Al menos, algo

La palabra censura.

Foto: Afp, Manuel Cohen

Crecí con la palabra “censura” dando vueltas en mi casa, porque era plena dictadura y hasta el año 84 mi papá, letrista de la murga Falta y Resto, tenía que presentarle las letras a una comisión militar que fiscalizaba todo lo que se cantaba en Carnaval. Cuando prohibían una canción la tachaban con rojo: esto no se canta y chau. Uno de los cuentos clásicos de mi infancia era que en el año 83 a mi madre, para que una letra de mi viejo pasara la censura, se le había ocurrido escribir el cuplé “Murga La” como si fuera prosa, sin versificar, para que se notara menos el pesado trasfondo político que lo atravesaba. Los milicos compraron el truco, no se dieron cuenta del doble sentido y no prohibieron la letra: “Murga La” fue uno de los cuplés de resistencia más famosos, y su cupletero, el mágico Roberto García, se transformó para siempre en uno de mis héroes.

Muchos, muchos años después, miré un documental argentino que se llama Un importante preestreno, de Santiago Calori. En él el cineasta cuenta, basándose en entrevistas y material de archivo, la historia de la censura en el cine argentino de la dictadura. Ciertas películas no podían exhibirse en ninguna sala, y las que sí se estrenaban pasaban por Miguel Paulino Tato, un censor que cortaba las escenas donde había sugerencias sexuales, droga, enfrentamientos militares o rebeldía política. Cortaba las partes de película y después pegaba lo que quedaba, esos restos que sí respetaban la moral y las buenas costumbres: pastiches que Calori transformó en documentos casi cuarenta años después, como un intento de reparar esas copias amputadas y rotas devolviéndoles una nueva lectura.

En mi imaginación, en mi experiencia y en alguna de sus definiciones de diccionario, la palabra “censura” tiene que ver con prohibir. Si hacías, decías o compartías algo censurado y el Estado te descubría, ibas preso. La violencia directa era un modo de tapar las fisuras, de extremar eso que de alguna manera cualquier enojo siempre hace: tapar el verdadero sentido, ser síntoma vacío de algo más hondo que, como sea y a cualquier precio, no se puede dejar salir.

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Hace unos días la Intendencia de Tacuarembó compartió un afiche que difundía la 33ª Fiesta de la Patria Gaucha. La imagen es una obra del artista Fernando Fraga que muestra a una mujer joven, negra, bella, amamantando a un bebé blanco en un entorno casi bucólico, que emula la época de la esclavitud. La cara de la mujer trasmite el momento de felicidad: está inclinada sobre el bebé con una media sonrisa placentera, el cuerpo flaco y visiblemente sano, adornos en las orejas y el pelo. Debajo de la imagen, la leyenda promocional reza: “La fiesta más criolla, en el pago más grande de la patria”.

En el nombre de la patria, en Uruguay, se han hecho muchas cosas. Se mataban indígenas, por ejemplo, o se los romantizaba para terminar de asesinarlos en las conciencias, en esa especie de poema novelado que es Tabaré, de Zorrilla de San Martín. Porque la representación de la patria es, de algún modo, la patria misma: esa entidad que define lo que nos representa, los íconos que nos vuelven una unidad, algo que sea “lo mismo” acá y del otro lado del Río Negro. La idea de la patria es un territorio en disputa, porque en ella, históricamente, se ha silenciado el conflicto. La patria nació blanca, nació varón y nació en español, en un complejo proceso de refundaciones en el que las máscaras europeas invadieron incluso el territorio de representación de lo rural, como se ve todavía hoy en esa fuga de corte renacentista que adorna, en el afiche de la Patria Gaucha, el trabajo figurativo de Fernando Fraga.

