Ale y yo

Ilustración: Dani Scharf

De Ale se decía mucho y se sabía poco. Con la única persona que había mantenido algún tipo de vínculo en el pueblo era con doña Amelia, a quien asocio, desde mi niñez, con el olor a ruda. Doña Amelia ya era vieja cuando mi madre me llevaba a santiguar o a tirarme del cuerito para curarme del empacho. Si había algo que doña Amelia no tenía, justamente, era empacho en su afán de ventilar, desaprobar y administrar los males ajenos. Cuando regresé al pueblo, por pura necesidad familiar, ella ya había abandonado esos antiguos oficios, que le habían otorgado cierto prestigio entre los dos mil trescientos y pico de aldeanos. Ahora se dedicaba a las rentas de unas propiedades que había heredado inesperadamente, y esa fortuna había elevado su estatus.

La casa donde Ale se había hospedado pertenecía a doña Amelia. Allí se había instalado con su gato gris, demasiado gris, estilizado y dócil. Se la alquilaba desde su llegada al pueblo, hacía unos meses, y quedaba tres casas más allá de la mía. Se sospechaba que Ale tenía alguna especie de teletrabajo porque tenía la rutina estropeada, salía y entraba a horas disímiles, y de algo tenía que vivir. Quizás era una mantenida. O un mantenido. Nadie sabía si era mujer o era varón o mujer convertido en varón o varón convertido en mujer, ni qué podía estar haciendo en un pueblo que no le pertenecía. Quizás había huido de un mal de amores o de algún escándalo impúdico, quién sabe. Roberto, que había convertido su almacén en algo que podía confundirse con un autoservicio, solía propagar su frustración entre la clientela: las compras de Ale no arrojaban pista alguna sobre su clase de vida.

Roberto y doña Amelia no eran los únicos que estaban pendientes de Ale. Todos en el pueblo lo estaban, incluso yo. Doña Amelia, que siempre tiene la posta –hay que reconocerlo–, tenía la versión más acertada: se había embarcado en un proyecto artístico y se quedaría unos años en el pueblo porque la polución capitalina le embargaba la creatividad. Debo decir que esto me causó cierto resquemor. Siempre he preferido los vapores del cemento a los vapores de mi pueblo, al que volví por obligación, a sostener la cuenta regresiva de mi abuela Nilda que quería ofrendar, a su tierra, su último respiro. Pero lo cierto es que, desde mi llegada, la finitud de la abuela Nilda estaba cada vez más inaccesible, y no tener salida al mar me provocaba una sensación de claustrofobia cada vez mayor. De todos modos, se suponía que el arreglo familiar para que me ocupara de ella era beneficioso para mí: me mantenía con su jubilación de funcionaria pública mientras terminaba mi segunda novela, sin tener que recurrir a absurdos laborales para ganarme el pan. Pero ese pase libre, el sueño de cualquier escritor, no compensaba la cárcel que significaban las cuatro paredes del pueblo. Llevaba varios meses sin teclear una palabra. Y alguien venía acá “a inspirarse”, dijera doña Amelia.

A Ale no parecían importarle las miradas de búho, ni que su presencia fuera tan penetrante y entretenida. Caminaba sin preocupación, sin morder los vicios de la capital, donde se había criado. Devolvía saludos de extraños sin pesar, mostraba disposición a los intercambios mundanos (siempre ocasionales). Pero, aun sin perder la cortesía, se volvía impenetrable. Nunca había dado explicación alguna sobre su intimidad, como nadie la daría en el anonimato citadino.

Una de las cosas más avasallantes era su potencia seductora. El pueblo –y yo también– olía su oxitocina como el no fumador percibe con mayor agudeza el humo de tabaco. Ale podía inundar el pueblo como el primer horneado de la panadería al amanecer o como el presagio de las tortas fritas al comenzar la lluvia. Emanaba una sensualidad soberbia que parecía ignorar y que alimentaba la libido de cualquier cuerpo, de hombres y de mujeres, aunque ninguno se lo permitía. Bueno, yo sí.

