En el epílogo del libro El reino, en el que expone su conversión y posterior desencanto con el cristianismo, su crítica a la Iglesia católica y su obsesión con los primeros cristianos, el escritor francés Emmanuel Carrère cuenta la experiencia que atravesó en un retiro espiritual en el que los asistentes debían lavarles los pies a personas con discapacidad que vivían en un hogar de cuidados. Su conclusión fue la siguiente: «Si bien todo este proceso me parece un poco embarazoso, es hermoso que unas personas se reúnan para esto, para acercarse todo lo posible a lo que hay de más pobre y vulnerable en el mundo y nosotros mismos. Me parece que el cristianismo es eso».
Si es eso o no es eso, no lo sé. Tampoco sé si es lo que vi hace un mes y medio en el Antel Arena (véase «Deus ex machina», Brecha, 27-II-26) ni lo que vi el domingo 12 en el Centro de Convenciones La Casa del Padre, un contenedor gigante que pertenece a la Iglesia de Dios en el Uruguay, ubicado en Camino Maldonado.
Es un gran cubo negro en el medio de un predio, recubierto por una alfombra verde de pasto cortado. Por esos días, el lugar tenía un movimiento particular: se realizaba allí la Convención Nacional Conectados al Espíritu, una efervescente actividad religiosa por la que, según un pastor, pasaron más de 1.200 personas. Cuando llegamos, había aproximadamente 400 fieles sentados en sillas de plástico.
Lo oscuro de la fachada del centro de convenciones contrasta con la blancura del interior, un cuadrilátero blanco con carteles en las paredes que detallaban el «plan de acción» de la Iglesia de cara a 2030. El pastor Hugo Sánchez me explicó que el objetivo es «empoderar» y crear iglesias «saludables».
Uno de los pilares del plan, el cuarto, decía: «Incidencia pública y social». El pastor no se explayó mucho al respecto, solo explicó que se trata de que la Iglesia vaya «hacia afuera», tenga «planes sociales» y que propicie trabajo con la «comunidad» en lugares como La Casa del Alfarero, un «centro de rehabilitación» ubicado en Las Piedras, Canelones.
Sánchez no pudo contar mucho más porque tuvo que ir a resolver una situación con los asientos para pastores, las sillas negras que están en primera fila. Porque las blancas eran para los fieles, que, al parecer, son alrededor de 6.600 en todo el país.
Además de las señalizaciones en forma de «pasos» de la «Conexión 2030» dispuestos a los costados, un cartel blanco con letras azules cruzaba la pared del fondo con la leyenda: «Crecer, discipular, pertenecer». Todo conectado con los objetivos de la Iglesia para 2030.
De repente, un «amén» colectivo rebotó suavemente en las paredes del recinto y me sacó de mis cavilaciones. Respondía a una afirmación, que provenía desde el escenario, acerca de que Dios nos hizo perfectos. Quien hablaba tenía una mesa circular a su lado, con una botella de agua, una Biblia y una caja de pañuelos para secarse el sudor.
A media tarde, el calor humano se hacía sentir al interior del centro. Lorena Quintana, la oradora, se ubicaba en un escenario por encima del público; llevaba puesto un pantalón vino tinto, un saco rosa pálido y ostentaba su capacidad de hablar una hora de corrido con variaciones tonales repetitivas. Cada frase empezaba en un tono bajo, subía en el medio y volvía a bajar con la misma musicalidad; pequeñas montañas de sentido enganchadas una tras otra, con conceptos sobre las adolescencias modernas, la importancia de la familia, los padres –a los que les hablaba directamente: «Vos sos su espejo»– y su experiencia como coordinadora del programa de salud Adolescencia y Juventud del Ministerio de Salud Pública en la pasada gestión de gobierno, desde donde impulsó el programa Familias Fuertes.
