Nuevos clásicos: la conservación del fuego - Semanario Brecha
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Temporada 2023 de la Comedia Nacional

Nuevos clásicos: la conservación del fuego

A un año y medio al frente de la dirección general y artística de la Comedia Nacional, Gabriel Calderón repasa el trayecto recorrido y adelanta cuáles son los títulos y proyectos que el elenco oficial prepara para este año.

Gabriel Calderón. HÉCTOR PIASTRI

—¿Cómo evaluás tu primer año de gestión al frente de la Comedia Nacional?

Cuando asumimos teníamos objetivos muy claros, que se vienen cumpliendo. Lo primero fue reaparecer en distintas esferas después de la pandemia, en el ámbito teatral, de la cultura nacional e internacional. Había que reaparecer para destacar que la Comedia es un valor nacional, no solo porque ha sobrevivido 75 años, sino porque ha sobrevivido con talento, llega con musculatura, con gente que no se encuentra en cualquier lugar, y eso lo tenemos que poner en valor en todos estos estratos para que siga floreciendo.
Estoy conforme por lo que pasó el año pasado. Claro que siempre hay cosas que salieron mejor y peor. En función de esa experiencia, nos planteamos desafíos para este año: atravesar los clásicos.

No soy un director de teatro clásico, no hice clásicos en mi carrera. Ver el fervor que despiertan ciertos títulos o nombres de autores antes del estreno es algo que en 2022 no pasó. Hoy, sin haberse estrenado La gayina, ya tenemos las primeras funciones agotadas, y lo mismo pasó con Fausto y con Edipo. Ese fervor que generan los títulos es algo que estoy aprendiendo con esta compañía.

—El año pasado hubo varias coproducciones con el teatro independiente, ¿se mantienen esos vínculos para esta temporada?

Para nosotros, la coproducción es una obligación. ¿Cómo iba a salir yo a tratar de enamorar a la gente cuando todo el teatro de la ciudad estaba herido y, algunos, de muerte? Hay teatros que no volvieron a abrir. Tal vez signifique más trabajo, pero hay que salir y ayudar al teatro de la ciudad, que no es nuestro rol, pero si no existe esa dicotomía hay un largo camino en el que podemos trabajar juntos. El teatro independiente puede seguir con sus luchas, nosotros con las nuestras, pero también podemos encontrarnos en otras. Por eso, con la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI) logramos un acuerdo, por lo menos en los 3 años que voy a estar. Tenemos un presupuesto para generar coproducciones en sus salas, son espectáculos que buscan maneras de amalgamar los elencos para que en el momento en que se vaya la Comedia a hacer otra obra, ese elenco independiente pueda seguir haciendo el espectáculo.

El año pasado empezamos con dos coproducciones; este año vamos a hacer una, que es un proyecto grande: La ópera de dos centavos, de Brecht, en El Galpón. Invitamos a David Gaitán, un director mexicano muy joven, que va a estrenarla en octubre, y también participará la Banda Sinfónica de Montevideo. Ya estamos en conversaciones para ver cuáles van a ser las coproducciones del año que viene. La intendencia lo vive con muy buenos ojos. Nuestro elenco está fascinado con el intercambio y la FUTI también. Imagino que es algo que se puede mantener en el tiempo cuando ya no estemos.

—¿Considerás que el teatro uruguayo está viviendo un buen momento de proyección internacional?

—Se está viviendo un momento bueno, justo y necesario. En el deporte nadie se cuestiona que si tenemos buenos jugadores de fútbol tienen que jugar en la selección nacional y representarnos afuera. Nadie en su casa está preguntándose cómo se reparten las regalías de lo que ganan en la FIFA, es a otro nivel que te llegan regalías. En lo cultural pasa lo mismo, como no es la misma industria y no hay tanto dinero, siempre es más cuestionada.
En el teatro nacional tenemos 3 o 4 nombres que tallan en la esfera internacional. Sergio Blanco estrena en el Piccolo Teatro de Milán, Marianella Morena o Santiago Sanguinetti en España. Están estrenando en teatros donde no hay compromisos con nadie, tienen una programación limitada y deciden llevar espectáculos de ellos porque son potentes. Uruguay lo valora, no económicamente, pero hay un reconocimiento.

Estoy convencido de que hay que estar en el abanico internacional. Eso lo defienden los artistas de muchas disciplinas cuando llevan al exterior lo que han aprendido en Uruguay. Fue una decisión de muchos artistas, entre los que estoy. En determinado momento, decidimos salir a competir en otros lugares para que nuestra vida artística fuera posible, porque en Uruguay el mercado es chico, es un país del tercer mundo en el que los dineros en cultura son magros. Entonces, fue una necesidad, pero también una estrategia de decir «Si nos va bien ahí, se abren muchas posibilidades de diálogo». Y ayuda que estemos en contacto, porque esa es una dificultad del teatro en particular: para que vos crezcas, necesitás comunidad, y si esa comunidad es pequeña, tu crecimiento es pequeño, y el teatro se hace en comunidad.

