Pocos escritores cumplieron con la condición de siete oficios como Horacio Quiroga: algodonero, destilador de naranjas, cazador, turronero, albañil, profesor, encuadernador, ceramista, taxidermista, juez de paz, crítico cinematográfico, cuentista. Este largo inventario, que admite más oficios, se corona con el de funcionario diplomático, el más redituable.
Si bien conocemos una lista bastante completa de todos los pagos que recibió por sus colaboraciones literarias (elenco que él confeccionó y conservó su viuda), seguramente el mayor ingreso a lo largo de su vida provino de su trabajo diplomático por casi dos décadas.
Pasaron varios años entre aquel Quiroga que escribía folletines bajo seudónimo para pagar los pañales de su primera hija (como le cuenta a su editor Luis Pardo en 1911) y el que le confesaba al reportero de La Nación en 1929: «Mis elementos mecánicos […] han guardado siempre una rigurosa proporción con mis medios de fortuna. […] lo primero que poseí fue un motorcito para lancha. Después –ya en épocas de mayor prosperidad económica– adquirí una motocicleta. Ahora, a los 50 años de edad y en pleno tren de progreso, me he comprado un Ford usado».1
A fines de 1916 deja Misiones, viudo y con sus hijos Eglé y Darío, de 5 y 4 años. La fallida apuesta misionera había terminado de formarlo como narrador, pero la búsqueda apremiante del sustento familiar, sumado a la soledad del padre con sus «dos cachorros de hombre», lo hacía regresar a Buenos Aires. Instalado en el sótano de la calle Canning (hoy Scalabrini Ortiz), un «mísero cubil», dirá Eduardo Romano, recibió rápidamente dos buenas noticias: la publicación de Cuentos de amor, de locura y de muerte, por la Cooperativa Editorial Buenos Aires, y el nombramiento en el Consulado General del Uruguay en Buenos Aires. Se consolidaba como autor y tenía asegurado
el sustento.
Curiosamente, en marzo de 1917 (un mes después de su nombramiento como funcionario) da a conocer el cuento «El arte de ser buen empleado público», que luego se llamó «Polea loca» cuando integró el libro Anaconda (1921). Uno de los protagonistas del relato afirma que, en el manejo de una nación, «la maquinaria es maravillosa, y cada hombre es una rueda dentada […]. Pero las tres cuartas partes de ellas son poleas locas, ni más ni menos. Giran también, y parecen solidarias del gran juego administrativo; pero en verdad dan vueltas en el aire, y podrían detenerse algunas centenas de ellas sin trastorno alguno». Palabras que resultaron proféticas, más que meramente descriptivas, en su caso.
LAS MUÑECAS
Sus primeros biógrafos, José María Delgado y Alberto Brignole,son lapidarios acerca de su trabajo como diplomático. En Vida y obra de Horacio Quiroga (1939) dan cuenta abundantemente del escaso trabajo de Quiroga en el consulado y de los problemas que experimentó. Baltasar Brum («el amigo Brum», como lo llama Quiroga), también exalumno del Politécnico de Salto y por entonces ministro de Relaciones Exteriores, lo nombra secretario-contador del Consulado General del Uruguay el 17 de febrero de 1917. Con la llegada de Brum a la Presidencia en 1919, en poco más de dos años Quiroga conquistó rápidos ascensos: el 20 de mayo de 1919, se erige como cónsul de Distrito de segunda clase y, el 26 de setiembre 1919, adscripto al Consulado General, con su correspondiente beneficio salarial. Promociones que «no premiaban ninguna ejemplaridad funcional», sino que eran fruto de «las poderosas muñecas que pulseaban por él en la cancillería», según los biógrafos mencionados, aunque pueda pensarse que se favoreció relativamente poco del poderoso padrinazgo. «Para él no existían horarios: llegaba y se iba cuando se le antojaba. Su labor –él mismo la había elegido– se limitaba a confeccionar cierta fórmula B, la más fácil y rápida de hacer. Su oficina era, en realidad, su gabinete de trabajo literario. Se encerraba en ella con su máquina de escribir, en una clausura que nadie osaba perturbar», afirman Delgado y Brignole.
O MARAVILHOSO BURILADOR
En 1922, la República Federativa del Brasil celebraba el centenario de su independencia; Uruguay envió una «Embajada Extraordinaria en misión especial en el Brasil con motivo del Primer Centenario de su Independencia». La presidía su amigo, también salteño, Asdrúbal Delgado, y contó con la presencia de Quiroga como secretario. El viaje duró un mes e incluyó la participación en los festejos en la entonces capital Río de Janeiro y una visita a San Pablo.La prensa registró la presencia de las delegaciones, pero, curiosamente, quien acaparó su atención, al momento de referirse a la comitiva uruguaya, fue el secretario.Un día después de la llegada, el 6 de setiembre, el Correio da Manhã publicó, por ejemplo, un extenso reportaje titulado «Chegou hontem ao Rio de Janeiro a Embaixada uruguaya», con entrevistas a los integrantes de la comitiva. Quiroga es presentado como «el maravilloso burilador de los Cuentos de amor, de locura y de muerte, un gran artista cuya emoción es palpitante, sincera y cuyo pensamiento es puro y tocado por radiosa belleza».

