La sobrevalorada cultura del debate: La argumentación como deporte de contacto - Semanario Brecha
La sobrevalorada cultura del debate

La argumentación como deporte de contacto

UNSPLASH

El arte de debatir tiene muy buena prensa. Se suele estimar que en su ejercicio se ponen en juego virtudes morales (como la valentía, antiguamente llamada hombría o virilidad) e intelectuales (como la perspicacia, el ingenio o la sagacidad).

Arte asociado a la oratoria, puede ser considerado distinto de esta en, al menos, un aspecto fundamental: mientras que el simple orador no compite sino, en el mejor de los casos, contra sí mismo, el debate supone un enfrentamiento, una especie de contienda o de competencia de la lucha verbal. En un tiempo pasado no muy lejano, se valoraba todavía en el orador la capacidad de organizar su discurso, su claridad, su elocuencia, y otras virtudes lógicas y retóricas. En el debate se pone en juego primaria y principalmente la capacidad de sobreponerse al contrincante y de derrotarlo. Un orador con un discurso débilmente articulado y pobremente desarrollado puede ganar con facilidad un debate si el oponente no es mejor que él. Un debate está orientado al fin positivamente práctico de ganar: es una actividad sometida al puro criterio del éxito competitivo. Lo mismo que ocurre en cualquier deporte: no se trata de que el jugador o el equipo demuestren ser buenos, sino, meramente, que demuestren ser mejores que el o los rivales.

La cultura de la oratoria y la cultura del debate, aunque emparentadas, no son lo mismo. No se trata de establecer aquí una falsa oposición, sino una mera distinción. No se trata tampoco de sostener que sea necesariamente mejor una que la otra. Cualquiera sea el valor que cada una de ellas tenga, la cultura de la oratoria viene perdiendo terreno frente a la cultura del debate. Ello con seguridad se deba a lo extraordinariamente bien valorados que están los debates en la cultura anglosajona, y a lo extremadamente bien extendida que está la cultura anglosajona por el mundo.

Ignoro si hay algún rasgo muy general en el plano de las respectivas cosmovisiones que incline a los países protestantes hacia la cultura del debate y a los países católicos hacia la cultura de la oratoria, pero es un hecho que la cultura del debate ha venido ganando terreno en nuestras sociedades, antes probablemente más inclinadas a valorar la oratoria, y que ese creciente prestigio no es más que un contagio (bueno o malo) de la cultura anglosajona.

Volvamos a señalar un punto que es central: de un orador se toma en cuenta si su discurso es bueno (claro, ordenado, persuasivo); cuando de un debate se trata, no se pregunta casi nunca si los discursos de los oradores fueron buenos, sino meramente quién ganó. Son muchos los influencers de internet que se han hecho un nombre a través de sus reiterados debates (algunos de ellos simples montajes propagandísticos) con oponentes que no estaban a su altura, o que no estaban acostumbrados al manejo de ciertas técnicas retóricas.

Los manuales que hace décadas pululan en el mundo anglosajón, y ahora también en nuestro mundo hispanoparlante, muchas veces prometen ofrecerle al lector estrategias de ese tipo, para ganar debates o, al menos, para no perderlos. Perder, en términos competitivos, en las sociedades del éxito en las que vivimos, es lo peor que le puede pasar a uno. «Yo quiero ganar siempre, yo quiero ganar en todo» es una frase que se escucha muy seguido, sin que parezca que los hablantes que la profieren entiendan la honda imbecilidad de su significado.

Bajo el reinado de la cantidad, el éxito en un debate, pongamos por caso entre dos o más candidatos a algo, se mide por el número de votos que cada uno de ellos reciba de los espectadores. Supuestamente, un debate de esas características agrega calidad a la democracia y comprensión a los temas de interés público. Rara vez, sin embargo, se señala exactamente qué es lo que se ha conseguido inteligir mejor después del debate que antes de que tuviera lugar. Del mismo modo, los registros audiovisuales de los debates en las plataformas electrónicas se anuncian con títulos como (así, todo en mayúsculas): ZURDA FEMINISTA MUERDE EL POLVO Y ES HUMILLADA POR AGUSTÍN LAJE o TITÁN CATÓLICO DANTE URBINA DERROTA A FILÓSOFO CALVINISTA EN DEBATE SOBRE LA PREDESTINACIÓN. Nada indica, ni a nadie parece importarle tampoco, si después del debate alguna de las cuestiones debatidas resultó más inteligible de lo que antes resultaba serlo.

La lingüista escocesa Deborah Cameron, en su artículo «Theorising the Female Voice in Public Contexts», incluido en el trabajo colectivo Speaking Out: The Female Voice in Public Contexts, editado por Judith Baxter en 2006, observa que, aunque en la mayoría de las sociedades desarrolladas contemporáneas las mujeres no son menos competentes que los hombres en el manejo de las variedades y los registros lingüísticos de alto estatus que se asocian a los ámbitos y los contextos de uso público de la lengua, tienen, sin embargo, una menor presencia en estos.

Algunas feministas, explica Cameron, argumentaron que incluso las mujeres con un alto nivel educativo eran socializadas para favorecer una forma de hablar y de escribir que estaba en desacuerdo con las demandas de muchos contextos de uso público de la lengua. Ello porque esa forma de hablar y de escribir (caracterizada como «cooperativa» o «consensual») resulta menos valorada que otras formas y estilos, siempre según esta interpretación, por una tradición retórica occidental de orientación fundamentalmente agonística, que ha matrizado las convenciones del discurso en instituciones de la esfera pública como los parlamentos, los tribunales de justicia, la academia y la prensa. Para algunas feministas, el remedio radicaba en ampliar los repertorios de las mujeres para abarcar también aquellas formas y estilos más confrontativos y adversativos que connotan convencionalmente autoridad pública; para otras, lo que había que abordar no eran las supuestas deficiencias de las mujeres como usuarias del lenguaje público, sino la devaluación cultural del discurso no agonístico, en virtud del cual se las percibía como insuficientemente aptas para el debate público.

Si este diagnóstico es correcto, la primacía de la cultura del debate sobre otras formas y estilos de intercambio conversacional tiene hondas raíces en la tradición retórica occidental. Ello no nos inhabilita para reconocer sus limitaciones y defectos, ni, mucho menos, nos obliga a elevar estos últimos a la categoría de bienes.

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