El alto costo de perder esa matriz

Contra lo que suele suponerse a menudo, no hay partidos exclusivamente “de ideas”. Siempre una identidad política refiere a una historia de ideas y de personas. Los liderazgos no se encumbran como expresión de una inteligencia superior o de capacidades sobrenaturales. Arraigan sobre todo porque pueden simbolizar, en un momento determinado, un eco colectivo, un pulso popular, la identificación de miles y miles de personas que marcan su adhesión también desde una filiación simbólica y emotiva, que no es irracional pero que va siempre más allá de las ideas.

Como lo ha demostrado con creces el Frente Amplio (FA) a lo largo de su historia, los sentidos de pertenencia se radican sobre todo en valores, que siempre necesitan a personas “de carne y hueso” como síntesis, como expresión. Para dar un ejemplo emblemático, el legado de Liber Seregni se identifica con definiciones ideológicas claras y precisas, pero sobre todo su figura puede inspirar todavía hoy, pues proyecta valores: “Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice”.

La izquierda uruguaya, en particular a partir de su rol especialísimo en la resistencia a la dictadura, ha podido alojar –y ese tal vez sea uno de sus principales éxitos políticos– una “comunidad de sangre”, una tradición desde la que ha logrado acomunar y movilizar, que puede referir sentidos de pertenencia fundados precisamente en ese tipo de convicciones. El apego inclaudicable a la ética, en particular en el manejo de los dineros públicos, debiera ser uno de sus principales factores de identidad. Es esto lo que hoy está desafiado, algo por cierto mucho más importante que el resultado electoral de 2019, la valoración pública del gobierno o la suerte política del vicepresidente de la República.

Miremos los hechos, siempre tercos en su interpelación cotidiana. Luego de un largo y penoso periplo, Raúl Sendic (hijo) parece haber dilapidado en apenas dos años su prestigio personal y hasta su legitimidad política. No sólo porque de acuerdo a las empresas encuestadoras de opinión pública una clara mayoría de uruguayos ya no le cree y exige su renuncia. Tras el proceso que se inició con el uso de un título que no tenía (ni necesitaba tener), el controvertido rol en la conducción de Ancap (que hoy se encuentra en proceso judicial) y la utilización con fines personales de las tarjetas corporativas de la empresa pública que presidía, su capacidad para el desempeño del muy relevante cargo institucional como vicepresidente de la República parece estar seriamente erosionada. Su rol como puente entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo ya no funciona. Y no sólo porque ha perdido credibilidad ante los legisladores de la oposición: la ha perdido también entre los legisladores frentistas, como viene a demostrarlo la última exigencia que le hiciera el presidente Vázquez en procura de agilizar los trámites legislativos que parecen haberse empantanado (por ejemplo, el proyecto para los cincuentones o la reforma de la Caja Militar), más allá de la situación azarosa del voto 50 o de las muy menguadas posibilidades de negociación entre el oficialismo y la oposición. Por razones obvias resulta preferible no profundizar acerca de una hipótesis de sucesión presidencial, otra habilitación central de su investidura, un escenario que resulta casi impensable.

A su notorio aislamiento ante el electorado se le suma la implosión de su propio grupo político, la lista 711, que no sólo ha venido perdiendo a sus principales cuadros, sino que ha terminado por llevar el conflicto a un terreno inédito, a partir de la amenaza pronunciada por uno de sus legisladores de “decirlo todo” o de quitar el respaldo político al gobierno de lo que queda de la bancada del sector. Sendic también ha perdido sintonía con el presidente Vázquez y con el gobierno en su conjunto: ya no se trata solamente de sugerencias “entrelíneas”, sino de enfrentamientos directos con ministros y jerarcas.

A su incapacidad para dar cumplimiento a los roles de su investidura (cuyo cumplimiento ya se encuentra más allá de su voluntad) y a su distanciamiento de su propio gobierno se le suma ahora el haberse configurado en factor de división dentro del FA. Recordémoslo una vez más. El FA constituye una fuerza política especialísima, cimentada trabajosamente en equilibrios difíciles y en negociaciones cotidianas sobre los más diversos temas. El “proceso Sendic” ha terminado por desbordar toda esa laberíntica urdimbre institucional del FA. Si su apelación directa a las bases había generado malestar en la interna, su actitud ante el dictamen del Tribunal de Conducta Política (Tcp) –que él solicitó y ahora critica– parece desbordar todas las fronteras. Debe decirse en primer término que este dictamen es una señal positiva, tributaria de las mejores tradiciones frenteamplistas, bien lejos por cierto de aquella penosa declaración de hace algún tiempo en la que, frente al “tema” del título invocado por Sendic, se optó por “defender al compañero” aludiendo a una conspiración “de la derecha y de los medios de comunicación”.

