Activando el escepticismo digital

Medios, periodistas y ciudadanos.

Foto: Héctor Piastri

Entre el optimismo tecnológico y el pesimismo democrático, entre tocar el cielo con el mouse y arder en el infierno digital puede haber oportunidades de acción para periodistas y ciudadanos interesados en mejorar la calidad del debate público y de la información que lo nutre.

Ha pasado casi un cuarto de siglo desde que Internet se instaló en nuestras vidas. Parece que fue ayer o que siempre hubiera estado ahí. Ya no nos imaginamos nada sin él/ella (la red), pero no es fácil saber qué nos cambió y, sobre todo, en qué sentido.

Por decir fútbol

Para el periodismo y los periodistas se abrieron cielos, infiernos y mucha confusión. En el cielo aparece el acceso más rápido y fácil a mucha más información. Información sobre personas, hechos, instituciones, que podía llevar horas o días conseguir, puede estar a pocos clics. Grandes volúmenes de información disponibles en la red y adecuadamente explorados por el periodismo de datos pueden revelar tramas enormes de poder y corrupción que, probablemente, hubieran permanecido ocultas. Ese tipo de periodismo suele nutrirse del trabajo colaborativo de muchos periodistas en distintos lugares, algo que Internet también facilita.

Pero junto con la información útil disponible en la red hay también mucha inútil o de mala calidad por errónea o sesgada: un infierno informacional. Hay también cada vez más periodistas que confunden investigar con googlear y abandonaron –si conocieron alguna vez– el trabajo riguroso de hablar con los protagonistas, contrastar fuentes, verificar. Tenemos todo para un mejor periodismo, y todo para uno peor. Claro que siempre hubo buen y mal periodismo, buenos y malos periodistas. Internet puede potenciar ambos.

PERIODISMO EN PANTUFLAS Y SEGUNDA DIVISIÓN. Internet también facilita el trabajo a distancia. Muchos periodistas pueden colaborar con varios medios en su país y en el mundo desde su ciudad y desde su casa. Periodismo en pantuflas y de a pie que amplía las posibilidades de publicación e independiza a los buenos periodistas de las restricciones editoriales que puede significar la dependencia de un medio. “Escribo sobre lo que quiero y cuando quiero, acepto o rechazo encargos.”

Pero el teletrabajo puede y suele acentuar la precarización laboral: ingresos inestables, sin derecho a vacaciones ni a enfermarse, sin jubilación. No es una opción para cualquiera en cualquier etapa de la vida. Por eso muchos la complementan con algún trabajo tradicional que resuelva esas cuestiones o la asumen como complemento creativo de su trabajo rutinario. En el cielo digital se aseguran un ancla terrenal o desde tierra lanzan a Internet su cometa virtual, según sople el viento y la primavera.

El periodismo digital es un espacio en expansión surgido inicialmente sobre todo de los medios tradicionales, que se sintieron obligados a entrar en la red, o entraron con ganas para incursionar en nuevas modalidades multimediales e interactivas. Un diario ya no es sólo texto, sino también audio, video e hipertexto, con una inmediatez que ya no depende de la hora de cierre. Lo mismo vale para una radio o un canal de televisión que, a la inversa, ya no dependen sólo de la emisión en vivo, y pueden ser vistos y oídos en cualquier otro momento. Nacieron también medios exclusivamente digitales, no ligados a un medio tradicional, que suelen ser los que mejor aprovechan estas posibilidades. Y en todos los casos las audiencias pueden comentar y aportar mucho más rápido y fácil que por correo o teléfono. Nace además, o crece mucho con Internet, un periodismo alternativo, hecho por militantes sociales o ciudadanos interesados en generar y difundir información, análisis y opinión que no solían tener lugar en los medios tradicionales ni en las agendas de los periodistas.

PERO NO FALTAN NUBES EN ESTE CIELO DIGITAL. Cuando derivan de un medio tradicional, los periodistas suelen ver a la versión digital como la segunda división. Allí todo se hace rápido, sin editar y hasta sin verificar. Lo importante es salir antes que los demás. Es también donde se cargan los contenidos más “livianos”, pero que pueden atraer audiencia. Y donde empiezan los más jóvenes, con menos experiencia y peor pagos.

