Oído absoluto para la ausencia - Semanario Brecha
Catherine Millot (1944-2026)

Oído absoluto para la ausencia

¿Acaso es posible, o incluso deseable, una armonía perfecta entre uno mismo y el mundo? ¿Cómo alcanzar el ritmo ideal entre la necesidad de vivir con otros y ese todavía no proferido por el solitario para sí y contra todos? La escritora, psicoanalista y docente Catherine Millot falleció en Niza el pasado lunes 24 de agosto, a los 81 años. Entre muchas otras cosas, escribió uno de los libros más intensos y removedores sobre el lazo, a veces anudado a modo de trampa, entre escritura, pérdida y soledad.

Catherine Millot. alchetron.com

La quietud de un crucero solitario por el Mediterráneo marca el comienzo de todo. La atención flotante hace de la escritura un ir y venir entre la contemplación de paisajes brumosos, la relectura de A la búsqueda del tiempo perdido y el recuerdo de un primer amor, un «amor-cataclismo». Imposible decir en unas pocas líneas de qué trata ¡Oh, soledad! (y si es una novela): el imperativo de contar una historia se desvanece, como la propia geografía, por el fraseo de una prosa en deriva rítmica y proliferación constante. Melancólica, sí, pero al mismo tiempo fecunda en la alegría que le dan algunos libros, algunas películas, algunos cuadros.

Conviene, entonces, renunciar de entrada a una paráfrasis demasiado detallada. ¡Oh, soledad! evoca una vida que se balancea entre inmersiones en mundos extranjeros y regresos al país natal como tierra de nadie. La alternancia mortal entre amores y soledades, distancias y cercanías. Quien escribe se reconoce, de repente, en el «Nunca más quizá» cantado por una mujer en una película de Béla Tarr. Encuentra que ese puede ser el epitafio de un amor. «A veces me imagino como un espeleólogo, bien sujeta a la cuerda de la pluma», afirma sobre su propia concepción de la escritura, y da cuenta de la estrecha relación entre el explorador de cuevas, que ausculta el espacio interior del mundo, abisal y asfixiante, y la escritura como experiencia de riesgo.

Para Millot hay un misterio: el de «la transmutación de la angustia, siempre relacionada con el vértigo y el pozo». El amor como mal sagrado, pozo de agonías y resurrecciones a través de la palabra. En esa inmensidad del monje al borde del mar de Friedrich, se deja ir en lejanos recuerdos amorosos o se demora en la descripción de una pintura, ensaya sobre el ideal de vida y la lectura en Barthes o cuenta su proyecto de escribir una biografía sobre un amigo escritor sin obra. También se extiende largamente sobre su fascinación por Hudson y su errancia patagónica. El fondo del libro dibuja una gran congregación de soledades. Con un oído absoluto para la ausencia, Millot encuentra en el susurro del lenguaje el fluir melódico para un estado de soledad feliz. Busca preservarse para sí un retiro que, aunque no total, suponga un «nada que hacer» de la escritura. «La escritura es una operación solipsista. Estoy escribiendo un libro que espero sea leído por cientos de miles de personas, de manera que debo aislarme de todos», escribió Walter Ong.1 De la misma forma, el espeleólogo se abisma en esa otra cara del mundo sin perder conciencia de la cuerda-pluma que, aunque artificial, intensifica su vida interior al tiempo que establece una distancia insalvable con lo conocido.

CON BARTHES Y HUDSON

Al pensar la relación entre escritura y muerte, Ong recuerda que el poeta Robert Browning dedicó algunos versos a la práctica de colocar flores frescas entre las páginas de los libros impresos. Sin embargo, la flor muerta, en su tonalidad amarillenta y marchita, anuncia el rebrote de la lectura más allá de la mortalidad de las cosas. Asumido su riesgo de aprender para el vacío, ¡Oh, soledad! es una iluminación perenne para aquel que permanece bien sujeto a la cuerda de la ausencia. Como la linterna del espeleólogo, cuyo haz es ideal para viajes largos en zonas oscuras y escarpadas, Millot deja impresas sus reflexiones interiores sobre el nudo que mantiene al lector sostenido en el abismo, lanzado al riesgo de la quietud contemplativa y al balanceo de vértigo que lo lleva a alcanzar las huellas en cavidades subterráneas. En esa experiencia el lector siempre está solo, y «la soledad le es necesaria a quien quiera pensar libremente», sentencia. El título del libro puede sugerir cursilería o cierto grado de afectación: nada de eso hay entre sus páginas. La soledad de la que se habla evoca la dicha, pero también «su faz negra, la que toma el rostro del abandono».

Al final, el libro también puede ser el encandilamiento de una lectora fascinada. En ¡Oh, soledad!, Barthes y Hudson ofician como maestros escriturales: «Dos figuras de la soledad. A Barthes, la celda, el estrecho espacio que protege y aísla del mundo. Al hombre de las altas mesetas de la Patagonia, los grandes espacios desérticos que parecen extenderse al infinito». Para Beatriz Vegh, responsable de la muy cuidada traducción, se trata de «un sorpresivo y sugerente paralelo».2 En definitiva, Millot traza algunas líneas de confluencia inéditas que consuman la gran utopía barthesiana: una puesta en común de las distancias. Se inventa para sí una comunidad de solitarios consagrada a la escritura, esa que posibilita una introspección cada vez más articulada, aunque no por eso menos dolorosa y cambiante, en torno a la preparación o el despertar a una posible «vida nueva». La escritora se sabe ella misma en un umbral que va más allá del comienzo de esas vacaciones, de ese crucero entre islas: «Mi vida estaba ante mí como un horizonte vacío donde nada detenía la mirada, lo que me hacía experimentar una peculiar impresión de alivio, evasión y absoluta libertad». Momento para un desprendimiento definitivo de las obligaciones sociales: consumación final de la escritora-isla, prudencialmente distanciada de los estremecimientos del mundo.

  1. Walter Ong, Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra, Fondo de Cultura Económica, 2011. ↩︎
  2. Beatriz Vegh, «La lección de Roland», Brecha, 6-VIII-15. ↩︎

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