El dictamen no podría ser más demoledor. Con una sistematicidad quirúrgica, sin estridencias, los integrantes del Tcp prueban de manera lapidaria que un análisis serio de la conducta de Sendic en el uso de las tarjetas corporativas de Ancap “no deja dudas de un modo de proceder inaceptable en la utilización de dineros públicos”, que su responsabilidad es “múltiple”, que sus explicaciones y descargos “no tienen sustento de prueba fehaciente que los corrobore”, que sus justificaciones públicas “no son una versión veraz y coherente de los hechos”, que es “inexacta” su afirmación “de que sus gastos se ajustaron siempre a las normas aplicables”, “que la falta de lógica de un comportamiento no demuestra que no se haya incurrido en él, si los hechos indican lo contrario, (al tiempo que) desde el punto de vista ético la cuantía de una malversación y el grado de enriquecimiento (personal) tienen importancia sólo relativa”, etcétera, etcétera. Se podría seguir con las citas devastadoras del dictamen, pero no resulta necesario. “El rey está desnudo.” Ahora resta saber qué hará el Frente Amplio y quién velará por su identidad más entrañable, justamente, lo principal que está en riesgo.

Por estos días han trascendido distintas gestiones para “negociar” una resolución que satisfaga a todos y que preserve la “unidad”. A partir de una lectura atenta del dictamen y de la naturaleza del asunto que está en cuestión (ni un fallo judicial, ni una decisión vinculante, sólo la convicción unánime de los integrantes del Tcp de que se ha incurrido en faltas éticas “inadmisibles” en el uso de fondos públicos), resulta realmente difícil imaginar qué es lo que se puede “negociar”. La política tiene también sus límites, no todo diferendo puede resolverse por “pacto”, existen situaciones éticas que exigen ser dirimidas de otra manera. Se sabe que la mayoría de los sectores frentistas (lo dicen en privado sus dirigentes, aunque la mayoría luego lo calle en público) son firmemente proclives a que Sendic renuncie. El Plenario del FA no tiene atribuciones para que sus decisiones sean vinculantes y de cumplimiento obligatorio en ese campo. Quienes se han mostrado más cercanos a una actitud de “respaldo al compañero” (el Pcu y el Mpp) ya no pueden ocultar sus profundas diferencias internas sobre el punto. Las “bases” (con sus dobles “representaciones” incluidas) generan incertidumbre sobre su comportamiento. La fortísima exigencia de mayorías especiales (entre cuatro quintos y nueve décimos), más allá de su sentido garantista, parece dejar poco espacio para decisiones en el Plenario de este sábado. Pero al menos, si lo que realmente ocurre es que “no va a pasar nada”, ¿esta especulación razonable resulta una buena noticia para Sendic? En verdad, si fuera su amigo o si pudiera aconsejarlo, trataría de persuadirlo de que no lo es en absoluto.

Esto último siempre puede ser opinable. Lo que sin embargo no alberga dudas es que el FA como proyecto colectivo se enfrenta a un cruce de caminos como pocas veces ha tenido en su historia. Y por cierto que el “tema Sendic” no es el único en la agenda de sus problemas. Creerlo sí sería tomarlo como “chivo expiatorio”. En este tipo de instancias suele suceder que lo que a priori parece más prudente termina siendo la opción más imprudente. Claro que lo que está en juego es la “unidad” frenteamplista, pero de la forma más radical posible: la peor manera de que el FA se quiebre es perdiendo su identidad en el campo de los valores compartidos. Esa matriz ha sido forjada desde una historia cargada de sacrificios y compromisos, con errores y aciertos, con días de triunfo y de derrota, muchos más de estos últimos que de los primeros. El FA puede terminar siendo un partido de Estado más, sólo preocupado en mantener el poder, como tantos que desde derecha e izquierda se han forjado en América Latina. Si así lo hiciera, sin duda que lo haría con el alto costo de perder esa matriz, lo más valioso que tiene, de cara a su pasado pero sobre todo frente al porvenir.

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