La concesión del premio Cervantes en 2021 a Cristina Peri Rossi no fue solo un acto de justicia para una de las escritoras más prolíficas y talentosas del Río de la Plata, sino la validación de una forma de entender el mundo construida desde los límites. Es en esos bordes que se ha mantenido durante seis décadas, algo que ella misma define como una «resistencia convertida en literatura»: una postura que se niega a aceptar las «verdades» oficiales y las normas sociales sobre el deseo.
Para entender su trascendencia es necesario observar cómo sus personajes, al igual que la autora, suelen ser extranjeros en sus propias vidas; observadores que, al no sentirse plenamente integrados en el sistema social, desarrollan una lucidez especial para detectar las grietas de la normalidad. Esta distancia es la que le permite explorar temas tan diversos como los vínculos afectivos, las estructuras de poder y las contradicciones del deseo, es decir, la búsqueda de libertad en un mundo que intenta controlarlo todo.
Esta perspectiva permite vincular la novela La última noche de Dostoievski –publicada originalmente en 1992 y reeditada este año por el sello Planeta– con el volumen de cuentos Turbación (Hum, 2026). A pesar de los 34 años que separan ambas entregas, el deseo se mantiene como eje central de los textos. En ambas obras, la pulsión libidinal funciona como elemento que desestabiliza a los personajes y cuestiona la construcción de su identidad.
Esta exploración se apoya, de manera fundamental, en el psicoanálisis como parte de la arquitectura narrativa. En ambos libros, la mirada psicoanalítica no funciona, sin embargo, como marco teórico externo o referencia temática ocasional, sino como eje que articula a los personajes. Peri Rossi proyecta y transcribe los mecanismos del inconsciente y permite un análisis de las pulsiones que rigen la conducta humana fuera de las convenciones lógicas o morales.
Mientras que el protagonista de La última noche de Dostoievski actúa desde su obsesión por derrotar al azar para ser él quien mueva, finalmente, los hilos de su propia suerte, en Turbación ese lugar de supuesto control se traslada a otros escenarios. En los nuevos relatos, el intento de ejercer una autoridad casi divina ya no se da frente a la ruleta, sino a través de las estructuras que regulan la conducta: el consultorio del analista, las normas que rigen el matrimonio, ciertas convenciones sociales y morales.
TURBADOS
Turbación se estructura a partir de tres relatos que encuentran su unidad en el espacio del consultorio psicoanalítico. No se trata, simplemente, de una recopilación de historias de diván, sino de un dispositivo narrativo en el que la terapia funciona como el escenario principal para diseccionar la conducta y las tensiones de los protagonistas.
En el primer relato, de título homónimo, nos enfrentamos a la figura de la señora Cora, una mujer de 52 años, casada hace más de 30 con el único hombre que la conoció en la intimidad. Aunque su imagen de católica practicante y ama de casa pretende ser lo que la constituye, los lectores asistimos al personaje desde variables más complejas, las anotaciones que hace su psicólogo y las propias declaraciones de la protagonista en el espacio terapéutico.
Así como el azar es lo que controla todo en La última noche de Dostoievski, en este relato son las normas sociales y morales las que vigilan a Cora. La figura de su marido se convierte en «el gran ojo de Dios, que todo lo ve», y determina la represión de todo interés personal en pro de cumplir con lo que se espera de ella. Sin embargo, el quiebre de este orden doméstico no provendrá de una decisión espontánea de la protagonista, sino de un evento fortuito: el encuentro con una escritora en una cafetería.
A partir de entonces, lo que se presenta bajo la apariencia del azar esconde en realidad una voluntad deliberada que empieza a fracturar su mundo. Cora abandona su rol de sujeto pasivo para convertirse en una mujer que planifica y sostiene esos encuentros desafiando la vigilancia de su entorno. En esta ocupación consciente de un espacio ajeno a su hogar es donde emerge la turbación. El desajuste psicológico surge cuando el impulso propio desborda, por primera vez, los límites de la moralidad del personaje.

El replanteo permite pensar, por ejemplo, que «los adultos quieren distinguirse de los adolescentes, pero en el reparto, a ellos les tocan las cosas más espontáneas, las emociones, los sentimientos… ¿Qué queda, entonces, para los adultos? ¿Las hipotecas, las enfermedades, las cenas en los restaurantes porno, las comidas de Navidad? Si yo me estaba comportando como una adolescente, me sentía muy feliz con ese comportamiento».
Finalmente, no será el psicólogo el que guíe a la protagonista, sino su propio impulso: tras un desencuentro con la escritora, Cora quedará vacía y verá cómo su vida «normal» ya no le alcanza. Tampoco le alcanzarán los consejos del profesional que intenta tranquilizarla llevándola a olvidar su aparente desajuste. Es tarde para eso, la protagonista se ha liberado de su atadura y ya no hay vuelta atrás: «Quiero tenerla a mi lado y que me bese y abrazarla. Es más –dijo–: quiero que me siga queriendo».