En las anécdotas de Quintana había historias de adolescentes que no se sienten escuchados por sus padres, del «desafío de enseñarles los valores», de casos extremos sobre intentos de suicidio. Aunque su voz se escuchaba clara por los parlantes, era un poco molesto el bullicio constante que también retumbaba en el salón; murmullos de personas e, irónicamente, llantos de niños que eran reprendidos por sus padres mientras que Quintana disertaba sobre la necesidad de la «calidez y la demostración de amor».
Un padre y una madre son necesarios, decía. Y la mayoría del público asentía en silencio. Las mujeres y los hombres no son lo mismo, aseguraba. Y el ritual se repetía.
«Dios sabía nuestra diferencia: al hombre le dio una responsabilidad, le dio una acción, le dio un objetivo, y a la mujer la hizo querer sentirse amada y cuidada. Por eso somos distintos. Dios nos ha hecho perfectos y el diseño de Dios ha sido perfecto… perfecto.» «Amén», otra vez.
Más adelante, retomó: «También en el cuidado de nuestros hijos somos distintos, necesarios los dos». Por eso, afirmó, la idea de que «no importa si son dos mamás o dos papás» es una «mentira», porque hay una «diferencia en el cuidado del hombre y de la mujer», más allá de que «la madre haya hecho maravillas» cuando no hubo una figura paterna.
Al final, hubo un aplauso que duró bastante. Luego, la gente se puso de pie mientras subía a la tarima el supervisor nacional de la Iglesia de Dios, Esteban Suárez, que le entregó a la oradora un ramo de rosas y pidió silencio para hablar.
—Extiendan sus manos hacia acá y vamos a bendecir a nuestra hermana –dijo.
Cuatrocientos pares de manos se elevaron desde las sillas blancas y negras, bajo el calor sofocante. Suárez emprendió una oración rápida, difícil de agarrar en una primera escucha.
—Señor, te damos gracias en este tiempo por nuestra querida hermana Lorena Quintana –disparó–. Señor, tú la has levantado con una voz profética en nuestro país para levantar tu nombre, tu palabra y tus nombres cristianos. Hoy, nosotros, como tu pueblo, la bendecimos; su vida, su familia, Señor. Que todo lo que ella emprenda sea prosperado, Señor, y que sea una voz tuya, Señor, en medio de nuestra nación. Hoy la bendecimos en el nombre de Jesucristo, amén.
La bendición de Suárez fue acompañada por encendidas manifestaciones de apoyo, que se unieron en un último amén antes de pasar a otro aplauso. Quintana bajó del escenario y la estaba esperando su público: mujeres, principalmente, que querían sacarse una foto, decirle unas palabras, abrazarla.
Intercepté a Suárez, que me llevó a la parte trasera del centro para hablar a salvo del murmullo.
—¿A qué se refiere cuando habla de «voz profética» y de «llevar la voz»? –le pregunté.
—Bueno, a través del tiempo, siempre estuvieron los sacerdotes, que eran los que oficiaban sacrificios, etcétera, ¿no? Para buscar a Dios. Y el profeta era el que hablaba en nombre de Dios. En aquel tiempo era de esa manera. Hoy no tenemos esos profetas, pero sí tenemos la palabra de Dios, la Biblia, los principios cristianos. Alguien tiene que transmitirlos. En el ámbito en el que estemos, vamos a llevar esos principios. Y si el Señor la pone a ella en un lugar político, bueno, en el ámbito político será la que lleve la voz de Dios, ¿no?
Suárez se encargó de aclarar que aquel no era un mitin político y que su Iglesia no llama a votar por nadie en particular. Quintana fue invitada en su rol de médica, cristiana e impulsora del programa Familias Fuertes, dijo. «Como una voz.»
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El 22 de agosto de 2025, Quintana anunció que dejaba Cabildo Abierto, partido por el que fue candidata a vicepresidenta en las elecciones nacionales de 2024. Adujo temas de «convicción» y anunció que se embarcaría en una nueva propuesta política llamada El Encuentro. Hace unos meses, comenzó a visitar Iglesias de raíz cristiana, de las más variadas denominaciones.
