Alta costura

Durante cada período, los analistas y los medios se desviven por describir la tirantez de las costuras y el estado de ese retazo que parece ya pender de un hilo, pero la urdimbre parece haber sido tejida con una delicadeza y una paciencia a prueba de balas.

Foto Archivo ACAR.

Es habitual que los análisis se centren en las cualidades para el liderazgo de los candidatos a ocupar el sillón presidencial, o en la efectividad de los latiguillos de campaña. También en las razones de las victorias y de las derrotas, cuando a primera vista son insondables, porque fueron construidas a fuerza de una lenta alquimia. Pero quizás, a contracorriente del enérgico pujo presidencialista que suele tener toda elección, en la que acaba de producirse, esos puntitos vacíos que representan el diagrama del Parlamento estuvieron en la cabeza de más electores de lo que a priori podría imaginarse. La primera vuelta del sistema uruguayo es también la elección parlamentaria, y el abanico que se despliega en las cámaras es el que mejor representa la composición de un humor ciudadano, que se expresa de múltiples maneras, incluso contradictorias y dialécticas. El Parlamento uruguayo, castigado a menudo en los titulares por los sueldos, los viajes y las manos de yeso, es el que en definitiva le da ese sustrato de sensibilidades a la democracia representativa.

Y de esta primera vuelta, contra las visiones de todos los pitonisos, si bien surge un partido que vuelve a conservar su hegemonía parlamentaria, y que con el vigor de sus votos replica su derecho a defender un programa y una forma de hacer política, la sensación es que el canto de los electores esta vez transita por tonalidades más variadas (tanto puertas adentro de la coalición de izquierda como fuera de ella).

¿Qué decir de esa poderosa herramienta llamada Frente Amplio? Quizás que es una máquina que luce un día sí y otro también oxidada, caótica, con un trajinar que a veces se hace insoportable. A menudo una pieza importante parece que se va a desencajar y va a dejar al ingenio patas para arriba. En su transcurrir, más de uno de sus timoneles (sí, así, en plural) o de sus operarios ha partido para su casa cansado, molesto, o herido en su orgullo. Pero la herramienta, y allí parece estar el secreto de su éxito, vuelve a reinventarse, contra los diagnósticos más pesimistas y aun a contramano de algunas páginas desencantadas. El FA ha vuelto a conquistar por tercer período consecutivo la mayoría en ambas cámaras, y lo ha hecho a pesar de haber perdido algún puñado de votos por izquierda. Porque es evidente que si ha logrado retener a sus 50 diputados, pero a la vez la Unidad Popular desembarca en el Parlamento, algunos miles de electores críticos abandonaron la bandera de Otorgués.

No hay otra explicación posible de esta reinvención, a mi modo de ver, que la demoledora diversidad que el FA es capaz de exhibir. Durante cada período, los analistas y los medios se desviven por describir la tirantez de las costuras y el estado de ese retazo que parece ya pender de un hilo, pero la urdimbre parece haber sido tejida con una delicadeza y una paciencia a prueba de balas. Las contradicciones internas que los líderes de la oposición se empeñan en denostar son en realidad la propia fórmula magistral. Ese degradé que se extiende desde los sectores emparentados con la democracia cristiana hasta los grupos de raíz marxista-leninista, que a su vez combina gradaciones de todo tipo y es permeado por la militancia social, es el que nutre una reserva que no falla en los momentos decisivos. Algunos de los componentes podrán centrarse un tanto más en las libertades o en las igualdades, en la economía o en la agenda de derechos, en la lucha de clases o en el feminismo, pero el combo no resigna potencia.