Formulario para los trámites jubilatorios (Ministerio de Relaciones Exteriores, Archivo administrativo)
Tampoco en San Pablo pasó desapercibido: tuvo un encuentro con el gran Monteiro Lobato y participó, también, del banquete organizado en su honor. Hay huellas de aquella coincidencia en la prensa brasileña. El Correio Paulistano se consagró durante esa semana a registrar sus pasos, ya no en las noticias de política, sino en la sección Chronica Social –que dirigía el también escritor Paulo Menotti del Picchia, y quien le dedicó, además de las crónicas, un lúcido artículo titulado «Horacio Quiroga, o literato»–.
EL CAMBIO
En 1927 Quiroga se casó en segundas nupcias con María Helena Bravo. Mientras tanto, en Uruguay, el 1 de marzo de 1927 juraba como presidente de la república Juan Campisteguy, perteneciente al Partido Colorado riverista, opositor del batllismo, en el que militaban Brum y sus amigos en Montevideo. Su situación en el consulado comenzaba a cambiar. Carlos María Gurméndez, el nuevo cónsul general, no se entendió con él y buscó cambiar su situación de privilegio; en diciembre eleva una nota al ministro en la que denuncia el escaso entusiasmo con que cumplía sus funciones: reiteradas ausencias, escaso cumplimiento del horario (apenas un par de horas), negación a copiar expedientes a máquina. El acusado sostenía en su defensa, cándidamente, que su contribución a la literatura uruguaya justificaba ampliamente el cargo, si creemos en el testimonio de Delgado y Brignole.
Salomónicamente, el ministro Rufino T. Domínguez decidió oficialmente que Quiroga debía cumplir sus funciones «burocráticas», aunque sin dejar de reconocer la importancia de su obra literaria: estaría obligado a realizar algunas tareas, en adelante. La tensión se resolvió, finalmente, con la asunción del nuevo gobierno, mediante una extraña salida: el 20 de octubre de 1931 se lo nombró cónsul en San Ignacio. «El pequeño detalle de que el Uruguay no necesitaba un cónsul en Misiones no parece haber preocupado entonces a nadie», dicen sus biógrafos. Hasta el propio Quiroga se mostró perplejo. El 10 de enero de 1932 se embarcó para San Ignacio con su esposa María Helena Bravo, sus tres hijos, sus herramientas y su Ford.
UN ÁRBOL AMENAZADO DE MUERTE
Tras el golpe de Estado del 31 de marzo de 1933, el suicidio de Baltasar Brum y sus amigos en la oposición, las muñecas desaparecieron por completo. El 15 de abril de 1934, el doctor Gabriel Terra, quien de presidente constitucional pasó raudamente a dictador, «lo eliminó de una plumada del cuerpo consular “porque no lo conocía”», recuerda Enrique Amorim. Era una condena a la miseria: regresaron «las letanías económicas después de 18 años de tranquilidad que uno creía definitiva» (carta a Asdrúbal Delgado, 23-X-35). Casi al final de dos largos años de penuria y zozobra comenta, aliviado: «Apoyado en Uds. dos [Fernández Saldaña y Asdrúbal Delgado], bien desde el principio, como era justo, necesario, sencillo y natural, y con la cooperación inesperada y devota de [César] Tiempo y Amorim. Place tener amigos tales» (carta a José María Fernández Saldaña, 21-XII-35).
La angustiante situación, a la que hay que sumar las desavenencias conyugales, hacen que golpee todas las puertas a su alcance. Estando en Misiones y sus amigos en Montevideo y Buenos Aires, la correspondencia, con sus demoras y ansiedades, se volvió la única vía posible de comunicación. Con cierta vergüenza admite que se ha creado una campaña «pro situación afligente de H. Q.» (carta a Amorim, 9-X-34).

Registro como funcionario consular, 1930 (Archivo General de la Nación).
César Tiempo (seudónimo de Israel Zeitlin) intervino de diversas maneras: con apoyo económico (con un inusual adelanto de 500 pesos por el libro Más allá) y terciando con otros posibles mediadores, como Alfredo Mario Ferreiro, pariente de Terra y miembro de la Asamblea Deliberante.