El segundo cuento se titula «Sesión» y, en este caso, la puja de poderes está planteada desde la desconfianza que la paciente siente por su analista. La confrontación permanente no viene solo a desautorizar la figura del psicólogo, sino que funciona como un escudo ante algunas verdades incómodas. Aunque no hay grandes acciones en el relato, lo que queda en evidencia es cómo, una vez expuestas las fisuras de nuestra personalidad, el primer impulso es el rechazo. La trama se dispara con una pregunta sobre el afecto materno que desestructura la lógica de la paciente y la obliga a refugiarse en un discurso erudito para evitar la implicación emocional. En este intercambio, Peri Rossi presenta el dispositivo analítico como una «puesta en escena» y lo hace desde la mirada de la paciente. El despacho pulcro y vacío es interpretado por ella como una construcción diseñada para sostener una imagen de autoridad absoluta, ajena a las necesidades ordinarias de la vida. Sin embargo, este artificio de distancia se ve vulnerado por la irrupción de ruidos domésticos –la voz de una esposa, el llanto de unos hijos– que humanizan al profesional y resquebrajan la idea del consultorio como templo.
Por su parte, «Impulso irresistible» –al que le debemos el título de un apartado– plantea la obsesión de un joven de 17 años por conseguir tener relaciones sexuales con la estatua Penélope dormida, en una performance que termina paralizando el tránsito de la ciudad. A través de la mirada de una psicóloga judicial, el relato terminará desplazando el análisis de la agalmatofilia hacia una discusión sobre la legitimidad del deseo. El joven no se defiende desde una patología, sino desde una comparación: su pasión es tan legítima como el fanatismo religioso o el futbolístico.
Es en este cierre en el que Peri Rossi explicita la tesis que subyace a todo el libro. El protagonista sentencia: «He encontrado el secreto del deseo eterno: la insatisfacción». Al elegir un objeto inanimado, el joven garantiza que su pulsión no se agote nunca, a diferencia de los vínculos reales, que terminan por consumirse en la convivencia. La turbación final es la de la profesional: fascinada por la lógica del delirio, termina por claudicar ante la belleza de lo inalcanzable.
QUIERO MATAR A DIOS
Jorge tiene casi 40 años, trabaja como periodista para una revista semanal y es ludópata. Gran lector de Dostoievski, construye su personalidad a través de la figura del ruso. La novela transita por el interior de la mente del protagonista mediante las sesiones psicoterapéuticas y sus propias reflexiones.
En las sesiones con Lucía, su terapeuta, el protagonista irá desmembrando las razones que lo llevan a jugar, a pesar de los resultados adversos y la culpa. Sin embargo, como afirma Jorge «si se pierde, se vuelve a jugar porque se ha perdido, y si se gana, se vuelve a jugar porque se ha ganado». Es en esa espiral en la que el protagonista encuentra la razón de vivir. No apuesta por el dinero, apuesta para desafiar los límites del azar, ya que, como escribió Dostoievski, «solo en el juego nada depende de nada».
La prosa de Cristina Peri Rossi expone magistralmente esta pulsión: los lectores quedarán tan atrapados en la ruleta como el protagonista, uno que parece preferir el placer de la incertidumbre a la monotonía de la certeza. Al igual que Cora en Turbación, Jorge se niega a aceptar una vida carente de emociones. En los pocos momentos en los que decide dejar de jugar, se observa a sí mismo como alguien que no quiere ser: «Después de haber perdido (lo que ocurre la mayoría de las noches), en el momento de regresar a casa, me prometo a mí mismo cambiar de vida […]. Pero esta perspectiva me produce tal aburrimiento y desolación que me duermo –luego de ingerir dos Valium– con una súplica silenciosa: “Dios mío, líbrame de la mediocridad”».Sobre el final, el protagonista intentará cambiar, una vez más, su adicción por otro artificio: la escritura. Aunque en ambos casos se pierde más de lo que se gana y aunque, según Jorge, a escribir le falta el placer que le sobra al juego, se internará en la tarea con la frase final de El jugador como bandera: «Mañana, mañana todo habrá terminado».
La lectura conjunta de La última noche de Dostoievski y de Turbación persuade sobre una coherencia narrativa inalterable en Peri Rossi. Ya frente a la mesa de juego, ya en el consultorio psicoanalítico, sus personajes ceden ante pulsiones que los apartan de las convenciones sociales. Lejos de juzgar esas conductas, los textos transparentan los laberintos de la psiquis humana, la exploración de vías de escape frente a un entorno que exige obediencia y homogeneidad. Con 34 años de distancia entre una publicación y otra, Peri Rossi se sostiene en el retrato de individuos que, aun consumidos por sus obsesiones, no se resignan a una vida mediocre.









