El hecho de que muchas personas prefieran dormir en la calle cuando hay plazas disponibles en los refugios desarma una de las certezas más arraigadas del sentido común progresista: la idea de que, frente a la vulnerabilidad, la asistencia estatal es necesariamente deseada. Pero ¿y si no lo fuera?
Se trata de un problema relacionado con dos sentidos del concepto de política: la institucionalidad política y la política en tanto capacidad colectiva de organizar la vida en común.1 Es decir, al tiempo que la situación de las personas que viven en la calle se ha transformado en una contienda entre partidos políticos –en la que contabilizar muertes reditúa para denostar a quien ocupa momentáneamente el poder, sin importar las trayectorias de precariedad de las personas–, también nos desafía colectivamente a interrogarnos seriamente sobre el fenómeno. Nos referimos a intentar comprender las razones, coherencias y sentidos de las personas que se encuentran en esa situación, para transformarlas –sin ser deterministas– en evidencia válida para cambiar la realidad.
En 2019, a partir de un estudio etnográfico –inédito– que realizamos con varones que vivían en la calle en Montevideo, este problema dejó de ser una anomalía para volverse una clave de lectura. Cuando se escucha a quienes habitan la calle, lo que aparece es menos una historia de carencias que una trama compleja de decisiones, rechazos y estrategias de supervivencia atravesadas, entre otras cosas, por la masculinidad.
Durante años, el abordaje estatal del problema estuvo dominado por la lógica del conteo: censos, cifras y diagnósticos que ordenan la realidad en variables, como ingresos, consumo o ruptura de vínculos. Esta lógica construye sujetos definidos por lo que les falta: ingresos, vivienda, salud mental, redes y vínculos familiares. Es decir, sujetos pasivos y vulnerables. La etnografía, sin embargo, permite ver agencia donde otros métodos solo ven déficit. Además, permite interpretar desde otras ópticas la información que traen los datos cuantitativos, que obviamente son necesarios pero no suficientes. Y en este sentido, una población mayoritariamente compuesta por varones,2 es ineludible mencionar cuestiones referidas al género.
La calle no aparece entonces como caída, sino como posición. Como el caso de Javier, de 40 años, que terminó viviendo en la calle a partir de un infarto que lo tuvo varios días internado. En ese momento alquilaba una pieza y su arrendatario juntó sus pertenencias y se las llevó al sanatorio diciéndole que no lo podía tener más allí. Aunque tuvo que alternar entre el refugio y la intemperie, respondió que en las ocasiones en las que durmió en la calle lo hizo «por decisión propia», ya que, a pesar de que tenía un lugar al que recurrir, «no quería molestar».
Uno de los hallazgos más incómodos es este: para muchos varones, estar en la calle no es únicamente el resultado de una expulsión, sino también, paradójicamente, una forma de sostener la autonomía.
Frente a un Estado que se presenta como protector, pero es tildado de paternalista, y frente a redes familiares en las que el fracaso se traduce en humillación, la calle aparece como un espacio donde todavía es posible decidir, donde no hay que rendir cuentas y la dependencia es visible.
Esto no significa romantizar la intemperie. Significa entender que, incluso en condiciones extremas, las personas actúan. Y que esas acciones, además, están profundamente atravesadas por mandatos de género. Ese es uno de los principales cometidos de los estudios sobre masculinidades: generizar a los varones, poner en evidencia que sus vidas están imbuidas de género y eso tiene efectos.
Otra investigación es la de la antropóloga Serrana Mesa, hoy fallecida, a quien recordamos con profundo afecto y reconocimiento por su compromiso sostenido con las personas en situación de calle y por su aguda mirada crítica sobre las políticas destinadas a esta población. Allí se destaca que, mientras que para muchas mujeres la calle es vivida como un territorio de riesgo radical y no elegido, varios de los varones entrevistados la evocan en términos de libertad, de bohemia, incluso de elección. No porque lo sea en un sentido pleno, sino porque permite sostener algo fundamental: la ilusión –o la práctica concreta– de no estar subordinados.
