Ana contra la muerte, de Gabriel Calderón

Blanco sobre blanco

Ana contra la muerte, de Gabriel Calderón. Criatura Editora, Montevideo, 2020. 72 págs.

En 1915, Kazimir Malévich y Vladimir Maiakovsky escribieron el  Manifiesto Suprematista, como parte de una corriente rusa del arte abstracto que proponía alejarse de la representación objetiva para alcanzar lo no reconocible, en busca de una sensibilidad pura. En sus últimas etapas, Malévich concretó uno de sus experimentos asociados al movimiento con Blanco sobre blanco, un óleo sobre lienzo que, según uno de los catálogos del Museum of Modern Art, de Nueva York, puede describirse como «un cuadrado blanco que flota ingrávido en un campo blanco». A diferencia de las publicaciones anteriores de Gabriel Calderón –que incluyen ilustraciones de Sebastián Santana–, así puede definirse el arte de portada de Ana contra la muerte: un círculo blanco sobre un fondo blanco.

El intento de representar la nada a partir del vacío existencial que otorga la muerte de un ser amado –blanco sobre blanco– es una de las interpretaciones posibles de las decisiones de diseño tomadas por Criatura Editora. La voluntad de acompañar y afirmar un cambio es evidente y ofrece al público la ilusión de una nueva etapa en la escritura de Calderón. Sin embargo, el autor mantiene ciertos temas –como la muerte, la familia y la violencia–, continúa el tránsito por ejercicios dialógicos que ya forman parte del corpus de su dramaturgia –como los largos monólogos– y sostiene la aparición de sus obsesiones referenciales en la constante búsqueda de procedimientos que podrían asemejarse a las construcciones que han hecho, en algunos de sus textos, Jean-Luc Lagarce y Bernard-Marie Koltès.

Pero también es cierto que, distanciado del humor y lo fantástico, Calderón da un giro de 180 grados con Ana contra la muerte, una historia que se apoya en las estructuras del drama clásico para narrar lo terrible, el asco y la impotencia ante la enfermedad o la pérdida de las personas queridas. La simpleza del argumento complejiza la trama: ante la inminente muerte de su hijo con cáncer, Ana hace hasta lo imposible para costear un tratamiento impagable y se ve envuelta en situaciones violentas e injustas. Como en las tragedias clásicas, el personaje principal tiene un destino inevitable. Ana, como castigo de los dioses o de una sociedad en estado de putrefacción, sufre la condena de ser una mujer pobre que cuida a su hijo enfermo y hace lo posible por detener su muerte.

El dramaturgo tardó más de diez años en encontrar la idea que funcionó como germen para la creación literaria: la noticia de una mujer que quedó presa por intentar pasar droga para costear el tratamiento de su hijo con cáncer y fue liberada por 30 días para ir a su país a verlo morir. Ese núcleo disparó el boceto que más tarde cumplió la decana promesa de transformarse en un texto que actuaran Gabriela Iribarren, Marisa Bentancur y María Mendive. El dato no es menor, porque el proceso de escritura está permeado por el imaginario de estas mujeres en el autor: sus modalidades actorales forman parte del nacimiento del texto. Calderón escribe con la certeza de que luego las dirigirá, y esa seguridad condiciona el material.

El libro fue escrito luego de la muerte de su hermana –información que brinda la dedicatoria–, que pudo haber acentuado la transformación de su dramaturgia. Ese dato puede ayudar a entender las zonas de oscuridad profunda que se acumulan en el texto como una catarsis personal. De todos modos, el resultado está desapegado de su propia historia, y sus mecanismos de creación indican un ordenado dominio de las situaciones y los diálogos, que separa el acto de escritura de un proceso meramente emocional y lo acerca a una actividad lógica y racional, en una concepción del trabajo que suele caracterizar a un amplio espectro de la literatura uruguaya.

Uno de los diálogos le hace un guiño a uno de los maestros teatrales que tenemos en Montevideo. «La belleza, como la juventud, es una virtud que todos tuvimos. Créame, hay que buscarse una que dure con el tiempo», dice la abogada, quizás parafraseando a Levón Burunsuzián cuando, si mal no recuerdo, sentenciaba: «Tenés un solo defecto: la juventud. Y, por suerte, pasa rápido». Dejar atrás la juventud y reformular la forma de abordar los materiales, los temas y el tono de la escritura parece ser, en Calderón, un vuelco consciente. Es notorio que en Ana contra la muerte no hay pasaje que no esté sumido en su absoluto control.

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