La coalición ha sido capaz de perder algunos votos por izquierda (quizás también haya contribuido a deshilachar, de nuevo gravemente, al Partido Colorado), pero el Mpp vuelve a ostentar la supremacía interna, con la particularidad de que la ex senadora del E 609 Constanza Moreira reedita su banca, esta vez sin el paraguas de José Mujica. Ni este factor, ni la acalambrante demostración de vigencia (y de militancia) del Mpp, o la irrupción de Sendic, tampoco impidieron que el Partido Comunista retuviera su banca en el Senado. Habrá que ver cómo se parará la bancada frenteamplista en un discurrir de gobierno que siempre tiene sus puntos de inflexión y sus tensiones, y que ya ha demostrado que cuando siente que debe marcar territorio lo hace (4,5 por ciento para la educación, modificaciones a la reforma tributaria, despenalización del aborto, derogación de la ley de caducidad, entre otros). De todos modos es un hecho que el megasublema que reúne a los sectores de mayor tradición marxista (resignificada, renovada; póngale el “re” de su preferencia), junto al sublema que postuló a Moreira, han captado casi 700 mil votos. Es demasiado temprano para hablar de “giros”, porque también esos agrupamientos poseen una considerable diversidad en su interior, y la representación de lo que está en disputa dista de ser uniforme.

Se sabe que el Frente Amplio no es una topadora impenetrable y exenta de contradicciones. En el libro El desafío, Constanza Moreira narra con lujo de detalles el bloqueo al que quedó sometido el primer proyecto de despenalización del aborto que pretendió impulsar el FA, debido a la oposición de legisladores frenteamplistas (como Andrés Lima, el diputado más votado el domingo en Salto, que ahora revista en la lista 711). Y cómo Iván Posada (Partido Independiente) se volvió una pieza clave para que cristalizara la ley que hoy rige en Uruguay. Por eso, la llegada del PI al Senado y de la UP a Diputados, ¿hasta qué punto no contribuye a bocetar un crisol en el que podrían existir interacciones impensadas? Ciertos temas de derechos podrían encontrar sintonías con el PI, y algunos asuntos vinculados a las megainversiones podrían encontrarlas en la UP (aunque los perfilismos siempre aportarán su cuota de imprevisibilidad). Aun así, quizás haya que esperar una mayor sedimentación de los resultados para concluir que el país se corrió hacia la izquierda, con toda la complejidad semántica (y no sólo) que el término conlleva.

El menú que la elección nos dejó ofrece otras texturas gourmet. El sector de José Amorín (recinto que pareció recluir a la pulsión batllista dentro del cascoteado coloradismo) y el de Jorge Larrañaga tuvieron mejores de­sempeños de los imaginados, lo que –sin ser concluyente, ni lapidario, porque octubre también dejó en claro que no son los mejores tiempos para los gurús– parecería bosquejar un electorado multicultural (políticamente hablando), que se nutre de diversas fuentes y señales. Hace pocos días algún politólogo “a la carta” le atribuía poderes mágicos al plan de emergencia del FA, como si la explicación del éxito electoral tuviese una variable exclusiva. ¿Cuánto jugaron las políticas sociales, los consejos de salarios, o la agenda de nuevos derechos? ¿Cuánto jugó el discurso tan enfocado hacia el Interior (y el accionismo político en esos territorios) de Mujica, o la experiencia de Tabaré Vázquez? ¿Cuánto aportaron las militancias juveniles –y el derrame del no a la baja– y la visión de género? ¿Y cuánto las autodefiniciones de izquierda, de centro o de derecha? Difícil para sagitario (o para el zodíaco entero).

No ha sido el escenario de un FA obligado a buscar fichas para completar su puzle en otras filas el que aparentemente quedó plasmado. Si la izquierda hubiera estado obligada a procurar acuerdos extrapartidarios, es cierto que el Parlamento se instalaría en el ojo de las cámaras de la tevé. Pero a pesar de que un partido logró la mayoría, y del rol más o menos testimonial que puedan cumplir los partidos más chicos, ese poder jerarquizado por el barón de Montesquieu –que además en este período exhibirá varios rostros nuevos y la estelar presencia del zoon politikón Mujica en el Senado– podría (en política el condicional es necesario) exhibir una mayor riqueza en el debate, hacia el interior de los partidos y también entre ellos. En lo que a la izquierda atañe, se verá qué tan disciplinada es su nueva bancada y hasta qué punto su diversidad interna será capaz de incidir en la gestión de gobierno. O en otras palabras, si la “unidad” cobrará o no la forma de un rígido corsé destinado a quitarle oxígeno, nutrientes y poder de discusión. De ello, y de la siempre incierta política, dependerá que esa bancada pueda hacerse un lugar en la construcción del rumbo.

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