Para leer a Yuval Noah Harari

Análisis de algunas perspectivas filosóficas del actual «gurú» de lo tecnológico

Yuval Noah Harari es un escritor israelí, éxito editorial en todo el mundo con millones de libros vendidos traducidos a 30 idiomas. Varias referencias me inclinaron a leer su gran éxito: Homo Deus. Breve historia del mañana (edición digital, Penguin Random House, Barcelona, 2016). Hace poco, una información en la web destacaba el «creciente interés de las elites del Silicon Valley» por un autor que se ha vuelto algo así como su gurú: sus obras han sido recomendadas especialmente por Bill Gates y Mark Zuckerberg. Siguiendo la tendencia global, sus ideas también han sido varias veces replicadas por agentes de diversas tendencias políticas en nuestro país. Si un autor aúna las preferencias de tantas y aparentemente diversas perspectivas, bien merece que se le preste atención.

En principio, lo que hay que decir es que su lectura es realmente amena: ingeniosas metáforas, información valiosa y valor interpretativo conforman un estilo que sortea, con éxito envidiable, los problemas del academicismo y la mera divulgación. Harari realmente escribe bien, si por tal cosa entendemos la capacidad de ser llevados por un texto. Para ser justos deberíamos agregar que hay también cierta profundidad conceptual al alcance de (casi) todos, tal vez porque reitera, una y otra vez, una forma de concebir el futuro, su principal preocupación. Es que el discurso de Harari también podría ser analizado por un algoritmo cuyos pasos serían más o menos los siguientes: 1) ideas novedosas sobre un posible futuro distópico; 2) ironía y gracia para destruir lo contrario; 3) frondosa imaginación para causar algo de terror, y 4) autodestaque de la responsabilidad y la «conciencia» del autor para prevenir un cataclismo casi inevitable.

Por decir fútbol

El israelí seguramente sabe que hoy un sentimiento de gran poder movilizador es el miedo: ni el amor, ni la solidaridad, ni el entusiasmo, ni las ansias de libertad nos anclan mejor al mundo que el miedo, por ejemplo, a perder lo poco que tenemos o a no ganar lo suficiente. Seguramente, con ese background, Harari trabaja un nuevo miedo de ribetes futuristas: el miedo a la sofisticación tecnológica y sus posibles consecuencias sociales.

La distopía que nos tocaría vivir –a la cual el autor se opone, claro– sería guiada no por nosotros (individuos aislados, preocupados por sobrevivir, consumir y divertirnos), sino por máquinas y una clase dirigente que, apoderándose de los big data, lograría un total control biotecnológico capaz de esquivar la propia muerte. Las debilidades del liberalismo y la autonomía de un empresariado tecnocientífico, capaz de imponer sus propias reglas, daría lugar a la última expresión de lo que el autor entiende por humanismo: si sólo los humanos –y no los dioses o cualquier otro tipo de determinación no humana– pueden decidir su destino, es lógico que ellos –o una pequeña parte de ellos– aspiren a ser Homo deus, a la prolongación de la vida, a la total ausencia de enfermedad o a la salud perpetua. ¿Acaso ya no lo hacemos –argumenta Harari– al consumir fármacos que esquivan la depresión y realizar análisis genéticos que previenen enfermedades en los no nacidos? Las mejoras genéticas y biónicas en humanos, el desarrollo artificial de capacidades especiales, acaso la juventud eterna se perfilan como los próximos deseos realizables de una nueva clase dominante que podría llegar a tratar a los demás mortales tal como ahora nosotros tratamos a las demás especies animales.

El terror está ahí para quien quiera verlo. Harari quiere advertirnos sobre un conjunto de males en ciernes: inusitadas capacidades técnicas se unen a la ausencia de límites que ya no pueden poner los Estados nación ni las democracias liberales para su mal uso (o, mejor dicho, para su uso económico, cada vez más exclusivo y monopólico). Harari tiene el mérito –nada desdeñable– de situarnos en un presente que necesitamos entender, pero su discurso, desde mi punto de vista, resulta débil e incluso contradictorio cuando intenta imaginar soluciones excluyendo lo político-colectivo. Desde nuestra perspectiva, resulta algo cínico –por no decir claramente de derechas– sostener que las decisiones más importantes en el mundo se toman sin que nadie las vote (las potestades de las multinacionales son tan determinantes como imposibles de ser plebiscitadas) y, por lo tanto, «demostrada» la debilidad de la democracia, no habría otra salida que la mágica aparición de la buena voluntad de las propias elites.

Intentaré, a partir de aquí, esbozar cuatro núcleos de su discurso que merecen una lectura crítica.