Superado mi resentimiento inicial, empecé a revolcarme en su misterio, primero en las sombras nocturnas, luego a toda hora, entre el hedor a farmacia que desprendía mi abuela Nilda. El pueblo bailaba al son del desconcierto, pero a mí, su veda me atraía ferozmente. Su enigma cromosómico y su intimidad intelectual, en armoniosa alternancia, me despertaban la urgencia del erotismo. Durante mis vigilias detrás del mosquitero del ventanal, fantaseaba con conocer a Ale a través de su arte, cualquiera fuera, o el arte de su cuerpo, cualquiera fuera. Me amedrentaba con su especial tesitura, y me intimidaba con su sencillez. Pero decidí cancelar todas estas barreras.

Humanicé a Ale. Durante varios días, imaginé cómo se limpiaba el trasero con papel higiénico (nunca falla) y traté de suponer sus congojas (todos las tenemos). Una tarde, luego de aguardar que entrara al negocio de Roberto, rapté a su gato gris. Lo olfateé con terquedad, pensando que podría traficar el olor de Ale, pero sólo olía a gato. Esperé un par de horas y caminé hasta la puerta de su casa con la mascota alzada, entregada al ronroneo.

Golpeé la puerta con determinación. Ale la abrió como cualquier otra persona y la dejó entornada, como si no tuviera ánimo de ocultar nada.

—Hola, ¿cómo estás? Soy Fran, el gatito apareció en mi casa. Lo encontré dormido, pregunté y me dijeron que es tuyo –recité.

No percibí señales de incomodidad. Ale se concentró en su gato y yo en Ale, intentando acompasar su rostro al bosquejo que me había hecho. La vulgaridad de sus facciones no me decepcionó. Se diluían en su mirada absorbente, en su cabello castaño que caía como inocente sobre sus hombros y, sobre todo, en su talante.

Orienté mi atención hacia el animalito, que en ese momento se escurría de sus manos jóvenes, pero sin edad.

—¿Cómo se llama? –pregunté.

—Arcoíris. ¿No es bonito?

Yo traté de responder como si nada, al amparo del libreto que me había preparado.

—No me molesta para nada, puede ir a casa cuando quiera, pero imaginé que podrías preocuparte si no lo encontrabas…

Ahora venía la parte en que le decía que cuando quisiera tomábamos unos mates, pero no fue necesario. Menos mal, porque me desarmó con el vocativo:

—Muchas gracias, Fran. ¿Querés pasar? –invitó abriendo paso.

—Oh, sí, claro. Dejé a mi abuela sola, ella está muy enferma, pero un ratito se las puede arreglar.

—Está un poco caótico todo… Pero me gusta trabajar así. Vos sos de acá, ¿no? Qué pueblo extraño este… ¿Cómo se entiende?

Solía ser así, entraba y salía de súbito de los asuntos. Hablaba de lo que fuera, no tropezaba con tabúes o discrepancias. Su simplicidad me resultaba sublime. La obnubilación, que luego reconoceríamos como mutua, retardaría bastante el hallazgo de nuestras fisuras, tan humanas, tan necesarias.

Aquella tarde, la primera de todas, desapareció de mí cualquier resabio de envidia por el modo que Ale tenía de asumir la estadía en ese pueblo. Me transformé en su arraigo a este lugar sin bondad y Ale se transformó, para mí, en una especie de fuga. Dejé de huir a la ciudad los fines de semana. Hacernos compañía aminoraba el letargo de nuestras musas. Expoliábamos en el arte la soledad y el rechazo, con la esperanza de conquistar alguna versión de la empatía de los demás. Que nuestras creaciones expresaran lo que nuestros cuerpos indómitos no podían se había vuelto vital. Amasábamos la espera del reencuentro detrás de una cortina de murmullo constante, que doña Amelia lideraba con esmero y sabiduría. Ahora no era sólo Ale. Éramos Ale y yo.

Artículos relacionados