En 2022, la Comedia participó como invitada del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Por esa actuación con Constante, este año fue a Chile, acaba de hacer temporada en el Teatro San Martín de Buenos Aires. Se va a ir a Colombia a finales de octubre; en noviembre, a España. La respuesta fue buenísima. A su vez, entiendo que es justo con el momento que vive la Comedia y es producto de que hay muchas directoras y directores uruguayos que hace rato se los ve en esos festivales. Los artistas han estado haciendo sus trabajos y ahí ha quedado un buen nombre de lo que hacemos.

—¿Cómo presentás el concepto de nuevos clásicos, que da título a esta temporada?

Es una trampa del lenguaje. El Edipo de los griegos no tenemos manera de conocerlo, lo que hagamos siempre va a ser nuevo, puede ser bueno o malo, pero es otra discusión. La visión de los clásicos es que necesariamente en teatro tiene que haber una lectura, alguien lo tiene que estar leyendo hoy. Tiene que darle una razón de existir en el hoy, después puede acertar o equivocarse.

Este título fue una forma de transmitirle al público que nosotros íbamos a hacer los clásicos, pero a nuestra manera, y que la obra salga mal es parte del juego, esa también es una conversación que hay que mantener con el público. Si queremos arriesgar, si queremos crecer, tenemos que estar más dispuestos a encontrarnos con cosas que no nos gusten, y esa no es una razón para decir: «Este camino no vale». Podríamos hacer encuestas al final de la función y el año siguiente estrenar esos títulos que la gente pidió, pero eso es totalmente aburrido y es trabajo para un algoritmo, no para una dirección artística. Para nosotros es algo más complejo, hay que entusiasmar. ¿Por qué vamos a hacer Fausto o La zapatera prodigiosa? Hay que encontrar las respuestas.

Una de las primeras cosas que dijimos fue: «Vamos a tratar de salir de Shakespeare, Molière, Chéjov –que nos encantan todos– y vamos a irnos a algunos que no son desconocidos, pero que son una nueva manera de presentar lo clásico». De hecho, Macondo o La gayina o Frankenstein son nuevas maneras de pensar lo clásico para nosotros. Son clásicos, pero, justamente, ahí lo que vamos a tener que hacer es poner teatro, porque cualquiera de esas experiencias ya está buena en la literatura. Ahora ese teatro a poner es toda una discusión gigante que tiene que ver con qué creemos que es teatro hoy. Por eso le propusimos Macondo a una dupla de directora y escenógrafa-vestuarista-directora de arte con cerca de 30 creadores que van a escribir el texto. Frankenstein se lo dimos a una coreógrafa y La gayina a un director de cine. Entonces, hay que poner teatro, y queremos que haya una discusión. Es una incertidumbre saber si a la gente le va a gustar lo que va a ver. Esa es parte de la discusión de un clásico, porque la gente ya tiene una idea preconcebida.

—El fin de semana se estrenó Edipo, un clásico griego por excelencia, con entradas agotadas en la sala mayor del Solís.

Tengo la obligación de resaltar esto, porque la gente se entera de que Esperando la carroza agota, pero también tiene que enterarse de que Edipo agota. El año pasado, ocho obras tuvieron entradas agotadas y cuatro tuvieron temporadas agotadas. Hace 20 años que hago teatro y la imagen de una sala vacía es una cosa que vi rara vez. Aquí hay mucho público de teatro, entiendo que hay que salir a buscar al que no tenemos, pero también hay que abrazar al que está siempre.

Edipo está dirigido por Andrés Lima, un español que dirigió dos veces la Comédie-Française. Nuestra Comedia Nacional está hecha a imagen y semejanza de la Comédie. El año que viene vamos a seguir ese camino con más directores internacionales sin olvidar que este es un elenco que da trabajo a directores de acá. En esta puesta es increíble ver cómo se reinterpretan todos los cánones teatrales: el coro, la tragedia… Es una obra muy visual, muy potente. Lo que me gusta es que esa potencia es muy teatral. No es que haya algo novedoso, es lo tradicional, pero usado con mucha fuerza. [Para] quien tenga expectativas con Edipo, es una gran obra para verse superado en imaginación. Uno se pregunta cómo hizo esto o aquello, no es que haga efectos especiales, todo está en el trabajo con los actores. Es un voto de confianza en el teatro. A veces basta con replegarse a los actores y las actrices para obtener esos resultados.