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La primera perspectiva a poner en foco, entonces, es política. Quienes finalmente estén convencidos de ser conducidos a una distopía como la que se describe en las páginas de Homo Deus… se inclinarían naturalmente a pensar que el único freno posible a las clases dominantes requiere, justamente, de más democracia. ¿A quién recurrir sino a los más para frenar el exceso de los menos? No creo que al autor le hubiera resultado difícil dar el salto intelectual de aspirar a más y mejor democracia; sin embargo, parece imposibilitado de hacerlo de acuerdo al análisis global de sus argumentos. Su manera de estar en el mundo es de apego a las elites y a una larga impronta colonial: no aparece en su discurso el poder ni la conciencia de los subalternos, ni la de los desplazados ni, menos aún, la de los que vivimos en el hemisferio sur, a quienes califica, «lamentablemente», como cada vez más «irrelevantes».

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Una segunda perspectiva que importa en el pensamiento de Harari tiene que ver con la conciencia. Una primera parte de la obra en cuestión describe nuestras vidas a través de todo lo que puede registrarse y medirse de la conducta humana. La suma de algoritmos que la inteligencia artificial despliega, con creciente precisión, sería cada vez más el verdadero conocimiento sobre los humanos. Es decir, la actividad inteligente y artificial es capaz de sustituir con éxito la conciencia y, por tanto, el conductivismo reflota aquí a sus anchas sepultando la complejidad analítica de Freud y de Lacan con el pico y la pala de Pávlov. El autor nos proporciona varios ejemplos para ilustrar esto, entre los que, claro, está una de las ideas más replicadas por sus entusiastas lectores: los «me gusta» de Facebook –puestos en un algoritmo– pueden prever cómo reaccionaríamos ante cualquier eventualidad con un grado mayor de exactitud que lo que pensaríamos nosotros mismos.

Dice Harari: «Un algoritmo que supervisa cada uno de los sistemas que componen mi cuerpo puede saber exactamente quién soy, qué siento y qué deseo. Una vez desarrollado, dicho algoritmo puede sustituir al votante, al cliente y al espectador» (capítulo 9). Por fuera –sin chance de aparecer– van quedando la voluntad y la reflexión crítica; es decir, lo que, paradójicamente, intentaría hacer el propio autor. Harari cree (a regañadientes, se podría decir) en la superioridad de los algoritmos conectados sobre los individuos o, mejor dicho, sobre su conciencia como entidad individual: «Cuando los biólogos llegaron a la conclusión de que los organismos son algoritmos, desmantelaron el muro que separaba lo orgánico de lo inorgánico; transformaron la revolución informática, que pasó de ser un asunto simplemente mecánico a un cataclismo biológico, y transfirieron la autoridad de los individuos a los algoritmos conectados en red» (capítulo 9). La inteligencia artificial puede realizar –de una manera más rápida y eficaz que la mente– múltiples conexiones en red para mapear las causas determinantes de un evento cualquiera y, por lo tanto, sus consecuencias.

Según Harari, a medida que avance el cada vez más cuantioso, veloz y ordenado procesamiento de datos, la reflexión crítica y la voluntad humanas perderán el rol preponderante que estamos acostumbrados a otorgarles. Pero ¿acaso la reflexión y la voluntad juegan, desde su mirada, algún papel importante si no puede concebirlas alterando algún orden lógico y de alguna manera previsible? Claramente no. En tanto la decisión X sólo puede ser la resultante más probable de las circunstancias cognoscibles por un sistema de algoritmos A, B, C… más el azar (esto también lo aclara el autor), la reflexión y la voluntad se vuelven esclavas de la necesidad. Creo importante recordar un concepto del filósofo Gilles Deleuze, quien al hablar de decisión refiere a algo bastante más trascendente: comprende, justamente, la posibilidad de negar una lógica previa y desplazarse a una secuencia distinta, antes impensada, por donde transitará, a partir de ahí, otra vida. De igual manera, la reflexión crítica es capaz de hacer lo que parece por ahora imposible de replicarse en algoritmos, romper una perspectiva o, para decirlo de forma coloquial, irnos por la tangente: si no existe esa posibilidad, no hay reflexión crítica, sino mera justificación de lo que, de todos modos, ocurrirá. Creer en tal reduccionismo no es sólo poner en nuestro lugar a las máquinas, es suponer imposible la propia superación humana, es entender su actividad como una cadena infinita de actos semejantes. La conciencia crítica supone la posibilidad de ruptura, de «fuga», diría Félix Guattari.

