parece cambiar el sentido con que venía usando la palabra, que ahora ya no es sinónimo de gobierno o de poder, sino de cine comprometido o militante y alejado del cometido del arte–. Y remata: «Nosotros somos el contrapeso de la política. Nosotros somos lo opuesto a la política».
¿Cómo se puede pasar tan rápido de afirmar que el cine debe servir para conectar directamente a los espectadores de manera empática y como manera de neutralizar los discursos del poder ajenos a los intereses del pueblo a defender el arte puro? Lo cierto es que, mientras el referente no fue concreto, Wenders fue valiente en defender un cine capaz de cambiar el mundo, comprometido con la gente, opuesto a gobiernos y medios de comunicación incapaces de empatizar con los pueblos a quienes dicen servir. Pero, cuando se lo invitó a pronunciarse en contra de un gobierno particular y empatizar con el sufrimiento de un pueblo específico, fue cobarde. Si hay algo que habla de la estatura moral de las personas es justamente eso. Al menos mi amigo, en el acierto o en el error, siempre fue valiente.
- «Todas las películas son políticas. Las más políticas de todas son aquellas que simulan no serlo: las películas de “entretenimiento”. Son las películas más políticas que existen porque descartan la posibilidad de un cambio. En cada fotograma te dicen que todo está bien de la manera que es.» Cita de «El amigo americano», ensayo de Wim Wenders de 1977, publicado en The Logic of Images. Essays and Conversations, de Wim Wenders, Faber and Faber, Londres, 1992, pág. 19. ↩︎
- Cabe recordar el valiente discurso del director de la película, Jonathan Glazer, al recibir el Oscar. ↩︎