—En breve, Adrián Caetano estrenará La gayina, a partir del cuento de Quiroga, y solicita que el público asista con vestimenta blanca, negra o gris. ¿Podés adelantarnos a qué se debe?

Evidentemente, Adrián tiene un pensamiento inicial que siempre es visual, en toda su creación. Hay algo que él imagina, no solo del escenario, sino de todo el teatro, que funciona si están los colores apagados. Hay algo de lo que ve en Quiroga, y en este cuento en particular, [para lo] que es necesaria una depresión visual de colores y que así emerjan ciertas cosas. Nos lo planteó y va a ser interesante ver qué respuesta conseguimos.
La obra es superpotente porque es muy incómoda, por eso creo que Adrián está muy bien pensado. Es un director que sabe trabajar con estos temas y con las situaciones incómodas de su tiempo. Están los temas referidos a la discapacidad, a la niñez, a lo que esos padres hacen y piensan sobre esos niños. Es la primera vez que dirige teatro y es muy interesante ver su proceso. Tiene ideas visuales muy claras y está siendo muy interesante para nosotros tratar con esas ideas. Le advertí que no es como en el cine, no hay varias tomas, pero me dijo: «Lo estoy pensando como un plano secuencia, tiro una vez y no puedo parar». Es muy linda esa idea.

—¿Con qué títulos continúa la temporada de Nuevos Clásicos?

El mes que viene se va a estrenar La zapatera prodigiosa, de Lorca, en la Sala Verdi. La va a hacer María Dodera. La versión la hice yo, no es una reescritura total, es una versión muy pegada al texto original. Estamos trabajando con un grupo de dance urbana que trabaja con hip hop y otros ritmos. María quiere que en La zapatera haya bailes; se buscaron analogías contemporáneas o uruguayas del zapato flamenco, del baile flamenco. Es una puesta con mucha fuerza, con mucho baile.

En agosto se va a estrenar Frankenstein, en la Facultad de Medicina. La va a dirigir Andrea Arobba, que está trabajando con Pablo Casacuberta y Gabriela Escobar. Si leemos Frankenstein, hay muy pocas descripciones del monstruo, toda la imagen del monstruo con cicatrices es una idea posterior, no está en el original. Lo que emerge de la criatura se parece más a un superhombre que a un monstruo. Le temen porque es rápido, fuerte, bello. Andrea dice que ese miedo es parecido al que nos provoca hoy la inteligencia artificial, que nos supera. Entonces, están trabajando con esa idea.

—Contame sobre el proceso de escritura de Macondo, que se estrena en octubre, ¿cómo es que hay 30 personas escribiendo?

Con Macondo siempre imaginamos dos cosas: un espectáculo en el cañón central del Solís y todo un evento alrededor. Entonces, sabíamos que, ya fuera para uno u otro proyecto, un autor solo no iba a poder escribirlo. La idea central de Macondo es que como Cien años de soledad o García Márquez en su momento, fue la iconografía de un boom latinoamericano, nosotros como artistas de este momento también sentimos que hay un boom latinoamericano. Sentimos que hay mucha creación latinoamericana muy potente y si pasáramos un calderín por nuestro continente tendríamos oro. Macondo tiene que ser una oportunidad para esto, y lo primero que dijimos fue que, en vez de montar Cien años de soledad, llamáramos a 30 escritores latinoamericanos –narradoras, dramaturgos, poetas– y los invitáramos a versionar, a discutir un momento de la novela o sobre un personaje, y en ese proceso de recepción de esos textos están ahora Marianella Morena y Paula Villalba, las directoras. A su vez, saben que la gente va a venir con cierta expectativa de Cien años. Entonces, están creando todo el espacio, la experiencia de los espectadores.

—Cuando presentaste la temporada 2023 te referiste a Gustav Mahler: «La tradición no es adorar la ceniza, sino conservar el fuego», ¿cómo pensás a la Comedia a la luz de esta cita?

El año pasado, con la temporada Arde, terminé muy agotado, pero una de las cosas [de las] que me fui dando cuenta es que para mantener el fuego nosotros nos tenemos que volver a enamorar y mantener ese Arde por tres años. Ya vendrán tiempos de descansar. Yo soy un enamorado de la función pública y estoy enamoradísimo de este trabajo, me gustaría hacerlo seis o 20 años, pero sé que los tres años que voy a estar me van a dar información para volver en otro momento. Estoy convencido de que hay lugar para todos. Sobre todo, si nos acostumbramos a circular y a dar lo máximo cuando nos toca. El público lo necesita. Me parece que no es nada menor mantener el fuego prendido. En eso estamos.

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