Bartol y la santidad del statu quo

Sobras de campaña.

Las derivas del Partido Nacional respecto a sus programas de gobierno suelen ser tenebrosamente cómicas. La cuestión es que en estos últimos tiempos van adquiriendo un matiz inquietante. A fines de la semana pasada, Pablo Bartol, referente en políticas sociales de Luis Lacalle Pou, en entrevista con el programa Diario de campaña (Nuevo Siglo TV), planteó –entre algunas propuestas que hubiesen hecho las delicias de algún manifiesto dadá– el “poner clases de yoga” en el edificio del Ministerio de Desarrollo Social. Y agregó, como modo de refrendar su próxima medida en el caso de que el Partido Nacional salga electo, que “yo he hecho yoga en la cárcel de Punta de Rieles con los presos (…), todos sentados cada uno en su alfombrita, creo que se le dice ‘mat’ en inglés. Cada uno iba diciendo en qué medida estas sesiones que hacían una vez por semana los ayudaban en su vida, y sobre todo les daban sentido de ‘hacia dónde voy’”. No terminó allí. Una de sus propuestas de inclusión social y rehabilitación es que en el Mides se den, precisamente, clases de yoga “para el que se tiró en una vereda” y que “ya no le importa nada”, pues “queremos que se note el cariño del Mides, que vean que acá hay un lugar para ustedes y acá no es un edificio sólo para funcionarios”.

Vayamos por partes. La ignorancia de Bartol respecto a los mecanismos socioeconómicos de exclusión y marginalidad, así como la complejidad que entraña la articulación de programas interdisciplinarios, alarma. Pero eso no es nuevo. En El País (25-VIII-19), ya había considerado que a los que se encuentran en situación de vulnerabilidad hay que darles “asistencia para hacer sus currículums, que se creen una cuenta de Facebook para recontactar a sus familiares. Quiero que puedan hablar con sus hijos, que muchas veces no saben ni dónde están y las redes ayudan. Que vean el futuro con más optimismo”. Bartol parece presuponer que, en buena medida, la marginación y la violencia endémicas parten de uno mismo. No resulta extraño que en su discurso sobre el tema apenas aparezcan factores externos que intercedan. Tampoco resulta extraño que Bartol intente dar la imagen de un maestro iluminado, un guía que nos muestra el camino para lograr abrir “muchas puertas”. Lamentablemente el modelo propuesto para abrir esas puertas apunta a la construcción de sujetos dóciles, que sólo se miren a sí mismos y se culpabilicen si no alcanzan el estatus de emprendedor o si sufren. Este sujeto es el completo hacedor y responsable de sí mismo. Y con la misma vara justiciera es capaz de pedir castigo para quienes no están a su altura.

Otro detalle a considerar es que Bartol utiliza el emprendedurismo como un mecanismo de construcción de subjetividad. Su finalidad, a mediano y largo plazo, es el desarme –profundamente afín al proyecto socioeconómico del PN– del entramado social sindical y del Estado. Pero también a la lógica del Opus Dei, una de las corrientes más ultraconservadoras de la Iglesia Católica, que es la línea religiosa a la que responde Bartol, así como varios del entorno herrerista. Dentro de esta línea de pensamiento, como diría el filósofo y psicoanalista Jorge Alemán, “la fábrica neoliberal de emprendedores tiene que decir que esta crisis viene muy bien, porque si uno toma las iniciativas, ya no depende de nadie, ni espera nada del Estado y se vuelve empresario de sí mismo”. La idea del sujeto emprendedor, autosuficiente, que se gana su bienestar por sí mismo, sin colaboración de nada ni de nadie, va penetrando en las conciencias y logra cambiar el sentido común de la acción colectiva, transformando la solidaridad en individualismo. Así, pensamientos y acciones que podrían encauzarse hacia el ejercicio político, hacia un cuestionamiento crítico de los sistemas de poder, se utilizan para incrementar el individualismo, forjando estructuras de pensamiento subordinadas a los esquemas ideológicos de la clase dominante.

Además, ¿no les sonaría extraño a ustedes que un carnicero recomendara a sus clientes una dieta vegana? Digo, se me ocurre. Que a alguien que suele autoinfligirse golpes de cilicio por el cuerpo como forma de buscar la paz espiritual –como es de público conocimiento– le dé por recomendar el yoga suena contradictorio. De la mano de esta gente, nuestro próximo escenario nacional sería como un capítulo descartado de El código Da Vinci, pero sin gracia narrativa y sin héroes.

Artículos relacionados