Desde esta perspectiva, el rechazo a los refugios deja de ser un problema de falta de información o de resistencia irracional y se vuelve más inteligible. No se trata solamente de malas experiencias previas o conflictos internos. Se trata, sobre todo, de evitar una posición: la del sujeto asistido, reglado, vigilado. La del varón que debe aceptar normas impuestas, convivir con otros en condiciones que percibe como degradantes y, sobre todo, reconocerse como dependiente; o bien la del varón que debe estar en permanente guardia para no ver cuestionada su masculinidad.
De hecho, la larga tradición de estudios sobre masculinidades en América Latina ha señalado hace décadas que las pautas tradicionales sobre qué es ser un varón suelen acentuarse en contextos de precariedad, cuando el rol de proveeduría se ve comprometido. En estos varones, el gesto de rechazo hacia concurrir a refugios del Estado parece ser una defensa, que es, en última instancia, la de su dignidad, que se sostiene como plataforma última en sus masculinidades.
Pero la calle está organizada por jerarquías internas que también son morales. Allí, el consumo de estupefacientes funciona como un criterio central de clasificación. Incluso en la precariedad extrema, hay formas de ordenar el mundo y de ubicarse en él. No es lo mismo tomar alcohol que consumir pasta base. Los llamados «pasteros» ocupan el escalón más bajo: se los asocia con la pérdida de códigos, con el robo, con una degradación total del yo. En cambio, el consumo de alcohol conserva cierta legitimidad, una proximidad simbólica con el resto de la sociedad.
Cuando todo lo demás falta –casa, trabajo, vínculos estables–, la dignidad emerge como el último soporte de la identidad. Se expresa en el orgullo de no aceptar ayuda, en la decisión de no volver al barrio cuando ya no se puede cumplir con el mandato de proveedor. En ese sentido, la ruptura de vínculos familiares no siempre es una carencia. A veces es una estrategia para evitar la vergüenza, para no ser visto como aquel que falló en su función más básica dentro del orden tradicional.
Parece ser la negación misma a ocupar el lugar de «vulnerable» que propone el Estado. Y esto es importante: quienes se vinculan particularmente con el Ministerio de Desarrollo Social lo hacen a partir de las categorías que el Estado maneja para clasificar los gradientes de pobreza y exclusión social. Ahora bien, el Estado no logra controlar del todo el modo en que esos términos son interpretados por los sujetos. Y aquí la vulnerabilidad se choca de frente con la masculinidad. Al nombrar a estos varones como «vulnerables», el Estado produce un efecto de rechazo, porque aceptar esa categoría implica, para muchos, perder lo único que les queda: la posibilidad de no ser leídos como débiles.
Lo que este enfoque permite ver es que la situación de calle no puede reducirse a un problema de falta. Es también, para algunos sujetos, un escenario de resistencia. Una resistencia ambigua, muchas veces autodestructiva, pero resistencia al fin: a la humillación, a la dependencia, a la pérdida total de autonomía. No alcanza con ofrecer asistencia, es necesario comprender por qué, para algunos, aceptarla supone una pérdida de autonomía y de reconocimiento de sí.
Y quizás ahí radique la pregunta más incómoda de todas: ¿qué dice de nuestra sociedad el hecho de que, para ciertos varones, la intemperie, con todo lo que implica, resulte más digna que la asistencia?
- En Fragmentos de antropología anarquista (2004), el antropólogo estadounidense David Graeber afirma: «La “política” es la negación de lo político; la política está al servicio de alguna forma de élite, que afirma conocer mejor que los demás cómo deben manejarse los asuntos públicos. La participación en los debates políticos lo único que puede conseguir es reducir el daño causado, dado que la política es contraria a la idea de que la gente administre sus propios asuntos». ↩︎
- Según las últimas cifras del Ministerio de Desarrollo Social (2023), nueve de cada diez personas en situación de calle son varones. En 2016 los varones fueron el 93,3 por ciento, en 2019 el 90,1, en 2020 el 92,5 y en 2023 el 89,2 por ciento del total de personas contabilizadas en la noche de cada relevamiento. ↩︎
(Fernanda Gandolfi y Gonzalo Gutiérrez Nicola son antropólogos, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República)






