Alta fidelidad

La Tabaré.

La Tabaré.

Prometido largamente durante los últimos años, Blues de los esclavos de ahora1 ya había sido parcialmente escuchado por algunos seguidores de La Tabaré antes de salir a la venta durante los últimos recitales de la banda.

Lo que se sospechaba en los recitales se confirma en el disco: el regreso de la banda a un sonido más eléctrico, comparado con el anterior disco Que revienten los artistas (2014). Un vaivén que la banda ha utilizado varias veces a lo largo de su carrera. Esta vez, sin embargo, hay varios detalles que lo hacen un disco extraño dentro de esta discografía que comenzó con Sigue siendo rocanrol (1987). Han logrado lo que siempre había sido una utopía para la larga lista de ex integrantes de la banda: hacer que La Tabaré suene bien. Su fuerte jamás fue el sonido pulido y medido. Más bien, y según lo confesaban varios involucrados en el documental Ni estrellas, ni fugaces (2013), la lista de quienes tuvieron que abandonar la banda luego de haber fallado en el intento de hacer que sonara profesional es larga y ofendida. Para alguno el sonido superior será una traición. Pero si hay algo que este grupo ha hecho desde el comienzo es traicionarlo todo: el ritmo, la estética, el nombre, la historia. Interesante estrategia para depurar escuchas conservadoras.

El disco consta de nueve temas y apenas algo más de 45 minutos de duración. Abre “Pagar y pagar”, con un sitar, que tras algunos versos a capela: “Sentado bajo un árbol en algún lugar/ perdiste dinero, sonó el celular/ y no lo atendiste”, explota finalmente con la entrada de toda la banda junta: “era el cobrador/ que todos llevamos en nuestro interior/ pensaste evitar el volver a pagar el peaje”. El tema de la esclavitud digital, el deseo de libertad corporal, la imposibilidad del querer; son temáticas largamente recorridas por La Tabaré que encuentran en esta ocasión una particular belleza estética en el cuidado de los ambientes generados y en la capacidad de pasar de una zamba a un solo de batería con ribetes progresivos; un fox-trot, una chacarera, un rocanrol cuadrado. Hay una apuesta a lo musical que termina redundando en un fortalecimiento de lo que siempre fue el interés mayor de Tabaré Rivero: las letras directas, el vocabulario coloquial y el mensaje sin vueltas: “¿Quién es que lleva en casa puestos los pantalones/ si yo soy la princesita y ella es Vito Corleone?”. Jesús Figueroa tiene uno de los grandes momentos en “Magia”, cuando desata una expresividad vocal cercana a Bowie y abre la cancha a la zapada instrumental. Es en este tipo de detalles que se nota la mano experiente de Federico Lima, quien estuvo a cargo de la producción del disco.

En cuanto a los músicos, es claro que tuvieron una gran libertad a la hora de hacer sus arreglos, imprimiendo una fluidez que se nota también en el escenario, muy distinta a la de otras épocas en las que se veía a varias personas tocando al mismo tiempo, pero no en el mismo canal. Uno de los temas más consistentes es justamente el corte de difusión “Rasga corazón (MCMLXVI)”, en honor al año de publicación de Revolver, y en ese momento el “fuera abajo” cultural que provocó la beatlemanía, todo bajo el cristal montevideano. “En febrero de mil nueve seis seis/ un ciclón apocalíptico entró/ revolcando nuestra rueda gigante/ nuestra educación, la escuela Cervantes/ el oráculo predijo los tiempos/ que vendrán…”

El disco termina con “Rapsodia melodramática (en cinco movimientos)”, un tema de 12 minutos con grandes momentos de búsqueda expresiva y que resume todo lo dicho hasta ahora acerca del álbum en general, con sus referencias a los grandes cancionistas franceses y belgas de los años cincuenta. Ecos que se hicieron más explícitos a partir de Sopita de gansos (2002), y con los que la banda ya maniobra con soltura.

  1. Bizarro Records, 2017.

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