Bruno Latour, especialista en estudios de la ciencia, nos recuerda que, en realidad, la mente nunca está ni ha estado –como imaginaba Descartes– «en una cuba» (véase La esperanza de Pandora, Barcelona, Gedisa, 2000), sino plenamente unida a su cuerpo y a la vida social, y, por tanto, aquella disyuntiva entre individuos y algoritmos en red contiene un supuesto equivocado. La mente es siempre, según Latour, un «actor en red», una mente unida a otros humanos y no humanos. A lo que habría que agregar la formación de subjetividades colectivas críticas o adaptativas. Y, por tanto, la conciencia (o la inconciencia) es ya parte del problema si queremos referir lo que hacen los algoritmos, las máquinas y sus posibles desastres.

Si sólo la técnica moderna puede realizar una tarea tan compleja como la de prever y resolver todas nuestras dudas de manera más eficaz que la reflexión crítica y colectiva (repito: lo colectivo en el texto de Harari está totalmente omitido), estamos ante la renovación del sueño positivista de una ciencia general unificada. El autor oscila, constantemente, entre el encantamiento tecnocientífico y una crítica débil a lo que tanto admira. No imagina espacios colectivos de debate y crítica a la autonomización tecnológica. Sólo cree en individuos como él y algunos líderes ocupando el lugar restringido de la crítica y la reflexión… pero no lo hace sino a medias, tal vez imaginando que son los últimos representantes de una racionalidad en extinción. Por el contrario, bien podría afirmarse que nuestro autor se parece más al último positivista no sabiendo qué hacer con algunas pruebas sobre las desventajas de la ciencia.

Pero avancemos un poco más en la ideología del autor. A pesar de hablarnos de ciencia, hechos, pruebas y transmisión de datos, ideología es exactamente lo que produce Harari todo el tiempo, aunque no se sienta partícipe en ninguna de las tres «religiones» que –según él– dividieron el mundo en siglo XX: el liberalismo, el fascismo y el comunismo.

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La tercera perspectiva de Harari que quiero abordar es justamente su forma de hablar de ideología sin nombrarla; esquiva el inmenso estudio de lo ideológico (desde Marx hasta Žižek) inventando una salida original: los humanos tenemos la costumbre ancestral y permanente de elaborar «ficciones» para aunar voluntades y cooperar entre extraños. Esa costumbre, no queda claro, devendría de alguna instancia indefinida, alejada de la vida y del sustento material, en la que nos ponemos de acuerdo con la ficción que más nos conviene creer. Una mínima parte de lo escrito sobre ideología explica de forma mucho mejor lo que está en juego aquí. En principio, la ideología, en sentido positivo (no como falsa conciencia, sino como concepción del mundo), es algo muy distinto a una ficción; es más bien un mapa que sirve para orientarnos, íntimamente relacionado con lo que somos y con lo que hacemos. Para explicarlo mejor, analicemos la ideología del propio autor: en el «mapa» de Harari están claramente marcadas una infinidad de vías de acceso al Silicon Valley, pero no hay ninguna referencia a las movilizaciones populares. Están las decisiones personales en Facebook, pero no las decisiones colectivas de los movimientos sociales. Están las elites, pero no las masas. Y en toda esta descripción que acabo de hacer, no hay nada ficcionado. Se trata de algo demasiado real, como son las preocupaciones y el trabajo cotidiano, los éxitos y el dinero obtenido, su forma de estar y pensar el mundo, que, más allá del sesgo individual, está plenamente enraizada en la justificación del dominio de los menos sobre los más.

Una segunda parte del libro resulta de la proyección del futuro como continuación del presente. Harari es claro en reiterar que no hay alternativas al capitalismo, por lo tanto, sólo podemos realizar previsiones sobre lo que acontece ahora y desarrollar imaginativamente lo que podría ocurrir. Como su mapa colonial lo lleva a Davos (ha sido noticia su reciente participación en el World Economic Forum que se realiza allí), advierte a los «líderes mundiales» que, desde ya, ellos mismos pueden ser hackeados y obligados a realizar actos inconvenientes. El autor espera decisiones políticas de las elites que prevengan el desastre.

Ahora bien, si la dinámica establecida por la conjunción de algoritmos capitalistas lleva necesariamente a la formación de una superclase sobre el resto de los Homo sapiens, ¿habría posibilidades de que en el seno de las actuales clases dirigentes se revirtiera la tendencia? Claramente se contradice aquí el autor si pretende que su voz única, esclarecida, ella sí «plenamente consciente», revierta el espeso entramado de sujetos dominantes, sus prácticas y medios: empresas, técnicos, financistas, genetistas, administradores de recolección y ordenamiento de datos, analistas del lucro, etcétera. Es decir, ¿cómo repeler el avance de complementariedades dominantes que alentarían, todos los días y a todas horas, el ordenamiento algorítmico que mejor sirve a sus intereses? Obviamente, nuestro sentido común nos dice otra cosa. Se necesita otro poder mayor para realmente dar la batalla. ¿Acaso ese poder no debería surgir de la lucha política de las grandes mayorías?