En las notas que se reunieron póstumamente en el libro El Quiroga que yo conocí, Amorim recuerda, cuando fue a visitar al entonces ministro de Relaciones Exteriores Juan José Arteaga: «Le dije que iba a rogarle por un árbol[,] el que estaba amenazado de muerte». Arteaga, «con inolvidable muestra de grandeza, me dirigió una carta que conservo […] que podía estar tranquilo; porque Quiroga iba a ser repuesto y no perdería los derechos a la jubilación».
Como medida intermedia, mientras tramita su jubilación, Quiroga sugiere su nombramiento como cónsul honorario, lo que le aseguraba un pequeño ingreso. El 13 de febrero de 1935 y «en mérito a sus notorias y relevantes condiciones intelectuales», se lo nombró cónsul honorario en San Ignacio. La obtención de la jubilación consular se volvió el nuevo desafío, en el que volvieron a colaborar sus viejos y nuevos amigos.
«Sobre lo de Quiroga voy a ver si hablo a alguien en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Conozco a todos, incluso el ministro Dr. José Espalter [el nuevo ministro]. No estaría demás que le escribiese a Ricaldoni sobre el particular. Si este no ha olvidado su antigua milicia de escritor, se interesará por la suerte del gran prosista argento-uruguayo», le comenta Alfredo Mario Ferreiro a Tiempo.2
Finalmente, llega la jubilación, aunque poco pudo disfrutarla, pues ese mismo año se le manifiestan los síntomas del cáncer de próstata que lo llevaría a poner fin a su vida el 19 de febrero de 1937.
DE QUÉ VIVEN LOS ESCRITORES
Este breve recorrido por las peripecias de Quiroga en la función pública lleva de la mano a considerar cuál fue el real sustento del escritor. Ya en su artículo «La profesión literaria» (1928) había realizado un cálculo, por el cual –durante 26 años de escritura paga– había ganado «doce mil cuatrocientos pesos». Y agregaba: «Si yo, escritor dotado de ciertas condiciones y de quien es presumible creer que ha nacido para escribir […] debiera haberme ganado la vida exclusivamente con aquella, habría muerto a los siete días de iniciarme en mi vocación, con las entrañas roídas». Su ingreso al servicio exterior brinda la respuesta acerca de su subsistencia.
La ampliación del público lector y la eclosión de los medios gráficos proporcionaron un cierto cobijo en el periodismo y la colaboración literaria a los aspirantes a escritores en las primeras décadas del siglo XX. Pero no alcanzaba. Por eso, no es infrecuente que encontremos que tantos escritores –caso de varios de sus amigos y compañeros del Consistorio del Gay Saber y otros autores de la generación del 900– consiguieran su medio de vida en el empleo estatal, ya en la carrera diplomática o en la política: son los casos de Ángel Falco, Julio Herrera y Reissig, Armando Vasseur, Alberto Nin Frías, José Enrique Rodó, entre varios otros.

Formulario para los trámites jubilatorios (Ministerio de Relaciones Exteriores, Archivo administrativo)
Algo de esta problemática aparece, curiosamente, en el ya mencionado extenso reportaje realizado por el Correio da Manhã, en 1922, en Río de Janeiro. En una parte de la entrevista a Asdrúbal Delgado,
le preguntaron por sus incursiones literarias juveniles:
«—¿Y por qué abandonó a las musas?
—Porque la vida, estimado, está aún en la fábula del buen Jean de Lafontaine… las cigarras se mueren de hambre.
—¿Y usted hoy es?
—Presidente del Banco de la República del Uruguay.
[Risas.]»
DOS FICHAS Y TRES FOTOS
Hasta donde pudimos indagar, en el Archivo General de la Nación y en el Archivo Histórico de la Cancillería poca cosa hay del funcionario consular Quiroga: apenas dos fichas. Los impresos (Registro de Funcionarios y Agentes Consulares) tenían varias páginas para llenar y fueron completados en forma manuscrita en 1930 y 1935, uno en Buenos Ares y el otro en San Ignacio. En ellos la información es la que ya conocíamos, su ingreso, los ascensos y el traslado a Misiones. Los acompañan fotos, en tamaño carnet, una de las cuales no era hasta ahora conocida. Hay un tercer documento con su firma, de 1934, con el que inició sus trámites jubilatorios ante la Caja de Jubilaciones y Pensiones Civiles.
Las huellas del archivo nos devuelven al Quiroga funcionario escueto, el de una «carrera» que no fue tal. Los ya mencionados biógrafos afirman que «como elemento de la maquinaria consular resultaba un émbolo anárquico»: una «polea loca», como la describió en su cuento homónimo, el propio escritor.









