Amigable, oportuno y nefasto

El momento de Netflix.

Foto: s/d de autor

Nadie puede negar o ignorar sus ventajas: una plataforma absurdamente barata, que carece de publicidad, que tiene una buena calidad de imagen, una interfaz “amigable” –la pueden usar sin dificultad tanto niños como adultos mayores– y una programación que ofrece películas y series para ver en el acto y sin esperas. Netflix parecería haber dado con una fórmula difícilmente superable y no es de extrañar que en la era de la “inmediatez” haya sido exitosa. Las últimas cifras hablan de 150 millones de suscriptores en todo el mundo. El año pasado, un estudio canadiense señalaba que la plataforma consume 15 por ciento del ancho de banda global de Internet.

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Es lógico y comprensible que una multinacional que arrasa con ganancias millonarias suponga una competencia desleal para un sinfín de personas. Una de las primeras empresas en sucumbir ante su crecimiento fue nada menos que la cadena Blockbuster Video, que ya venía bastante cascoteada cuando Netflix logró noquearla con un último guantazo, que la sacó de competencia en 2013. Pero no son pocos los enemigos acérrimos de Netflix, que ven su existencia en jaque: los canales de cable y de televisión, y las redes premium, que se ven en la disyuntiva de adaptarse a los cambios dictados por las nuevas tecnologías o sucumbir. Pero el monstruo es grande y pisa fuerte, y ahora no está solo: nuevos servicios de streaming por suscripción, como Hulu y Amazon Prime Video, se inspiraron en el modelo Netflix y también buscan sacar su tajada del mercado.

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El fenómeno es tan masivo y arrollador que hasta los viejos imperios tiemblan. Hoy, la contienda la están dando las salas de cine tradicionales, que temen por la desaparición de hecho de los períodos ventana, ese tiempo de exclusividad durante el cual las películas no están disponibles en otras plataformas o canales. Cuando la principal alternativa a las salas eran los videoclubes, el período ventana era de aproximadamente tres meses, pero fue reduciéndose a medida que estos fueron desapareciendo, cuando la piratería se convertía en un hecho y comenzaban a proliferar las ofertas de streaming. Pero estos períodos –hoy reducidos a un mes o menos– aún sirven para que el estreno pase un tiempo sólo en las pantallas de cine, sin competencias caseras. La idea actual de Netflix es reducir estas ventanas a su mínima expresión y se encuentra en una puja permanente por lograrlo. Algunos exhibidores del mundo se han resignado, pero otros se han negado rotundamente, al punto de que, en países como Brasil y México, las proyecciones de la película Roma en salas fueron sumamente escasas.

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Hace un par de semanas, en la conferencia de prensa que Carlos Sorín dio en el marco del Festival Internacional de Cine de Punta del Este, el cineasta independiente argentino sorprendió a los presentes al quebrar una lanza por Netflix. En rigor, los elogios estaban dirigidos a la película Roma, de la que el cineasta se declaró fan. Pero agregó que, como espectadores, tendríamos que estar agradecidos con la plataforma digital, ya que, sin ella oficiando de productor, la película no habría existido.

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Desde que Netflix amplió su negocio hace unos años, se ha vuelto un gran productor de series y películas. Y lo hace con una amplitud mucho mayor que la de Hollywood, que parecería enfrascado en un repetitivo mundo de superhéroes, remakes, secuelas, reboots y spinoffs. Hoy, Netflix apunta a un espectro más amplio: inyecta cifras millonarias en emprendimientos arriesgados y diferentes.

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Hasta ahora, ningún cineasta, productor o guionista ha desmentido el hecho de que Netflix les da libertad absoluta en el proceso creativo de las películas que financia. Esto no es menor si se considera cómo, a lo largo de la historia, Hollywood ha moldeado, alterado, amputado o directamente arruinado buenas ideas, así como carreras de grandes cineastas, quienes en definitiva no pudieron contrarrestar las presiones y las “sugerencias” orientadas a preservar el dinero invertido. En este sentido, Netflix sería el productor “ideal”. Por si fuera poco, un cineasta independiente cuenta con el plus de que, una vez terminada la película, podría despreocuparse de parte del engorroso trabajo de distribución. Netflix, por medio de su plataforma, se encarga de una porción más que considerable de la difusión y la distribución.

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En muchos casos, la oferta que Netflix hace a los cineastas es conveniente o, por lo menos, tentadora. Pero tiene también sus desventajas: los grandes festivales de cine no permiten que en sus competencias oficiales participen películas que no sean estrenos exclusivos (esto tiene su lógica: no tendría sentido esforzarse por conseguir una película que ya puede verse en los hogares). Los cineastas y los productores se pierden, de esta manera, la oportunidad de proyectar allí sus películas y la difusión que podrían darles las alfombras rojas, las conferencias de prensa y la cobertura mediática. Netflix no tiene una contrapartida para esta ausencia y, de hecho, en su plataforma tampoco les da visibilidad a los autores. Es sumamente engorroso dar, en la interfaz, con ciertos detalles, como los nombres del director y el guionista. Y, cuando al final de una película corren los créditos, automáticamente se minimiza la pantalla y se le ofrece al usuario la opción de ver otra cosa. De esta forma, no sólo los nombres de cineastas y guionistas quedan ocultos, sino también todo el equipo técnico.

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En su cuenta de Twitter, Netflix posteó: “Amamos el cine. Aquí algunas cosas que también amamos: el acceso para las personas que no siempre pueden pagar una entrada o que viven en localidades sin cine; dejar que todos y en cualquier parte del mundo puedan disfrutar de los estrenos al mismo tiempo”.

Es difícil no estar de acuerdo con el primer punto. La plataforma lleva y facilita sus contenidos a sitios en los que quizá ni existan cines. Es verdad que Internet y muchos sitios especializados lo hacen de manera similar y hasta con mejores y más variadas ofertas, pero el formato “amigable” de Netflix y su masividad vuelve ciertas películas más cercanas a mucha gente que quizá no conozca otras vías para verlas. Ahora bien, esta “virtud” democrática no es tan compartible en el punto siguiente. Es probable que poco o casi nada les cambiase a los usuarios de Netflix ver esas películas en el mismo momento de su estreno mundial o dos semanas después. Y esas dos semanas serían un tiempo suficiente para que el período ventana exista. En ese pequeño margen es que Netflix se niega a dar el brazo a torcer.

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Es necesario asumir que Netflix es una nueva realidad de hecho y que va a quedarse por tiempo indefinido; seguramente, hasta que aparezca otro monstruo, que acabe de la noche a la mañana con su reinado. Pero no es recomendable olvidar su perfil de multinacional desbocada que arrolla todo lo que hay en su camino: es incalculable la cifra de personas en el mundo que perdieron sus trabajos debido a la existencia Netflix, aunque sería interesante conocerla. Y, como en tantos otros casos de grandes cadenas que se instalan en un país, es de rigor que los gobiernos estudien sus comportamientos, no sólo para cobrarles impuestos, sino además para eventualmente legislar, sea para restringir sus capacidades como para mediar en conflictos que pueden comprometer a sectores enteros de la producción nacional. A fines del año pasado trascendió la noticia de que el gobierno mexicano exigirá a Netflix que en su programación ofrezca al menos 30 por ciento de series y películas nacionales. Tan sólo un ejemplo de cómo, con voluntad y un mínimo de creatividad, puede utilizarse la política para favorecer y estimular, en cierta medida, la propia cultura.

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