GRITOS EN LA PLAZA Y MEDIOS SIN SUSTENTO. La participación de las audiencias se transforma con frecuencia en una cacofonía ciudadana. Infinitos comentarios que nadie alcanza a leer, gritos en la plaza pública digital entre los que puede haber aportes muy valiosos que no se oirán. Los intentos de organizar esa caótica esfera pública se vuelven imposibles cuando el debate se traslada a las redes sociales, espacio ideal para la circulación de noticias falsas, opiniones infundadas y manipulaciones robotizadas, como venimos viendo en campañas políticas recientes. Y el periodismo alternativo o ciudadano puede tener mucho de militante, pero poco de rigor periodístico.

Finalmente, todavía no está claro cómo hacer sostenibles los medios en Internet. Los diferentes modelos de negocios ensayados –suscripción, cobro por contenido, publicidad– no terminan de cerrar en muchos casos. A veces perjudican al propio medio tradicional del que derivan: ¿para qué pagar por un diario en papel que puede leerse gratis o a menor costo en Internet? O simplemente, ¿por qué pagar por algo en Internet, que es “por naturaleza” gratis? En otros casos, la competencia es con gigantes trasnacionales que llevan las de ganar: Facebook y Google se quedan con la parte mayor de la inversión publicitaria en Internet; Netflix, con el grueso de las suscripciones por contenidos audiovisuales.

Para esto último algunos países han comenzado a establecer normas que buscan mitigar los efectos predatorios sobre las industrias culturales locales. En Europa, por ejemplo, Netflix tiene ahora que incluir cuotas mínimas de películas y series nacionales y europeas en su catálogo, y también realizar producciones locales. Uruguay, que no termina de implementar la ley de medios de 2014 para los medios tradicionales, lejos parece de algo así. La empresa telefónica estatal “regala” Netflix a sus usuarios sin contrapartida alguna, y sólo se le cobran impuestos que la empresa traslada sin problema a sus usuarios.

Entre tantos nubarrones, el optimismo tecnológico inicial que veía a Internet como el gran democratizador de la comunicación y de la sociedad fue cediendo paso a un pesimismo apocalíptico o a un realismo escéptico. Personalmente me quedo con este último, pero sumándole el optimismo de la voluntad transformadora, como diría Gramsci. Me animo entonces a sugerir algunos caminos que ya se están transitando aquí y allá, pero que me parece que habría que ensanchar más.

CIUDADANOS, INVESTIGADORES Y PERIODISTAS. Creo que son posibles y deseables alianzas más fuertes entre buenos periodistas y audiencias activas. Medios dirigidos por periodistas, que estimulen fuertemente la participación de sus audiencias y que dediquen tiempo y energía a hacer de ella algo productivo. Convendría incluir en esta alianza a la mejor investigación científica posible, para ayudar a pensar cómo mejorar la calidad de la deliberación digital. Creo que alianzas de este tipo pueden potenciar también los modelos de negocios basados en suscripciones: audiencias activas pueden querer sostener económicamente a los medios que las nuclean. Y los investigadores –informáticos, comunicadores, psicólogos, lingüistas– pueden encontrar alta motivación –y financiamiento– para un temática científica de punta.

También pueden ensayarse alianzas entre medios alternativos basados en el periodismo ciudadano y medios “tradicionales” (digitales o “mixtos”) basados en un periodismo profesional crítico. Pienso por ejemplo en las radios comunitarias, que suelen tener dificultades para sostener su agenda informativa local, y las radios públicas estatales. Implicaría construir agendas combinadas entre lo nacional, lo global y lo local. Un periodismo crítico como el de Brecha podría también tener un lugar en alianzas de este tipo, a las que Internet facilita mucho la circulación de contenidos y la articulación organizativa.

Internet nos ha dado oportunidades maravillosas de acceso a información, desarrollo de nuevos formatos y formas de trabajo, participación y debate ciudadano. Y también ha dado alas a un periodismo de mala calidad, a la precarización laboral, a un debate público pobre y manipulable. Creo que, todavía, está en nosotros potenciar lo primero y combatir lo segundo, usando Internet para construir redes de solidaridad y esperanza. Incluso en tiempos de pesimismo tecnológico y político como el que se nos ha ido instalando en la región. Más aun en estos tiempos.

* Profesor titular del Departamento de Especializaciones Profesionales del Instituto de Comunicación (Fic-Udelar). Doctor en estudios culturales latinoamericanos de la Universidad Andina Simón Bolívar (Ecuador).

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