Al futbolista rubio, salvo en países donde estos proliferan, como Suecia, la carrera se le suele hacer cuesta arriba. Lo que a un morocho le cuesta diez, al rubio le cuesta 20 o 30.
El rubio es más puteable, sobre todo cuando de chico no tuvo carencias, sabe jugar al tenis y al golf, hablar inglés, prender la computadora y vaya a saber cuánta cosa más. El hincha, acaso el más sabio integrante de la fauna futbolística, le reclama más al blondo que al moreno elemento, acaso para ejercer esa justicia que la sociedad no suele estar dispuesta a establecer. Sin llegar al extremo de lo que sucede en el África subsahariana con los albinos, el futbolista rubio sufre bullying desde el baby fútbol.
Por eso, cuando la opinión pública oriental conoció su existencia, en ocasión del Sudamericano sub-20 de 1999, no dudó en hacer hincapié en su gran capacidad para malograr chances de gol, dado que al rubio siempre se lo identifica más fácilmente.
Su problemática relación con el arco rival explica que la chance en la selección mayor le haya llegado siendo ya mayorcito. De hecho, su debut oficial se produjo en el segundo tiempo del recordado partido ante Senegal del 2002, cuando acababa de cumplir 23 años y la pudrió en el ángulo superior izquierdo de Tony Sylva.
Fue el propio Juan Ramón Carrasco quien le confió la titularidad. Algo vio el coach en aquel energético delantero que, ya con el 21 en la espalda –es un amante de la tabla del siete– fue titular en los cinco partidos oficiales que condujo el DT oriundo de Sarandí del Yi por las eliminatorias 2006. «Atiendan bien a la rubia», solía decir Juan Ramón a los volantes, sabedor de que por los pies del entonces delantero del Manchester United podían pasar los mejores momentos futbolísticos de su equipo.
Tras Carrasco llegó Jorge Fossati, y Diego siguió siendo figura de un equipo que hizo lo imposible para llegar al Mundial. Y fue imposible nomás. Lesionado, no pudo ser parte de la eliminación por penales ante los canguros.
CONSOLIDACIÓN
En 2006 llegó el señor Tabárez, con el objetivo puesto en recuperar el prestigio de nuestro eternamente alicaído balompié. Los dos goles de Diego Martín ante el local por la Copa América bolivariana de 2007 fueron su primera gran noche en el marco del más antiguo certamen continental de selecciones.
Ese mismo año, ya en el marco de las eliminatorias, Uruguay debutaba ante Bolivia con una novedad: los jugadores debían estar numerados del 1 al 18. Reservado como estaba el 7 por el Cebolla Rodríguez, Forlán terminó usando la 10 para liderar el ataque celeste junto a Washington Sebastián Abreu y un juvenil Luis Alberto Suárez. Y ya no se la sacó más.
Por aquel entonces, pasaba al Atlético Madrid desde el modesto Villarreal donde, curiosamente, había llevado el número 5. Múltiplos de siete, múltiplos de cinco. ¿Será masón? Habrá que leer el último libro de Fernando Amado.
El resto de la historia es conocida: clasificación agónica al Mundial y el inicio de su romance con la pelota Jabulani, a la que pateaba de derecha y de izquierda sin discreción, incrustándosela a cuanto cuidapalos se le parara enfrente. Se quedó con el Balón de Oro del Mundial sin ser el mejor (aprovechó que los demás candidatos eran peores que él, como Yamandú) y al año siguiente jugó una pobre Copa América, pero metió dos goles en la final.
Luego sí: llegó el ocaso de su carrera. Después de que en el Aleti comenzaran a discriminarlo («ni un balón a la rubia», se escuchaba en los pasillos del Vicente Calderón), fue pasando de club en club hasta que recaló en Peñarol, donde le llegaron a gritar «fracasado» en Belvedere. Su plancha en la zona testicular del tricolor Porras seguramente fue su mejor aporte a la obtención del Campeonato Uruguayo 2015-2016. Ni bien pudo, se fue y finalizó su carrera en el fútbol hongkonés, con todo lo que ello implica.
EL ENTRENADOR
El Forlán técnico debutó el 15 de febrero de 2020 ante Cerro en el Campeón del Siglo, cuyos arcos había bautizado Diego el día de su inauguración. Goles de dos glorias mirasoles como el español Xisco Jiménez (que se perdió el Mundial por lesión) y el propio Jesús Trindade le dieron la victoria. Diez partidos más tarde, con pandemia de por medio, fue cesado tras caer 2 a 0 ante Wanderers en el mítico escenario de Camino Mangangá.
¿Cómo jugaba aquel equipo? No tengo la menor idea. No me acuerdo de cómo titulé esta nota, mire si me voy a acordar de eso. Pero sí le puedo decir que era un equipo con perfil europeo: el mencionado Xisco y el recordado Krisztián Vadócz fueron titulares en esa derrota ante los bohemios.
Después también dirigió a Atenas y le fue igual de mal. Buenos pergaminos.
Mi preocupación central no es futbolística, sino capilar: en un microclima en el que cuatro de cada cinco periodistas deportivos uruguayos se han implantado pelo, la increíblemente frondosa cabellera del entrenador puede provocar cierta animadversión hacia su gestión.
En el plano positivo, Forlán cae bien fuera de fronteras y eso siempre rinde. Fue representante de Unicef, fue invitado al Mundial, Pichichi, Bota de Oro, Ferguson le revoleó un botín, etcétera. Me daba gracia pensar que a Bielsa lo trajeron porque su presencia nos iba a permitir hacer amistosos ante las grandes potencias. ¡Nadie quiere recibir a un equipo dirigido por alguien así! En cambio, Forlán es lo más opuesto a Bielsa que nos podemos permitir.
Se anuncia que la Celeste (me resisto a llamarla simplemente selección, pues me remite de manera inequívoca al relator de DSports) enfrentará próximamente a Corea del Sur, Australia y Japón. Tres duros escollos para los nuestros, pues venimos de finalizar peor que ellos en el Mundial, apenas por delante de potencias como Curazao, Haití e Irak, que quedó último. El «quédate tranquilo, Sadam» no pudo resonar en las calles bagdadíes.
¿Qué pasará con Obdulio? ¿Se quedará tranquilo? ¿Qué sentiría al ver a semejante gentleman al comando de nuestro principal equipo?
El tiempo lo dirá. Y mucho tiempo no nos queda.






