Bases para modelar al ser humano

Prohibición y regulación de las drogas.

Ilustración: Dani Scharf.

La historia y la antropología muestran que es imposible escindir el devenir humano sin que su vida esté asociada a algún tipo de droga o elemento que haya servido para ritos religiosos o como forma de placer. Así se registran esas sustancias desde los sumerios hasta el presente. También en todas las épocas fue posible determinar efectos benéficos y riesgos para la salud de esos compuestos al uso. Las políticas prohibicionistas, primero, y reguladoras, después, se generalizaron a partir de la revolución industrial y en etapas más recientes. Sin embargo, no todas las drogas han entrado en el índex: unas son legales y otras, ilegales. En la lista de las últimas están la cocaína, la heroína, la marihuana (aunque en varios Estados se ha legalizado) y el opio, entre tantas otras.

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El tabaco y la cocaína son originarios de América. El primero fue trasladado a Europa por los conquistadores españoles y mereció inicialmente una dualidad de procederes, que fueron desde la feroz represión hasta considerarlo un medicamento. Un marinero que acompañó a Colón y lo llevó a España fue sometido a la Inquisición, porque no era admisible que un ser humano expidiera humo de su boca si no era por voluntad del diablo. En cambio, en Italia se los pensó primariamente como un medicamento capaz de curar la migraña de Catalina de Médicis, en la modalidad de rapé, es decir, por aspiración. Su consumo fue castigado hasta que comenzó la producción industrial de este y se avizoró el negocio. Como de otras drogas, se conocieron las consecuencias negativas de su uso y desde fines del siglo XX se reguló su consumo sin ilegalizarlo.

La coca cruzó el océano en el siglo XVIII y fue en Europa donde se aisló un alcaloide de la hoja, que, bautizado como cocaína, se incluyó como un medicamento capaz de sustituir la morfina para calmar el dolor y también como anestésico. Incluso, cuentan que Sigmund Freud lo utilizó para tratar a un amigo suyo, pero las consecuencias fueron, con el tiempo, negativas, debido a la adicción, que le generó nuevas patologías. También se usó en la Primera Guerra Mundial para calmar el dolor de los soldados heridos. En sus inicios, la Coca‑Cola tenía extractos de hoja de coca, pero, debido a la dependencia que provocaba entre quienes bebían la gaseosa, se la sustituyó por cafeína en 1903. Fue en el lapso que medió entre las dos guerras mundiales que se prohibió su uso y se comenzó a combatir su producción y su consumo.

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Pablo Escobar (cártel de Medellín), Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela (cártel de Cali) y Joaquín “Chapo” Guzmán (cártel de Sinaloa) fueron los principales líderes de distintos cárteles conocidos que se dedicaron al tráfico de cocaína y amasaron miles de millones de dólares en suelo americano. El primero fue asesinado a inicios de la década del 90 del pasado siglo, los otros cumplen una pena en Estados Unidos, luego de ser deportados desde Colombia y México. La desarticulación de sus organizaciones no resolvió el tráfico de cocaína y otras drogas; por el contrario, en Europa y Estados Unidos el consumo ha aumentado y la producción lo ha hecho en Sudamérica. Según los últimos datos de la Onu, la elaboración del derivado de la coca alcanzó en 2016 las 1.410 toneladas anuales y sigue en aumento. Una clara demostración de que la guerra contra el narcotráfico no ha dado los resultados esperados, y en el horizonte no se avizora que tenga éxito. Las ganancias de aquellos cárteles desarticulados circulan en el sistema financiero, sin que las autoridades actuantes hayan podido pellizcar más que una parte de esas inmensas fortunas. También han sido miles de millones de dólares los que han gastado los Estados en esa guerra infructuosa y, lo que resulta peor, esa modalidad de la delincuencia es la que ha generado una cultura de corrupción, unos códigos de comportamiento y poderes paralelos que desafían a las sociedades por sus grados de violencia y desprecio por la vida, lo que deja en evidencia la impotencia de las autoridades.

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Al vino se lo conoce al menos desde el año 5.000 a C. Su origen se ubica en la Mesopotamia, con un posterior desarrollo en Egipto y su traslado subsiguiente a la civilización grecorromana. Su consumo estuvo vinculado en sus inicios a cuestiones medicinales, aunque rápidamente evolucionó hacia ritos religiosos y más mundanos luego: al placer. Junto con la hidromiel (hecha a partir de la fermentación de agua y miel), la bebida predilecta de los filósofos griegos, el vino fue de las bebidas más consumidas por las antiguas sociedades. También tuvieron consecuencias negativas en la salud de las poblaciones. Sin embargo, desde los primeros siglos después de Cristo el hecho de que el vino formara parte de la liturgia católica lo validó como bebida permitida en el mundo occidental. En la Edad Media su producción fue conservada en los monasterios y también en los castillos feudales. Como ocurre con otras bebidas alcohólicas, ingerido en exceso provoca múltiples patologías, entre ellas, la cirrosis hepática y el síndrome de Wernicke-Korsakoff (encefalopatía alcohólica). El camino ha sido la regulación de su venta y su consumo.

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Las políticas, como se ha comprobado a lo largo del tiempo, han sido distintas y han oscilado entre la prohibición y la regulación del consumo de sustancias consideradas nocivas. La experiencia con el tabaco y el alcohol demuestra que la legalización ha sido un camino eficaz para evitar la creación de submundos de producción y distribución. Incluso, para beneplácito de los ultrahigienistas, en el caso del tabaco se observa una disminución del hábito de fumar. Todo lo contrario a lo que ocurre con las sustancias prohibidas, como se ha señalado en el caso de la cocaína. Algunos pensadores anotan que estas políticas públicas respecto del uso de las drogas se emparentan con el disciplinamiento de las sociedades, con la idea de que no haya distracciones en la tarea de producir mercancías, de concebir al ser humano como un mero productor, en el que ciertos placeres no tienen cabida.

Esa concepción disciplinadora tiene sus resistencias; por eso, junto con la idea de la autorregulación, ese rechazo es uno de los factores que empujan a muchos a inclinarse por la legalización de todas las drogas. También está presente, en esa lógica de no prohibir ninguna, un doble factor pragmático: la comprensión de que la guerra contra el narcotráfico no arroja resultados y de que mantener su producción y su consumo al margen de las leyes es una fuente de evasión de recursos para el Estado. Basta pensar en cuánto recauda el fisco uruguayo por el Imesi impuesto a los cigarrillos y las bebidas alcohólicas.

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