Una semana antes de su conferencia en la Iglesia de Dios, volvimos a hablar por teléfono. Dijo que su intención, en principio, era crear «movimientos sociales», por lo que en diciembre organizó un campamento con 120 jóvenes para lanzar la Red de Jóvenes Provida, con aquellos que quisieran «levantar la voz» en contra de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Asimismo, aludió al tema de la «ideología de género»: «Es uno de los temas en los que también ellos buscan generar acciones en todo el país. Entendemos que hay muchos jóvenes que están cansados, que te dicen: “Vamos a la clase de gimnasia y es gimnasia con perspectiva de género”», manifestó, con tono de hartazgo.
Hace poco, además, llevó a cabo una capacitación para mujeres en el hotel Ibis, centrada sobre todo en la familia y la «prevención de conductas de riesgo en adolescentes», un asunto que le preocupa particularmente. Y ya proyectan más capacitaciones en Paysandú, Rivera y Canelones, contó.
Quintana insistió en que se trata de «un movimiento social», más allá de que sabe «que en algún momento va a pasar a lo político».
—Lo que hoy pasa en Uruguay es tan grande que, si no hacemos algo social, no llegaremos a la gente con un mensaje. Y es muy difícil llegar desde la política –reflexionó.
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En los primeros días de febrero, entre el campamento de jóvenes y la capacitación de mujeres, Quintana estuvo en el Desayuno de Oración Nacional, llevado adelante en Estados Unidos, desde 1953, por la organización conservadora conocida como The Family.
Su recorrido es fácilmente rastreable en su cuenta de Instagram, en la que subió una foto con una de las gorras rojas de Make America Great Again, que utilizan los seguidores del presidente estadounidense, Donald Trump. En los días siguientes, compartió fotos del almuerzo y las instancias de varios días de oración, conferencias y, por supuesto, lobby.
«Los desayunos de oración lo que lograron fue que los presidentes de Estados Unidos, desde [Dwight] Eisenhower hasta ahora, fueran una vez al año a una reunión de oración con líderes religiosos evangélicos», explicó, café mediante, el trabajador social e investigador de temas religiosos Nicolás Iglesias. Se trata de una instancia religiosa, pero también de un espacio para hacer contactos. Bajo el manto de «la oración y la reflexión bíblica», de acuerdo con Iglesias, se logró que esto sea el «hito del lobby evangélico más importante del mundo».
Quintana no lo niega. Consultada por su experiencia en el evento, repasó sus encuentros con «congresistas de Chile, de México, de Brasil, de El Salvador, del Congo» y reconoció que más allá de las conferencias –donde habló el propio Trump– «es una instancia de mucho lobby».
En los tres días de duración del encuentro, dijo, pudo estar en un lugar «donde se juntan todos y te conocés con personas que tienen los mismos valores y principios que uno y están en política».
«Todas las fundaciones que existen en Estados Unidos te invitan a reuniones», agregó; «fundaciones que influyen obviamente en la política» y ayudan a «partidos políticos conservadores a armar su mapa de ruta». De todas formas, aseguró, no son instancias en las que haya ofrecimientos de financiación.
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¿Por qué hacer su propio movimiento y no acoplarse a los grupos políticos evangélicos que ya integran partidos del sistema político, como el de Álvaro Dastugue y el de Gerardo Amarilla, en el Partido Nacional (PN)?
Quintana responde que no podría estar en un partido «que se viste de la diversidad» en setiembre, con la bandera arcoíris del movimiento LGBTQ. «Yo si hubiera sido del PN cuando se vistió de la diversidad y armó la Comisión de Diversidad, me hubiera ido», sostuvo. Aunque dijo entender que «no todos somos iguales y que la gente tendrá su propósito en los diferentes partidos».
Su «misión», finalizó, va por otro lado.









