Brillaste un segundo

La luna de repente estuvo ahí, igual que un paquete que alguien deja a la altura de los ojos justo cuando te das vuelta. Como el día que vimos toninas en Playa Grande. Caminábamos por la arena desierta al bosque de pinos, te habías enganchado una pluma en el gorro imitando a un jefe aborigen, yo esquivaba rocas resbaladizas unos pasos adelante. Grité cuando vi la cola azul y oscura alzarse sobre el mar (casi siempre las toninas se van antes que la primavera). Nos quedamos quietos, con los ojos grandes, esperando que el animal irrumpiera de nuevo en el agua, hasta que una aleta salpicada se asomó entre las olas. Y después otra. Y volví a gritar, esta vez contigo. Y saltamos de algo parecido a la alegría.

En el único bar abierto de Valizas, todas las cosas tenían olor a viejo. Marcos estaba conmigo. Pedimos una cerveza y nos sentamos bajo el alero, en una mesa lo más cerca posible de la luna llena. En el cielo negro, los bordes iluminados de los ranchos parecían el trazo de un drypen flúor. Pagamos la botella y salimos a todo lo que da en las bicicletas, perseguidos por las siluetas de neón de los perros.

Aullando como lobos llegamos a la playa. Nos recostamos en una duna. La luna amarilla y sucia trepaba, con disimulo, en la oscuridad. El mar era una masa espesa y viscosa como cera de zapatos en la que se abría un agujero plateado. Presentí que por ese agujero surgiría, de un momento a otro, alguien o algo. Algo grande.

Olía a humedad y salitre. De a ratos, a mejillones podridos. Marcos, concentrado en que el viento no le volara el porro, hacía carpa con la remera, mientras yo permanecía inmóvil ante las aguas revueltas. No decíamos nada.

Pensé en vos y en que deberías despertar de tu sueño de muerte, sólo, aunque sea, para ver todo eso. Para que se te explotara el pecho de emoción, como con las toninas. Creí, incluso, que podías ser el que saliera del agua. Después de un tiempo que no sé calcular, pasó un hombre caminando por la orilla, daba pitadas a un cigarro sin mirarnos. La luna iluminó su silueta y entonces te vi. Reconocí tus pasos largos, el tabaco, tus rulos que, por un segundo, brillaron. Ibas tranquilo. Supongo que estarías disfrutando del paisaje.

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