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El Instituto Nacional de Mujeres (Inmujeres) llamó la atención en un comunicado sobre el contenido racista del afiche y el peligro de seguir representando “de manera naturalizada una situación de subordinación racial y de género”. Por su parte, el grupo Diálogo Político de Mujeres Afrouruguayas, la Casa de la Cultura Afro-Uruguaya y otras organizaciones también se sumaron al cuestionamiento con un comunicado explicativo, firme pero respetuoso. La comunidad afro ahora, dos siglos después, recién se está animando a hacer lo que las amas de leche no podían: levantar sus voces, reclamar por sus derechos y también disputar el campo simbólico. Porque como los artistas plásticos afro que exponen en galerías o museos, o que reciben encargos de trabajo por parte del Estado, siguen siendo muchísimos, pero muchísimos menos que los blancos, la disputa se lleva a cabo reclamando que al menos la mirada blanca sobre los cuerpos negros no los rebaje a su condición de esclavos. Al menos, algo. Pero los medios se hicieron eco de la polémica, y una vez más en las redes sociales, y en algunos preocupantes titulares, empezó a hablarse de censura.

En los cuentos de mi infancia sobre la censura no había comunicados, llamados de atención o explicaciones racionales. Seguramente no los había tampoco cuando los amos blancos prohibían a los esclavos tocar el tambor. Llamar “censura” a la reacción de ciertos colectivos sociales frente a una obra promocionada por el Estado funciona en sí como una violencia simplificadora, que intenta proteger a quienes creen que las tradiciones no deben cambiar nunca y que las niñas de la escuela pública deben seguir haciendo de esclavas lavanderas con toda felicidad y naturalidad, con la cara pintada con corcho quemado, porque las cosas siempre han sido así.

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El año pasado el gobierno de Michel Temer, mediante una decisión judicial, no dejó que Caetano Veloso cantara en un recital de apoyo a los sin techo. La noticia volvió a dar vueltas ahora, después de que se supiera que en Brasil, después del triunfo de Bolsonaro, corrieron por Whatsapp listas de más de cien artistas para boicotear, porque cometieron el grave error de pronunciarse contra el candidato. Las feministas también nos pasamos por Whatsapp nombres de artistas denunciados por abusadores o violadores: la pequeña diferencia es que nosotras elegimos señalarlos porque cometieron un crimen que está penado por la ley, no por cantar o pronunciarse en contra de un candidato. ¿Puede llamarse censura a la reacción frente a la injusticia cuando no se tiene ningún mecanismo real para prohibir y cuando, además, el problema mayor no es el arte sino los mecanismos de ocultamiento que suceden allí donde son aplaudidos quienes representan a las mujeres como objetos plausibles de denigración y agresión?

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El artista Fernando Fraga declaró que él no había tenido intención de ofender a nadie, y que por eso su cuadro no es racista. Es claro que sus intenciones fueron buenas, pero también es evidente que detrás de esas declaraciones hay un entendimiento del arte como algo aséptico, que no cumple otra función que la de comunicar un mensaje o embellecer la vida. Pero la estética es eso que nos desnuda, que nos trasciende, que se completa con la lectura del otro. Muchos artistas reciben lecturas completamente ajenas a sus intenciones, y algunas duelen. Porque el problema es asumir la responsabilidad de representar una patria que está en disputa, donde hay colectivos que ya no están dispuestos a ser mirados, u ordeñados, mientras hacen silencio. Porque además, por suerte, vivimos en un momento en que por expresarte nadie te va a meter preso, ni vas a quedar en una lista negra, ni vas a tener que exiliarte.

Simplificar la idea de censura resulta peligroso. También dar por sentado que la libertad de expresión es un derecho adquirido, cuando la brecha racial y de género es tan grande a favor de los varones blancos, en el periodismo, en la expresión plástica, en la música, en la literatura, en la fotografía y en el cine; en los cargos vinculados a políticas culturales y en instituciones de difusión y promoción, públicas y privadas. Pero más peligroso aun es no detenerse a pensar, para quienes se dedican a realizar, pensar y difundir el arte, qué podrían cambiar para que esa situación se modifique, para que disminuya la desigualdad que supone que algunos sigan, eternamente, sin tener una patria, o tal vez una matria, que los tome en cuenta. En todo caso, censuremos del sentido común la idea de que la estética se encuentra por fuera de la ecuación social que genera la violencia. Eso sería, al menos, algo.

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