Aquí el mapa de Harari está en blanco.

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Una cuarta perspectiva filosófica aparece claramente con relación a la creatividad humana y a la forma devaluada de concebir el arte. Según nos dice, una máquina puede producir arte al mejor nivel o incluso superior a un humano de acuerdo a ciertos experimentos que relata con gran entusiasmo. Pero, además, serían también las máquinas las que finalmente nos darían una cuantificación de su valor. ¿Cómo…? Muy simple, cuanto más complejo, más valor: «La música, según esta concepción, es una suma de patrones matemáticos. Las matemáticas pueden describir cualquier pieza musical así como las relaciones entre dos piezas cualesquiera. De ahí que se pueda medir de manera precisa el valor de los datos de todas las sinfonías, canciones y aullidos, y determinar cuál es el más rico» (capítulo 11). La teoría estética del autor es de tal debilidad argumentativa que da cuenta del inmenso poder del marketing en la filosofía, que finalmente se vuelca al espacio público. Harari no aborda (por no decir, directamente, que no comprende) cómo ha llegado a producirse una obra de arte «al modo Mozart», no investiga su historicidad, interna o externa al campo del arte; parece interesarle sólo su réplica, cómo volverla a producir mejorada, es decir, cómo transformarla ya plenamente en mercancía de acuerdo a un modelo que aparecería ahí como por arte de magia. Llegado este punto, podemos, justamente, problematizar el arte para rechazar la posibilidad distópica y el reinado de los algoritmos con los que tanto insiste Harari. No sólo la historicidad de una obra, sino todo aquello que, por ejemplo, no se traduce en lenguaje musical de una obra de Mozart pero está en ella es imposible de reducir algorítmicamente: por ejemplo, su propia vida, el poder del arzobispado de Salzburgo, la obsesión paterna, el prestigio, el amor y, ¿cómo no?, el inconsciente. Esto mismo ocurre con lo cualitativo: eso imposible de ser cuantificado que sucede una sola vez y acaso sea más importante que un millón de otros sucesos parecidos entre sí y capaces de volverse algoritmo. Podemos imaginar, por ejemplo, a Mozart niño una noche de juego cómplice y mágico con su hermana mayor al piano. La centralidad que el análisis del israelí concede a los mecanismos internos y estrechos del lenguaje musical borra finalmente la producción cultural de los pueblos, algo imposible de convertirse en algoritmo, pero sin lo cual no existiría ningún Mozart.

En síntesis, el libro del israelí resulta atractivo, en primer lugar, por referir de una forma amena y para (casi) todos comprensible los actuales desarrollos científico-tecnológicos, sobre todo respecto a la biotecnología y la automatización. En segundo lugar, por su capacidad imaginativa de concebir un futuro como continuación lógica –por no decir mecánica– del presente. Ambas cualidades fundan la razón de su éxito y capacidad de convencimiento. Las debilidades mayores resultan de desconocer la imprevisibilidad humana, a lo que se suma la vulgarización de la conciencia y de lo político: todas cuestiones imposibles de analizar sin considerar la dimensión colectiva ausente en el autor. En definitiva, Harari participa activamente de la dominación capitalista aunque se horrorice de sus posibles consecuencias. Describe con tanto entusiasmo el «dataísmo» que a fin de cuentas el lector no sabe si es él quien habla o aquello que dice describir y, por tanto, hay siempre una dualidad difícil de desentrañar en el análisis crítico de su obra, ya que parece gustarle demasiado aquello que rechaza. Ausente queda en este relato la identidad de sujetos emancipados: la indignación activa (no contemplativa) ante la desigualdad, las rebeliones populares contra la injusticia.

¿Qué aspectos promueven la fascinación de tantos por este autor? En primer lugar, el miedo; estamos cada vez más modelados por este sentimiento paralizante que sólo habilita el posibilismo: la repetición eterna del presente. En segundo lugar, una nueva forma de presentar la vieja afirmación hegemónica sobre la ausencia de alternativas al capitalismo. No es fácil sobreponerse a ello, bien lo sabemos, pero si algo resulta cuestionable es la desmemoria, el olvido de las luchas y el sacrificio de tantos, justamente para no llegar a una distopía tan aberrante como la que anuncia el autor. Cuestionable es cesar en el intento, rendirnos ante Silicon Valley o las buenas intenciones de unos pocos dirigentes en Davos.

Lo cuestionable en el hemisferio sur, una y otra vez, es rendirnos ante textos como los de Yuval Noah Harari.

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